Buenas perspectivas para la exportación española a Rusia

Hay buenas perspectivas para las exportaciones españolas a Rusia. Fuente: flickr / sodaro,k

Hay buenas perspectivas para las exportaciones españolas a Rusia. Fuente: flickr / sodaro,k

En medio de la tormenta, la economía española se aferra al sector exterior, que bate récords históricos en varios capítulos. Rusia es uno de los países que explican el despegue. Pese a los avances, queda un camino muy largo para aprovechar sostenidamente el potencial económico. Para mirar tranquilos la crisis por el retrovisor, habrá que mirar primero los problemas a la cara. La clave está en la innovación.

En el negro panorama económico español, hay al menos un rayo de esperanza: el sector exterior. El año pasado las exportaciones alcanzaron su mayor nivel desde que existen estadísticas, en 1971.

Gracias a ello y a la caída de las importaciones, el déficit comercial se contrajo un 34%. Además, la tasa de cobertura, el porcentaje de las importaciones que España puede pagar con sus exportaciones, superó el 90%, un dato sin precedentes desde hace 30 años, como anunció recientemente Jaime García-Legaz, secretario de Estado de Comercio.

El crecimiento de las exportaciones responde a una mayor competitividad, el aumento de las empresas que exportan (un 12%) y la orientación hacia nuevos mercados. La participación de las exportaciones a la UE se ha reducido del 80 al 63% desde 2007.

Las ventas al exterior están sirviendo para salvar los muebles. Sin ellas, el PIB habría decrecido un 4% el año pasado, en lugar del 1,5%. Según el ministro español de Asuntos Exteriores y Cooperación, José Manuel García-Margallo, “casi el 60 % de los beneficios de las empresas nacionales procede del exterior”.

El asidero ruso 

Rusia es parte sustantiva de esta evolución. De acuerdo con las cifras de la Oficina Económica y Comercial de la Embajada de España en Moscú, el volumen del comercio bilateral se mantuvo en 11.000 millones de euros, pero la composición mejoró para España el año pasado: el déficit comercial se redujo y la tasa de cobertura progresó. 

Mientras las importaciones disminuyeron un 5%, las exportaciones rozaron los 3.000 millones de euros. Según la misma fuente, las ventas a Rusia han crecido un 37% desde 2010. Solo el año pasado, se incrementaron un 18%, “muy por encima del crecimiento medio (4%) de las exportaciones al mundo”, acentúa Luís Cacho, jefe de la Oficina.

Pese a ello, como reconoce Cacho, siguen siendo relativamente poco significativas para España (un 0,8% de sus exportaciones totales en 2012) y Rusia (un 1,2% de sus importaciones, muy lejos de los diez primeros proveedores).

Considerablemente diversificadas, las exportaciones españolas a Rusia se concentran en tecnología industrial (más del 30%) y bienes de consumo para la clase media, desde ropa (12%) y hábitat (11%) a productos agroalimentarios (tanto hortofrutícolas -11%- como cárnicos -10%). En servicios, el superávit turístico es sobresaliente. Aunque hay lugar para la sorpresa (la industria química representó el 8% y el vino solo el 1%), la estructura es razonable dadas las necesidades rusas (modernización industrial y de infraestructura, bienes de consumo) y las fortalezas ibéricas, asegura Cacho.

Una tabla que se mantendrá a flote 

Aunque la tasa de crecimiento probablemente se desacelere y existen riesgos serios en sectores específicos, como el de la carne de porcino, las perspectivas generales para las exportaciones españolas a Rusia son positivas para los próximos años, destaca Cacho.

En primer lugar, por los buenos augurios de la economía rusa, pese a las amenazas de enfriamiento. Aunque es un incógnita si se cumplirá el objetivo del gobierno de que el país constituya la quinta economía mundial en el corto plazo, se prevé que el PIB crezca un 2,4% este año.

Como subraya la Oficina citada, ahí hay oportunidades concretas para España: maquinaria y bienes de equipo para la industria naval, automotriz, agroalimentaria y logística; inversión en energía eléctrica, telecomunicaciones y transporte aéreo, vial y ferrovial; alimentos precocinados, conservas vegetales y vinos; textiles y calzado; muebles y cerámica. Además, el sector de la distribución y el inmobiliario son atractivos para la inversión tanto en Moscú como en la decena de ciudades con más de un millón de habitantes.

En segundo lugar, por la creciente vocación exportadora del tejido productivo español y su apertura a nuevos mercados, como el ruso, con quien la relación ha sido históricamente débil. La crisis, en este caso, dejará probablemente una buena herencia. En enclaves nuevos y alejados, la experiencia será, más que nunca, un grado.

Hoy hay unas 120 empresas españolas en Rusia. No solo es probable que éstas operen mejor en los próximos años, sino que nuevas compañías se sumen a la aventura (Alemania cuenta con 6.000; Francia con 2.000). El rediseño de la red exterior española, que entre los 15 destinos prioritarios incluye a Rusia, y el Plan de Actuación de la Oficina Económica y Comercial en Moscú seguirán aportando, como remarca Cacho, su granito de arena.

Desafíos

En cualquier caso, los retos son mayúsculos. Más allá de la distancia cultural, hay varios aspectos en los que a ambos países les conviene trabajar. La burocracia, la incertidumbre jurídica y la corrupción rusas siguen disuadiendo a muchos exportadores españoles. La regulación fitosanitaria, las certificaciones y los visados de trabajo también son un problema.

Para empezar, como subraya Cacho, “España tendrá que dar un pequeño giro a su estrategia económica en Rusia”. La ambiciosa modernización industrial y de infraestructuras invita a ampliar y afinar la agenda de contactos, ayudas y ferias en el ámbito inversor, sin que se deje de lado el consumo.

Pero hay desafíos que el buen trabajo de las Oficinas Económicas y Comerciales, como la de Moscú, no pueden resolver: el avance serio y sostenible de la competitividad, la auténtica clave del éxito de la internacionalización.

Las exportaciones a Rusia son un caso solo parcialmente singular. Disfrutan de una atractiva relación calidad-precio en algunos segmentos, pero sufren una falta de imagen como referencia de primera línea.

La distancia histórica lo explica sólo a medias. Allí donde España había consolidado una buena imagen, la ha ido perdiendo gradualmente en los últimos años.

En ese periodo, la competitividad española creció, pero por un factor dudosamente feliz: el descenso del coste unitario del trabajo, es decir, menores sueldos y más paro. Social y técnicamente (Ernst & Young), ahí no queda margen. El secreto está en la innovación. Es compleja, esquiva, exigente. Y el gobierno español le está dando la espalda, con recortes brutales en la inversión pública en I+D.

Si las exportaciones son, junto al turismo, la gran esperanza de la supervivencia y recuperación económica española, habrá que hacer frente a sus debilidades estructurales. No parece que ocultarlas ayude a resolverlas, ni siquiera a disolverlas.

Exportar más exigirá innovar. Y no sólo en el plano de la tecnología. Es el ámbito político, económico y social el que está en gran medida en el punto de mira de la marca España. Exportar más a Rusia demandará más contactos y más presencia, pero también más calidad e innovación tecnológica y quizás, ante todo, un modelo, una cara distinta. Eso es también lo que merecen quienes viven allí. Y los muchos, muchísimos que se marcharon.

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