¿Es Rusia europea? (Parte 2)

El mapa de Europa visto desde Moscú. Fuente: la revista Time, publicado el 10 de marzo de 1952

El mapa de Europa visto desde Moscú. Fuente: la revista Time, publicado el 10 de marzo de 1952

“Cuando hablaban de vacaciones ‘en Europa’, de la calidad de ‘la ropa europea’ o de sus familiares ‘en Europa’, supe que había cruzado el oscuro borde que delimita nuestro continente. Me pasó en San Petersburgo, en Moscú, en Volgogrado, y también en Vilnius, e incluso una vez en Varsovia. En Estambul también, con la claridad que muestra el lenguaje común: en los ferries que cruzan el Bósforo la gente hablaba del lado ‘europeo’ y el lado ‘asiático’. Sin embargo, en Grecia y Bosnia, dentro del área Bizantina, nunca escuché decir a nadie que iría a Europa.

Mirando a Europa desde el este descubrimos una perspectiva diferente. Europa Occidental siempre ha estado contenta consigo misma, mientras la gente de la frontera oriental siempre se hacían la pregunta de si pertenecían o no a Europa. Por eso se habla tanto de la naturaleza europea en el este, mucho más que en el oeste”, escribe el escritor holandés Geert Mak en su muy recomendable EnEuropa:unviajeporelsigloXX.

En los mapas, Europa se nos insinúa como un conjunto de experiencias occidentales que se van desdibujando a medida que caminamos hacia el Este y hacia el Sur. Se trata de la idea hegemónica de Europa que terminó de imponerse con el avance gradual del ferrocarril y de las revoluciones agrícola e industrial y que cuajó, ya en el siglo XX, con la división política pactada en Yalta y el consecuente abandono del Centro y Este de Europa al totalitarismo soviético.

Como argumenta Larry Wolff en InventingEasternEurope, la polarización de Europa alrededor del eje Occidente/Oriente es uno de los productos epistemológicos del iluminismo. Son los filósofos franceses quienes separan mentalmente a Polonia y Rusia de Suecia y Dinamarca; sustituyendo a partir del siglo XVIII el eje Norte/Sur -vigente de los romanos al Renacimiento- como criterio de la nueva concepción de Europa.

No obstante, fue en el siglo XX cuando el concepto de Europa del este adquirió un significado claramente ideológico, asociado al imperialismo soviético y entendido como un territorio con estados-satélite de Moscú.

Milan Kundera llegó a hablar de “amputación de Occidente” para describir la forma en que Varsovia, Budapest y Praga (y podríamos añadir Bucarest, Sofía, Vilnius, Riga, Ľviv…) fueron engullidas por el imperio ruso/soviético, como si la experiencia soviética hubiese sido anti-occidental y, por ende, profundamente anti-moderna.

Acorde con la perspectiva abierta por Kundera en el ensayo LatragediadeEuropacentral, la MittelEuropa sería “todo el este europeo que no es ruso”. Para Kundera, Occidente es el resultado del renacimiento y del espíritu de “la razón y la duda, del juego y la relatividad de los asuntos humanos”, así, “habiendo perdido el Renacimiento, la mentalidad rusa quedó con un equilibrio diferente entre racionalidad y sentimiento, un equilibrio específico, como demuestra la profundidad y brutalidad del alma rusa”.

En Unaintroducciónparalavariación, el escritor checo ejemplifica estos universos supuestamente opuestos a través de Dostoievski y Diderot, y sus personajes de Elidiota y JacqueselFatalista. En la primera obra Kundera encuentra un sentimentalismo repulsivo, mientras que en la segunda demuestra “una celebración a la inteligencia, el humor y la fantasía”.

“El problema de Milan Kundera es que ignora otras invasiones recientes de su parte de Europa, como la de 1938 procedente de Occidente, y parece no darle un significado especial cuando hace su definición de identidad. El totalitarismo soviético sería bárbaro y antieuropeo, pero el mismo criterio no es aplicado al totalitarismo nazi ni a la europeidad de Alemania”, respondió poco tiempo después el Premio Nobel ruso Joseph Brodsky.

En el contexto de su enfrentamiento literario de 1985, Brodsky llega a acusar a Kundera de imponer una idea limitada y fija de Europa, determinada por la presente división ideológica y carente de sentido histórico.

No sorprende que Brodsky acuse irónicamente a Kundera de ser más europeo que los propios europeos, siendo demasiado entusiasta a la hora de rechazar los lazos genéticos obvios entre el sovietismo y la historia occidental.

“Las atrocidades que han sido y son cometidas en este régimen, son y fueron cometidas en nombre de la necesidad histórica. Este concepto de necesidad histórica es resultado del pensamiento racional, pensamiento que llegó a Rusia procedente de Occidente”, concluía Brodsky en su artículo WhyMilanKunderaiswrongaboutDostoevsky.

A nuestra consulta, el investigador de la Universidad Humboldt de Berlín, Pablo Zerm, responde: “¿Si Rusia es Europea? Es pregunta es extraña; como si me preguntaras ‘es un neonazi alemán un verdadero alemán’. Este tipo de cuestiones dan a entender que Europa está curada de cualquier tipo de intolerancia y fascismo para siempre… esa idea naif de que Europa es una isla bendecida. Si miramos alrededor nos damos cuenta de que Europa no es una isla de chicos buenos. Para mí la pregunta correcta es ¿Cómo de democrática es la Rusia de Putin y cuál es la situación de los derechos humanos”.

Según sostiene el investigador polaco-británico Zygmunt Bauman en su libro ModernityandtheHolocaust, Auschwitz, el Gulag y Srebrenica se encuentran en el corazón mismo de la civilización europea y son productos de sus realizaciones materiales, no el rostro de la anti-Europa como tantas veces se nos quiere hacer creer. Auschwitz, el Gulag y Srebrenica recaen sobre el sentido de responsabilidad del hombre moderno y no sólo de alemanes, rusos y serbios.

“Con frecuencia se ha presentado a Rusia como el gran Otro, un país completamente fuera de la civilización occidental. Por ejemplo, se relacionaban las atrocidades de Stalin con el despotismo asiático, ajeno a la lógica occidental. Nosotros, en Estonia, también ponemos la historia en esos términos. Así que pensamos que éramos un país europeo (nos gusta pensar que Escandinavo) hasta que llegaron las hordas del este”, reconoce Tõnis Kahu, uno de los críticos culturales estonios más respetados.

“Rusia es parte de Europa… pero intenta jugar a ambas bandas… a ellos les gusta presentarse como un país que no es totalmente occidental ni totalmente del este. Así que son parte de Occidente pero con reservas… y al mismo tiempo necesitan a Occidente como espejo y como vara de medir”, precisa Kahu.

La Revolución bolchevique aportó en su momento nuevos modelos conceptuales en cuanto a las posturas rusas frente a Europa. Por primera vez en siglos, Rusia se oponía al resto de los países europeos, ofreciendo un modelo alternativo de modernización, un nuevo tipo de sociedad y un sistema de relaciones internacionales que debía sustituir al tradicional equilibrio de poderes (que había demostrado su ineficacia al no poder evitar la catástrofe de 1914).

No obstante, y a pesar de las apariencias, la revolución rusa no significaba una ruptura con el marco del pensamiento común europeo. No sólo porque se trataba de un camino que podrían haber tomado otros países del viejo continente -si la sucesión de azares históricos se hubiera orientado en otra dirección, sino también porque la fuente de las ideas revolucionarias se hallaba en Occidente y los debates que las hicieron evolucionar hacia su materialización práctica se gestaron en el viejo continente. Al final, el bolchevismo fue una posibilidad más en la construcción de Europa que, por diferentes motivos, quedó descartada en 1989.