Shalámov, la escritura en el límite

Varlam Shalámov. Fuente: ITAR-TASS

Varlam Shalámov. Fuente: ITAR-TASS

Decir que la lectura de un libro es capaz de transformar al lector, que éste ya no será el mismo al volver la última página, puede parecer a estas alturas algo exagerado. Pero si este tópico, empleado hasta la extenuación, se refiere a Shalámov, muy pocos serán los que se atrevan a discrepar. Con la reciente aparición del quinto volumen de «Relatos de Kolimá», la editorial Minúscula culmina la publicación de la obra literaria más singular y sobrecogedora sobre la experiencia del Gulag, cuya traducción firma el eslavista Ricardo San Vicente.

Varlam Shalámov (1907-1982) se consumió durante casi dos décadas en los campos de trabajo de Kolimá, donde la supervivencia estaba reservada a los guardias y los minerales. A su retorno milagroso del infierno blanco, dejó por escrito un testimonio que hoy no se lee únicamente como una descripción detallada de las inhumanas condiciones del sistema penitenciario soviético, sino también como una proeza literaria que reivindica la experiencia vital como material indispensable en la creación artística. 

Conversamos con Ricardo San Vicente, experto en literatura rusa, profesor de la Universidad de Barcelona y responsable de esta soberbia traducción. sa

¿Qué ha supuesto en su dilatada trayectoria la traducción de estos cinco volúmenes de relatos?

En el campo editorial, el proyecto de Relatos de Kolimá es el segundo más importante en el que he estado involucrado después de la “Biblioteca de Plata de los clásicos rusos”, que dirigí en la década de 1990, de mayor calado que “La tragedia de la cultura”.

En lo personal, es lo más importante que he hecho después de mi tesis doctoral sobre la literatura rusa del Deshielo. A estos cinco volúmenes faltaría añadir un sexto que recoge la obra ensayística. Fue prácticamente lo primero que escribió Shalámov en los años 50, después de salir en libertad.

Ricardo San Vicente. Fuente: ACEC

Hay muchas hipótesis al respecto porque hay poca documentación, pero leyendo sus diarios o por lo que se intuye de sus textos, se diría que lo primero que hace en estos ensayos es describir un estado de la cuestión, centrándose en el submundo de los presos comunes del sistema del Gulag. 

Según tengo entendido, en un principio Shalámov daba por concluido su ciclo de relatos con los primeros cuatro volúmenes.

Shalámov vuelve a los relatos en su último periodo de creación. Por eso titula el quinto volumen El guante o RK-2.

Al principio no reparé en ello y luego caí en la cuenta de que RK-2 significa una continuación a los cuatro primeros volúmenes que, por sus problemas de salud, consideraba ya un ciclo cerrado. Pero por distintas razones vuelve a ellos. 

La obra anterior a su liberación, sin embargo, se ha perdido.

Entre la primera y la segunda vez que es detenido, Shalámov decide que quiere ser escritor y colabora en distintas revistas literarias. Pero cuando se produce la segunda detención su mujer, por precaución, quema todos los manuscritos.

Relatos de Kolimá se salvó por completo gracias a que Irina Sirotínskaya, amiga del autor, guardó sus escritos en el Archivo Central de Literatura y Arte. Y eso quiere decir que se conservan tanto los manuscritos como los borradores, además de otros textos variados. De hecho, el editor ruso prevé la publicación de un séptimo volumen de material diverso, que yo considero menor. Con esto quiero decir que su obra ha tenido mejor suerte que la de otros escritores como Platónov o Bábel. 

Sirotínskaya recuerda cuando conoció a Shalámov en marzo de 1966. Había leído el relato Cuarentena de tifus (vol. 1)ensamizdat y quedó tan impresionada que quiso conocerlo mediante un amigo común para proponerle que legara sus manuscritos al archivo donde ella trabajaba. Lo describe como un poeta que sabía desentrañar las relaciones secretas que existen en el universo y que, en el ámbito intelectual, estaba interesado absolutamente por todo. 

Esa capacidad queda plasmada en los relatos. Hay, en cada uno de ellos, el esfuerzo de plantearse cuál es la mejor manera de abordar los temas. Él dice que, en cierto modo, formula los relatos en su fuero interno hasta que llega un momento que los ‘vomita’ entre lloros y gritos, de una tacada, como un puñetazo contra la sociedad de su tiempo.

Aunque si observamos los manuscritos encontramos que están muy corregidos, hay una labor de revisión muy intensa. Mandelstam  describía la poesía como un ruido que se crea en la cabeza y que no te abandona hasta que no logra trasladarse al papel.

La manera de escribir de Shalámov es cercana a esta tradición mandelstamiana, la de un hombre que digiere, prepara mentalmente el material y luego lo expulsa. 

Eso me recuerda una imagen en el relato El ajedrez del doctor Kuzmenko (vol. 5) donde explica que los presos mastican pan durante el día hasta que lo decide un zek escultor llamado Kulaguin, que sabe cuándo la mezcla con saliva alcanza el punto justo para después con esa pasta moldear cualquier forma… como las piezas de ajedrez. Como obra, Relatos de Kolimá está concebida como un gran mosaico.

La estructura de los diferentes volúmenes es muy libre. Cada uno lleva un título que a veces coincide con un relato. Shalámov llenó con su caligrafía muchos cuadernos escolares e iba guardándolos en carpetas. En ese sentido, los títulos de cada volumen son decisión suya. Los primeros relatos suelen ser una metáfora o resumen del conjunto, que recuerda a “El paso de Zbrucz” de Isaak Bábel en Caballería roja. Los últimos suelen coincidir con finales de las distintas etapas como prisionero. Pero, fuera de esto, no percibo ninguna lógica especial.

¿Veía claro desde un principio que el conjunto tendría la forma que finalmente tuvo?

Creo que no. Cuando consigue salir de campo y se pone a trabajar de  practicante formula en su cabeza una serie de temas y poesías que luego, cuando vive primero a las afueras de Moscú hasta su rehabilitación, vuelca en cuadernos en sus ratos libres.

No sabemos hasta qué punto le ayudó alguien a crear un orden, pero lo que sí hay desde un principio es la voluntad de construir ese gran mosaico en el que incluir todos los detalles del Gulag.

Precisamente su enfado cuando salieron las primeras traducciones en el extranjero está motivado porque no respetaron ni el orden ni la importancia de esta obra, entendida como un todo unitario: o se publicaba un relato suelto o unos pocos. Según él, se perdía toda la contundencia física. Tal vez no se entendió entonces su estructura aparentemente aleatoria, con continuos cambios de tema y maneras de abordarlo. En eso parece una cinta de Moebius. Pero no hay duda de que es una obra muy medida. Esta traducción sí sigue el orden que eligió el autor.

¿Qué provoca esa aparente falta de orden interno?

Es una idea astuta y hábil. Como en Caballería roja, se inicia un camino hacia alguna parte, una evolución hacia un final durante el cual el personaje va transformándose. Y en ese camino cabe hablar de todo: del carácter letal de la violencia, de la debilidad de nuestra cultura, de la importancia del mundo sanitario, del odio como último sentimiento que abandona al hombre… Insiste en que el ser humano es lo que es gracias a su fortaleza física y mental, ya que ni los animales sobrevivían a las condiciones de Kolimá.

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Una labor, la traducción de estas más de dos mil páginas en la edición española, especialmente ardua.

Hace tiempo que tenía ganas de acometerla. Es la primera vez que se edita toda la obra en español.

En un principio quería dejar de lado el volumen de ensayos, pero la editora, Valeria Bergalli, está dispuesta a publicarlo. Cabe destacar que también ha sido posible, por una parte, porque soy profesor universitario y mi sustento no depende de la traducción. Esto me permite ejercerla con más tranquilidad. Y, por otra, porque ésta ha recibido el apoyo económico de la Fundación Mikhail Prokhorov

Respecto a lo de la dificultad, en mis cursos siempre recuerdo un fragmento del prólogo de Brodsky a una edición de La excavación de Platónov: “Feliz el pueblo a cuya lengua no se puede traducir este relato”. Porque significa que no ha pasado por la misma experiencia. En Shalámov hay este tipo de dificultad. En Grossman, por ejemplo, tenemos un marco más reconocible, pero en Relatos de Kolimá el traductor explora algo nuevo y ajeno a la lengua destino.   

Con Relatos de Kolimá, el lector en español, junto con las traducciones de Herling, de Solzhenitsyn, de Nadiezhda Mandelstam o, próximamente, de Gueorgui Vladímov, tiene al alcance las obras fundamentales sobre la experiencia el Gulag.


Es cierto que ahora ya están accesibles obras de gran calidad para quien quiera aproximarse a la cuestión. El problema es que no estoy muy seguro de que interese.

Aún hay cierta resistencia a hablar de los horrores del comunismo. Cuando Emmanuel Carrère habla de Limónov, para acusarlo lo llama fascista, porque para el autor francés el término “comunista” no es peyorativo, ignorando todos los experimentos sociales que ese régimen llevó a cabo.

En algunos aspectos ha pasado algo parecido con Grossman, que tuvo que pasar un tiempo para que los lectores apreciaran su obra. Sí, ahora hay mucho material de gran relevancia, sólo falta que el lector esté dispuesto a recoger el guante. El hecho diferenciador de Shalámov es que está cosechando lectores que van más allá de los interesados en el tema. Es una época feliz en cuanto a literatura documental se refiere. Y en ese saco también metería a Dovlátov.

¿Cómo sitúa a Shalámov en esta pléyade?

Es un caso aparte. En sí, es la experiencia personal más demoledora y a la vez milagrosa, por el hecho de haber vivido para contarlo. En eso pervive la idea que aparece entre los supervivientes de los campos de concentración nazis. El testimonio se convierte en una obligación moral.

Tal vez El fiel Ruslán de Gueorgui Vladímov se aproxime en cuanto a textura literaria. Pero lo que es evidente es que tanto el tratamiento formal como el despojamiento ideológico le otorgan una calidad artística y un valor como en ningún otro autor que se ha acercado al tema.

Aparece de forma muy testimonial el nombre de Stalin, más bien parece que lanza una acusación a toda una sociedad. Me hace pensar en esas palabras de Ajmátova cuando dice que, en un momento dado, se encontraron dos Rusias, la que denunció y la que fue denunciada. O en el protagonista de Todo fluye, de Grossman, cuando vuelve del Gulag.

Todos los verdugos aparecen en Relatos de Kolimá con su verdadero nombre, al igual que el de los hombres y las mujeres que le ayudaron a sobrevivir.

La obra no deja de ser una reflexión atemporal de alguien que no ha dejado de darle vueltas al tema durante veinte años. Es el gran drama ruso, en el que una parte mayoritaria de la población participó de forma directa. Muchos detenidos estaban convencidos de que su caso era fruto de un malentendido. Es incontable la cantidad de cartas que enviaban a Stalin para intentar resolver su situación personal porque seguían creyendo ciegamente en él.

Las encuestas recientes todavía muestran mucha nostalgia y una opinión sobre Stalin en absoluto negativa. Las experiencias por las que pasó Shálamov, como es natural, dejaron huella en su carácter. Sirotínskaya cuenta que antes de conocerlo la avisaron de que tuviera cuidado con él, porque a la mínima podía salir rodando escaleras abajo.

Hay que entender que su carácter difícil responde a la psicología del prisionero. Era terriblemente injusto e intransigente con los demás y, aunque le causaba un profundo dolor, no lo podía evitar.

Se alejó de todo el mundo: de sus mujeres, de Pasternak –al que había endiosado-, de Nadiezhda Mandelstam, de Olga Ivínskaya… Se quedó en la más absoluta y abominable soledad, acentuada por una salud delicada. Y lo peor fue el último capítulo, en el que un poder desalmado persigue sin tregua al disidente hasta el último rincón.

El KGB lo trasladó, –ciego, sordo y enfermo– a una clínica para pacientes psiquiátricos en la que no duró ni dos días. Aun así, estuvo dictando poesías hasta el último hálito de vida. Acaba de salir, por cierto, una biografía suya de la misma persona que modera la página webdedicada al autor, un proyecto digital encomiable.

Le ponía muy nervioso no poder tener el control de su obra, fundamentalmente cuando empezó a ver la luz en el extranjero, pero sobre todo si se utilizaba como arma de choque contra el régimen. Llegó a publicar una carta en la que se desentendía de todas esas ediciones e incluso decía que el tema había quedado obsoleto. Esta acción lo sumió aún más en la soledad.

Era un hombre convencido de su genialidad y, como muchos escritores, se sentía incomprendido. Cuando ya estaba muy deteriorado se publicó su obra en francés, pero con muchas erratas, e incluso recibió un premio, el PEN. Pero en el último tramo de su vida sólo luchaba por la subsistencia y, cuando se lo anunciaron, contestó algo así como: “Sí, un premio, ¿y el dinero?”. Desde luego, su penuria económica no contribuyó en nada a aliviar su vida.

Esas obsesiones también se notan en el estilo, en las repeticiones.

Sí, hay una pulsión obsesiva en cuanto a los temas, que se traduce en repeticiones de relatos con diferentes puntos de vista hasta agotarlos, como si fuera un ejercicio de estilo. Pero no hay que olvidar que muchos textos literarios rusos están marcados por las condiciones en las que fueron escritos.

El maestro y Margarita es una obra inacabada; tal vez Grossman, si hubiera tenido más tiempo, hubiera corregido Vida y destino. Cuando detienen a Bábel dice aquello de: “No me han dejado acabar…”.

El último volumen, sin embargo, parece mucho más crudo.

Sí, es más cruel con los verdugos e intenta recordar a los que contribuyeron a su salvación. Se nota la urgencia por dejar testimonio. El guante al que se refiere el título alude a la piel que se desprende de su mano por la pelagra y es una visión sobrecogedora de lo que fue el Gulag y de los extremos físicos a los que llegaba el hombre.

La edición en francés iba acompañada de un prólogo titulado “La resistencia de los materiales”, refiriéndose a que en el campo se pone a prueba el ‘material humano’, como si fuera una asignatura de ingeniería. Pero caemos en otra contradicción: el hombre es algo insignificante, pero a la vez puede sobrevivir a la situación más extrema.

Se afirma que es imposible hablar de esa experiencia y, con todo, se intenta. Como Tolstói, que dice que no se puede contar la Historia y ahí está Guerra y paz.

No puede no hacerlo… pero también les ocurre a muchos otros. Recoge el guante de Relatos de Sebastopol, de Chéjov, de los autores del Siglo de Plata -sobre todo de Bieli-, y culmina un nuevo género que incluso se extiende hasta Limónov. En el caso de Solzhenitsyn, encontramos un escritor con unos objetivos políticos y personales, mientras que Shalámov no da concesiones a su prosa, quiere que su obra sea un puñetazo sin marcas ideológicas.

Para él, Solzhenitsyn, en el Archipiélago Gulag, manipula un material que no le pertenece. Prefiere que cada testimonio decida por sí mismo lo que tenga que decir y no que un tercero instrumentalice su dolor. Digamos que no le sentó muy bien que publicaran a Solzhenitsyn y a él no, cuando se creía un autor muy superior.

A lo que no está dispuesto es a hacer concesión de ningún tipo por el  mundo del hampa en el Gulag.

No considera humanos a los presos comunes. Mucha gente murió a sus manos y abomina de la utilización que hizo el poder de ellos. Como de la brutalidad de Beria, que los pone en libertad en la amnistía decretada tras la muerte de Stalin, provocando así una conmoción en todo el país. Shalámov se queja de que la literatura rusa ha idealizado el crimen. Cuando Chéjov visita Sajalín, Shalámov escribe que le cambió hasta la caligrafía, y ya no miró con los mismos ojos a la delincuencia. Shalámov no estaba para “buenismos”.