Vivir en Rusia requiere ironía

Fragmento de la película "Charodéi" de 1982. Fuente: Kinopoisk.ru

Fragmento de la película "Charodéi" de 1982. Fuente: Kinopoisk.ru

La ironía rusa tiene el sabor salado de las lágrimas, una distorsión de la realidad que intenta distanciarse de ella y jugar con los bordes de lo posible pero que no puede escaparse.

Por contar chistes sobre Stalin unas 200.000 personas dieron con sus huesos en un GULAG. Cuando Jrushchov tomó el relevo y criticó el culto a la personalidad del padrecito de los pueblos, un repentino telegrama llegó a los campos de prisioneros: “liberad primero a los bromistas porque ellos fueron castigados por una ofensa menor”.

No obstante, la seriedad de los chistes fue pronto restablecida y en 1957 los ‘bromistas’ ya volvieron a ser arrestados, aunque esta vez por ‘anekdoti’ sobre el ucraniano que sacó el zapato en la tribuna de Naciones Unidas.

En la historia moderna de Rusia la ironía y el medio secreto han sido una muleta indispensable para lidiar el toro de la historia, como explica el sociólogo ruso Yuri Levada: “Una sociedad que fue aislada por todas partes, incluso de su propia realidad histórica, creó generaciones que no podían soñar otra vida diferente de la dada. Así, la falta de alternativas hizo que la práctica universal de adaptación se volviera una costumbre”.

A finales de los años 20 el presidente del Presidium, Mijaíl Kalinin, estaba dando un discurso sobre la industrialización y construcción de rascacielos en la calle Karl Marx de Járkov. De entre el público un osado levantó la mano e interrumpió al líder revolucionario:

- Camarada Kalinin, yo soy de Járkov, todos los días paso por la calle Karl Marx y todavía no he visto ningún rascacielos.

- Camarada, -respondió Kalinin,- en vez de deambular por las calles lea los periódicos para enterarse de lo que está pasando en su ciudad.

Esto es un chiste, pero a veces la ambigüedad es tal que cuesta discernir entre mentira y verdad, creando una tercera dimensión que bien podría ser ‘miscelánea’. Ese ‘todo lo demás’ se encuentra también entre la evidente discordancia de ley (zakonnost) y justicia (spravedlivost) en Rusia.

En este sentido, el conocimiento de las reglas no escritas y el ‘know how’ informal suponen instrumentos primarios para la supervivencia. Un recurrido ejemplo de ello es la forma de conducir en Rusia, la cual requiere conocimientos que van más allá de señales de tráfico y las reglas de circulación.

De acuerdo con Edward Keenan, dicha distancia entre los principios formales y las prácticas informales no sólo tiene consecuencias políticas sino que se basa en pautas y tradiciones indirectamente asumidas como normales; quien tiene que saber las reglas las sabe, la estabilidad prima sobre otros valores como verdad (ístina, no pravda), la toma de decisiones se hace en base a sospechas más que razones, y el poder real es algo tan frágil...

Probablemente, el mejor estudio sobre la necesidad de conocer los códigos informales y manejar situaciones a/ilegales en Rusia ha sido escrito por Alena Ledeneva (How Russia Really Works), libro dedicado al Blat (diversas prácticas socio-económicas paralelas a las instituciones ruso-soviéticas).

“Uno puede pensar que un secreto que todo el mundo conoce no es un secreto, ya que se refiere a algo sabido... Sin embargo el secreto que todo el mundo sabe sigue siendo un secreto ya que no pueden reconocerlo abiertamente… y sólo es referido a través de rodeos, medias palabras, ironías y sonrisas de complicidad”, reconoce la investigadora rusa afiliada al University College the London.

Dicha (necesaria) ambigüedad ha sido también plasmada en los medios de comunicación (por ejemplo en la revista Krokodil), en el cine (Afonia, Mimino, Osennii Maraphon, Ironiia Sud’by, Sluzhebnyi Roman, Garazh…), y sobre todo en la sabiduría popular.

En los 80 los ciudadanos soviéticos se referían a seis secretos para explicar el funcionamiento del país: (absentismo) no hay desempleo, pero nadie trabaja; (falsos informes) nadie trabaja pero la productividad crece; (escasez) la productividad crece pero las tiendas están vacías; (blat) las tiendas están vacías pero los frigoríficos llenos; (privilegios) los frigoríficos están llenos pero nadie está contento; (cinismo) nadie está contento pero todos son comunistas. Y luego llegó el séptimo: todos son comunistas pero el sistema colapsó.

La ironía rusa tiene sin embargo el sabor salado de las lágrimas, una distorsión de la realidad que intenta distanciarse de ella y jugar con los bordes de lo posible pero que no puede escaparse. ¿Cómo explicar si no los ‘malentendidos’ de Shostakóvich, Gógol, Bulgákov, Ilf y Petrov, Platónov y tantos otros?

La ironía rusa son los pueblos Potemkin frente al espejo, lo que queda después de darle la vuelta a lo grotesco, una especie de terapia en una banalidad tan 'glamurosamente' fea (poshlost’). Y es que el uso de la ironía implica examen, una especie de reestructuración reflexiva de nuestra posición en determinado entorno, comunidad o situación histórica.

Según Joseph Brodsky el origen de la consciencia está en la mentira, en ese primer embuste que el niño cuenta a sabiendas de que no es cierto. Sin embargo, con los años aprendemos que la mentira nos engaña primero a nosotros, por lo que buscamos refugio en la ironía, en el esqueleto de la ficción. La mentira acontece, la ironía se destila.

Si la sorna es una muestra de inteligencia en Rusia tienen los bolsillos llenos. Pero no nos engañemos; la ironía no hace un mundo mejor, sino más llevadero. La ironía, la sonrisa de complicidad, los secretos abiertos… conllevan una complicidad con las normas informales; la ironía muestra la desnudez del rey y dice al corrupto que sabemos que es corrupto, pero al final mantiene la ambigüedad y no toma palacios de invierno. Pura cuestión de supervivencia post-moderna.