China: ¿oportunidad o amenaza para Rusia?

Fuente: Rossiyskaya Gazeta

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Aunque las relaciones bilaterales entre Rusia y China existen desde la conquista de Siberia en el siglo XVII, ha sido en tiempos recientes cuando han alcanzado un nivel superior, en especial desde el regreso de Vladímir Putin a la presidencia en 2012.

En la actualidad, Moscú y Pekín coordinan sus posiciones en el Consejo de Seguridad de la ONU, armonizan sus intereses en Asia Central por medio de la Organización para la Cooperación de Shangái, promueven un sistema policéntrico de relaciones internacionales en el marco de los BRICS, y han diseñado un ambicioso plan de colaboración en el ámbito de la energía.

Además, esto coincide con un nuevo distanciamiento de Rusia con respecto a Occidente, provocado entre otras razones por la falta de acuerdo sobre el escudo antimisiles, la elaboración de una lista negra de funcionarios rusos por el “caso Magnitski”,  las críticas alemanas a la nueva legislación sobre las ONG,o el “Tercer Paquete Energético” promovido por la UE.

Sin embargo, y aunque son innegables las oportunidades que a Rusia le ofrece su vecindad con el gigante chino, se debe tener en cuenta que esta relación también implica una serie de amenazas, que obligan cuando menos a ser prudentes a la hora de alinearse en exceso con Pekín y alejarse de Washington y Bruselas.

China, un vecino incómodo para Rusia

Rusia tiene dos fronteras con China: una de sólo 40 kilómetros en Asia Central (entre Kazajistán y Mongolia), y otra de, nada menos que, 3.605 kilómetros en el Distrito Federal del Lejano Oriente. Precisamente esta última fue escenario de enfrentamientos armados entre la Unión Soviética y la República Popular en el año 1969, que estuvieron a punto de provocar un enfrentamiento nuclear entre las dos potencias comunistas.

Esos problemas parecen definitivamente resueltos, ya que el 14 de octubre de 2008 Rusia devolvió a China parte de la isla Ussuriisk, en un acto oficial en el que se colocaron los mojones que marcan los nuevos límites fronterizos. Sin embargo, la amenaza china no tiene un carácter tradicional militar, sino que tiene está más relacionada con los desequilibrios socioeconómicos y demográficos en esa zona.

Así, el mencionado Lejano Oriente ruso es el mayor y a la vez el menos poblado de los ocho distritos en que se divide la Federación, con 6.440.000 de habitantes y una densidad de sólo 1,1 por km2. Desde la desaparición de la URSS la disminución de la población ha sido del 25%, tanto por la baja natalidad como por la emigración a otras zonas con mejores condiciones de vida.

En el plano económico, la región no se ha beneficiado del crecimiento ruso en la última década. Como consecuencia, las exportaciones de manufacturas pesadas, que representaban en los años 90 un 35% del total, han caído hasta un 3%, en parte debido al el cierre de hasta 160 astilleros y empresas de reparaciones auxiliares navales, y un 20% de la población se encuentra por debajo del umbral de la pobreza.

Por contra, la región fronteriza china de Manchuria tiene una población superior a los 110 millones y, además de beneficiarse del enorme crecimiento del conjunto del país, ha dispuesto desde 2003 de un plan específico de revitalización de su tejido productivo, basado en industrias pesadas de extracción y explotación de minerales.

Ese desequilibrio demográfico, unido a que la falta de mano de obra cualificada obliga a buscar en China a los trabajadores para los grandes planes de desarrollo de la región, hace temer un progresivo desplazamiento incontrolado de población china al norte del río Amur, que pudiese dar lugar a una ocupación de facto similar a la de los colonos estadounidenses en el siglo XIX que acabó por arrebatar Texas a México.

Por otra parte, y según los datos del FMI, China alcanzó en 2012 un PIB de 8,25 billones de dólares, por 1,95 billones el de Rusia, mientras que en lo referente a la población el desequilibrio es mucho mayor, ya que China tiene unos 1.357 millones de habitantes y Rusia tan solo 144 millones. Dada las tendencias de ambos países, esos desequilibrios no harán sino aumentar en las próximas décadas.

Todo ello pone a Rusia en una difícil situación, ya que por una parte precisa de la ilimitada capacidad financiera de China para el desarrollo de su zona asiática, pero por otra parte teme que esas inversiones sean parte de un plan expansivo en lo que los chinos denominan como la “Manchuria Exterior”.

El hecho es que aunque se presente como una relación bilateral de igualdad entre dos grandes potencias, cada vez más Rusia aparece como la hermana pobre de la misma, incapaz de frenar la creciente interferencia de Pekín en su zona de especial interés, y convertida en un mero suministrador de recursos energéticos al insaciable dragón chino.

Frente a eso, Rusia sólo puede hacer ostentación de su poder militar, cómo en los ejercicios “Vostok” de 2010. Aunque en su día se presentaron como una comprobación de los avances en las reformas de las Fuerzas Armadas rusas, era evidente que también se trataba de una demostración de fuerza frente a las ambiciones expansionistas de otros países en la zona.

¿Cómo gestionar la relación con China?

Por todo lo expuesto, y aunque no tendría ningún sentido que Rusia identificase a China como un enemigo a contener, o que no aprovechase las muchas oportunidades de una relación de buena vecindad, sí que es conveniente que Moscú refuerce sus posiciones frente a Pekín.

De entrada, en el Extremo Oriente se deberían mejorar las relaciones con Tokio. Japón tiene una avanzada economía de mercado y un impecable pedigrí democrático, por lo que debería estar mucho más cerca de Moscú que el régimen comunista de China, cuyo modelo económico mixto se basa en la falta de libertades individuales y en el mantenimiento en la pobreza de gran parte de la población. El binomio Rusia-Japón podría servir de contrapeso a los posibles excesos chinos.

Por otra parte, es imposible frenar la irrupción de China en el espacio postsoviético, pero se puede aspirar a controlar el proceso. Para ello es clave la consolidación de un polo de poder en torno a Rusia, que en Asia Central se plasma en la participación de Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán tanto en la “Organización del Tratado de Seguridad Colectiva”  como en la futura “Unión Euroasiática”.

Por último, el avance en la asociación estratégica entre la UE y Rusia, que a pesar de sus desencuentros están condenadas a entenderse, también reforzaría la posición de Moscú a nivel global. Y es que a pesar de que el Kremlin pueda estar tentado de responder al desdén de Bruselas forjando extrañas alianzas en otras regiones, no se puede obviar que Rusia ha sido, es, y será un país clave en Europa, y que una relación biunívoca y simbiótica con la UE es la mayor garantía de seguridad y progreso futuros.