“En la niebla”, el veneno de la guerra en la retaguardia

Estrenado en España el último largometraje de Serguéi Loznitsa, ganador del premio FIPRESCI  de Cannes 2012. Fuente: ITAR-TASS

Estrenado en España el último largometraje de Serguéi Loznitsa, ganador del premio FIPRESCI de Cannes 2012. Fuente: ITAR-TASS

Curtido en el género documental, Serguéi Loznitsa ha trasladado al cine la obra homónima del escritor bielorruso Vasil Bykov acerca de los irresolubles dilemas morales que surgen en cualquier guerra. En esta nueva película, ambientada en los territorios soviéticos ocupados durante la Segunda Guerra Mundial, el director plasma, con estilo lacónico pero arrebatador, los estragos subterráneos causados en la población civil, que se ve en la tesitura de tener que tomar partido por un bando u otro, lejos de la primera línea del frente.

En un filme de diálogo mínimo, la repetición de una idea por parte de distintos personajes adquiere una relevancia especial. Y, más aún, cuando éstos hablan siempre con hierático empaque y mesurada contención durante una realidad, la guerra, en que los valores quedan suspendidos y prevalece el instinto de supervivencia.

El heroísmo y la traición están divididos por una finísima línea, y quienes se empeñan en defender un código ético tienen todos los números para ser los primeros en pasar a engrosar la lista de bajas. En estas circunstancias, todos los personajes asumen –y se repiten entre ellos- que cualquier situación es posible, que las categorías “justo” e “injusto” dejan de ser contrarias e intercambian constantemente su lugar. No hay espacio para la indignación, solo el de la asunción del propio destino. En la niebla es el via crucis real y simbólico de un personaje marcado por una culpa inmerecida que, a pesar de ello, deberá asumir hasta las últimas consecuencias.

Tres personajes y un destino

Sushenya es un trabajador del ferrocarril. Corre el año 1942, y los alemanes ejercen el orden y el terror, con la ayuda de milicias locales, en una zona rural cerca de la frontera bielorrusa. Durante una de las jornadas, bajo la atenta vigilancia de las fuerzas invasoras, tres compañeros de Sushenya deciden sabotear la vía férrea.

Él no está de acuerdo, cree que la represalia de los nazis contra el pueblo es inasumible. Pero los demás no comparten su principio moral de no poner en peligro la vida de otros. Así que una vez consumado el sabotaje, los cuatros son encarcelados, y solo a Sushenya se le concede la gracia de salvarse de la pena capital si accede a colaborar con los alemanes como informante.

Fuente: sitio oficial de la película

Al no aceptar rebajarse, al preferir la misma suerte que los compañeros que a ser señalado por la calle como un delator, el oficial al cargo, como castigo, en un acto de abyecta astucia y refinada crueldad, lo libera.

Sushenya queda marcado para los suyos porque todos creen que ha traicionado a los demás, que fueron ahorcados en la plaza del pueblo. Nada ni nadie podrá probar su inocencia, todos le dan la espalda, incluso su mujer. ¿Qué otra explicación tiene que él haya vuelto vivo y los otros hayan terminado colgados en un patíbulo?

Al cabo de unas semanas, dos partisanos, Burov y Voitik, se dirigen de noche a la casa de Sushenya. Son los encargados de cumplir la venganza. Una guerra tiene dos bandos, y en eso se reduce toda su complejidad. Los tres saben lo que tiene que ocurrir, hay que matar al (supuesto) delator. Pero Burov es una persona apasionada que duda en su fuero interno. Eso lo arrastrará a la desgracia, porque no son tiempos para la empatía y la duda.

Voitik, por el contrario, es el antagónico de Burov. Partisano egoísta y cobarde, todo lo supedita a su supervivencia. Los tres flashbacks que se intercalan en la narración nos perfilan un poco mejor sus principios y dimensión humana, el tipo de decisiones que, antes de encontrarse en medio de un bosque, han tomado estos tres personajes, uno preparado para ser ejecutado, otros dos dispuestos a ejercer de verdugos.

Llegados a este punto del metraje, ni los partisanos parecen ser los “buenos” ni Sushenya la fruta podrida. O, al menos, no es más o menos héroe o villano que lo puedan ser Burov y Voitik. Pero he aquí que, cuando se disponen a liquidar a Sushenya, caen en una emboscada, y los tres deben escapar a toda prisa, Burov gravemente herido.

“En la niebla” se convierte entonces en la huida a través del bosque de estos tres héroes, verdugos y víctima, mientras se estrecha el cerco. 

 La niebla, suspensión de los sentidos y la razón

Loznitsa vuelve al escenario de la Segunda Guerra Mundial pero no como en Bloqueo, el documental sobre el sitio de Leningrado, esto es, situándose en una ciudad y en un frente citados en los libros de historia.

“En la niebla” carece de escenas de violencia explícita, de batallas y actos de heroísmo bélico. El horror parece no tener rostro. Nos habla, más bien, de una gangrena moral deshumanizante, la que se extiende imparable de corazón en corazón en un pequeño pueblo donde se libra una guerra más simple, pero igual de despiadada: la de la supervivencia, la selección natural.

El director, formado en el Instituto Estatal de Cine de Moscú, ha afirmado en varias entrevistas que es ahora cuando se debe analizar, con la distancia, el gran conflicto del siglo XX sin prejuicios ni censuras, sobre todo en el Este, donde los cineastas no tuvieron libertad artística plena para abordarlo. Y, en especial, los pequeños actos, gestos, delaciones que conllevaron la muerte de terceros y que nunca serán juzgados porque “durante la guerra, todo es posible”.

Sushenya, el personaje que aparece en los carteles cargando un cuerpo herido, el de Voitik, se revela como una figura trágica, casi mística, que acarrea esa cruz, física y espiritual, y comprende poco a poco que, en verdad, no tiene salida: para los alemanes, es alguien que ha participado en un sabotaje y, para los suyos, es un delator: el destino no le ha asignado, ante los demás, un papel en la historia que se pueda calificar de heroico ni honroso.

Sólo le queda afrontar su infortunio y aceptarlo. Ése será su último acto de grandeza. La niebla cubre todos los pecados que sólo conocen los muertos y, en un final que recuerda al de La mirada de Ulises de Theo Angelopoulos, se cierne sobre la tierra para ocultar la última sangre derramada.