“Jimki sin baloncesto sería como un océano sin agua”

La plantilla, con una pancarta al fondo que reza: “Jimki sin baloncesto, un océano sin agua”. Fuente: bckhimki.ru

La plantilla, con una pancarta al fondo que reza: “Jimki sin baloncesto, un océano sin agua”. Fuente: bckhimki.ru

El Jimki, el segundo equipo de baloncesto más importante de Rusia, salvó a finales de enero una grave crisis económica: una deuda de 4,3 millones de euros dejó al club al borde de la desaparición. Aunque los jugadores pasaron más de 3 meses sin cobrar, siguieron compitiendo y ganando, mientras que la afición convirtió cada encuentro como local en un plebiscito de afirmación bajo la consigna: “Jimki sin baloncesto sería como un océano sin agua”. Un acuerdo de última hora con el gobierno regional permitió salvar al club que, sin embargo, afronta a partir de junio una dramática reducción de presupuesto, salvo que algún oligarca se cruce en su camino.

Jimki es un barrio acomodado del extrarradio de Moscú, situado al noroeste de la capital, foco habitual de la escena política rusa en el último lustro por motivos variopintos. Su equipo de baloncesto, con sólo 16 años de historia, un pabellón coqueto y una afición ruidosa y fiel, ha sido históricamente el ‘empeño personal’ del alcalde. Después de casi una década de fuertes inversiones económicas sin resultado (algunas bastante extravagantes, como el contrato al argentino Carlos Delfino por 7 millones anuales), el proyectó comenzó a cristalizar el año pasado gracias a cierta estabilidad en la confección de la plantilla. En abril el Jimki ganó con holgura la Eurocup (2ª competición continental) y esta temporada participa en la Euroliga, en la que camina con paso firme hacia cuartos de final, lo que supondría el mayor logro de la historia del equipo.

Precisamente ahora, cuando los resultados navegan viento en popa, llegan malas noticias desde los despachos. En octubre hubo elecciones municipales y cambio en el poder. El nuevo alcalde de Jimki, el oficialista Oleg Shajov, se desentiende de los compromisos adquiridos con el club por su predecesor en el cargo, al considerarlos un dispendio: “El presupuesto público se centrará a partir de ahora a la promoción del deporte de base y no en proyectos profesionales. El club debe sostenerse con sus propios ingresos: ticketing, merchandising y patrocinio privado”.

La aportación municipal, unos 11 millones de euros, supone aproximadamente la mitad del presupuesto anual del club de baloncesto. Desde octubre el ayuntamiento suspendió todos sus pagos al equipo, que se vio sin recursos para afrontar las nóminas de los empleados y llegó a acumular una deuda de  4,3 millones de euros. A comienzos de enero los jugadores rompieron su silencio: llevaban 3 meses sin cobrar e iniciaron una huelga que consistió en entrenarse (o no) por su cuenta.

Reducción de presupuesto

El 26 de enero hubo una reunión de tres horas entre autoridades regionales (que no locales) y representantes del club para tratar de desbloquear la situación. En la misma, el gobernador interino (Andrey Vorobyev) se comprometió a facilitar en la medida de lo posible la captación de sponsors privados a corto plazo y, en caso de que esa solución no fuese suficiente (como naturalmente no fue), a cubrir con dinero del presupuesto regional la parte restante para al menos cumplir con los pagos hasta final de curso. De esta forma se acordó una fórmula en tres plazos para saldar la deuda con los jugadores. A cambio, el gobernador exigió al Jimki un compromiso de moderación del gasto a partir de la próxima temporada, especialmente en el capítulo de contratación y salario de extranjeros, un discurso, por cierto, muy en boga entre la clase política rusa.

De esta manera, el Jimki afronta en verano un escenario incierto. El supuesto más probable es la ‘desamortización’: reducción drástica de presupuesto, venta de todos o casi los extranjeros y oferta de renovación a la baja para los nacionales, con Monya y el capitán Fridzon como principales activos. Teniendo en cuenta que la rotación habitual del equipo esta temporada se compone de 10 jugadores, 7 de los cuales son foráneos, el éxodo supondría la desaparición a corto plazo del Jimki de la élite continental, la que tanto tiempo y dinero costó alcanzar.

El segundo supuesto, menos probable, sería la venta del equipo al oligarca uzbeko Alisher Usmanov, dueño del Arsenal FC. Los rumores saltaron en la rueda de prensa en la que el presidente anunció la viabilidad del club: "Hemos recibido el apoyo y patrocinio de Usmanov en este proceso. Ha jugado un papel importante, que esperamos siga manteniendo en el futuro”. Las autoridades ven con buenos ojos la cooperación de Usmanov desde el patrocinio indirecto, pero recelan de la posibilidad de una compra del club, pues supondría dejar en manos de un foráneo la titularidad del club deportivo estandarte de uno de los barrios más ‘ruidosos’ de Rusia, el mismo que logró por ejemplo torcer la voluntad del presidente y paralizar las obras de la autopista Moscú-San Petesburgo para salvar ‘su’ bosque.