Espías, agentes dobles y bombas atómicas

La serie televisiva ‘The Americans’ vuelve a poner de moda las bambalinas de la Guerra fría. Fuente: Kinopoisk.ru

La serie televisiva ‘The Americans’ vuelve a poner de moda las bambalinas de la Guerra fría. Fuente: Kinopoisk.ru

Cada época histórica tiene su expresión en el cine, y la Guerra fría, en particular, ha ofrecido material de sobra para dar lugar a una extensa filmografía que abarca todos los géneros: de la comedia al 'thriller', del documental a la parodia. Unas veces ha funcionado como espacio de propaganda, otras como mero entretenimiento. Ahora se mete en la pequeña pantalla con el estreno de la primera temporada de 'The Americans', una primera entrega de trece capítulos concebida por el exagente de la CIA metido a guionista Joe Weisberg (Damages, Falling Skies). La serie del canal de pago FX se estrenó el pasado 30 de enero y ha recibido una buena acogida entre la crítica especializada, en especial por el trabajo de la pareja de actores principales, Keri Russel y Matthew Rhys.

El piloto de la serie pone todas las cartas sobre la mesa: un matrimonio de agentes encubiertos de la inteligencia soviética –que de cara a la galería, mantiene una rutinaria vida en un suburbio de Washington DC–, cumple la misión de secuestrar a un ex agente de la KGB que se ha vendido a los servicios secretos de los Estados Unidos en el marco de la incipiente Iniciativa de Defensa Estratégica.

“Nuestra guerra ya no es tan fría”, asegura uno de los mandos del KGB. Ya no es fría, pero sí se libra en silencio, entre bambalinas. La ficción, que recuerda al caso real de los matrimonios de espías rusos descubiertos en suelo estadounidense hace tres años y sigue la estela de la premiada Homeland en lo que a tramas sobre seguridad nacional se refiere, intenta ponerse en la piel de quienes llevan una doble identidad al servicio de un Gobierno, cuáles son sus dilemas y conflictos personales.

A la espera de su llegada al mercado en español, repasamos algunos títulos del cine occidental, clásicos y contemporáneos, que abordan el tema de la Guerra Fría.

 

El topo (‘Tinker, Taylor, Soldier, Spy’). Tomas Alfredson, 2011.

“Control: No te fíes de la gente, sobre todo la que parece normal.”

Esta adaptación de la novela homónima de John Le Carré, incluida en la saga protagonizada por el agente George Smiley, mereció el premio BAFTA a la mejor película británica. Fiel a la complejidad laberíntica del mejor Le Carré, uno de los autores por antonomasia del género junto a Graham Green, la cinta del director de ‘Déjame entrar’ reproduce magistralmente la atmósfera funcionarial de los servicios secretos británicos de la década de 1970, puestos en jaque por la existencia de un topo soviético en la cúpula directiva. Estilo pausado, gusto por el detalle, elegante fotografía. Merecen especial mención la banda sonora del español Alberto Iglesias y el diseño de producción de Maria Djurkovic. 

El caso Farewell (‘L’affaire Farewell)’. Christian Carion, 2009.

Jessica Froment: Tienes que deshacerte de todo esto. Me casé con un ingeniero, no con James Bond.”

Película protagonizada por dos directores, el serbio Emir Kusturica (‘Underground’, ‘Gato negro, gato blanco’) y Guillaume Canet (‘Pequeñas mentiras sin importancia’) sobre el caso real del coronel de la KGB Serguéi Grigoriev (nombre en clave Farewell) que, desencantado con la deriva de la época Brezhnev, contacta con un ingeniero francés en Moscú al que suministra información secreta sobre la red de espías de la URSS en Occidente.

Aunque no muy conocido, éste fue el caso de espionaje más importante de la Guerra Fría y ‘tiro de gracia’ contra el bloque soviético. La historia tiene, en el personaje del ingeniero, una constante del cine de hitchcockiano: el ciudadano de a pie que se encuentra inesperadamente en un situación límite, como Cary Grant en ‘Con la muerte en los talones’ o Paul Newman en ‘Cortina rasgada’. 

El buen pastor (‘The Good Shepherd’). Robert de Niro, 2006. 

Joseph Palmi: Vosotros sois los tipos que me asustan. La gente que hace las grandes guerras.

Edward Wilson. No, nosotros nos aseguramos que sean pequeñas.” 

No podemos entender la Guerra Fría sin las agencias de inteligencia que movían los hilos, el KGB y la CIA. La película dirigida por De Niro se centra en el nacimiento de la agencia norteamericana a través de la trayectoria profesional de uno de sus agentes, Edward Wilson (Matt Damon), inspirado en el director del departamento de contrainteligencia de la CIA, James Jesus Angleton. 

Por una parte aborda las dificultades para compatibilizar la vida privada con sus cargos profesionales y, por otra, la compleja y kafkiana maquinaria de los gobiernos modernos. La película más meticulosa sobre el espionaje es fruto del excelente guión de Eric Roth, muy al estilo de ‘El Padrino’. De hecho, Coppola fue el primer director que tuvo el proyecto entre las manos. 

Niebla de guerra (The Fog of War’). Errol Morris, 2003. 

Robert McNamara: Creo que la raza humana debería reflexionar sobre el hecho de matar. ¿Cuánto mal tenemos que infligir en nombre del bien?”. 

Errol Morris es uno de los máximos exponentes del documental contemporáneo. Combina con sutil equilibrio la recreación, el material de archivo y, sobre todo, el poder del testimonio. Morris utiliza una técnica propia para filmar las entrevistas, el ‘Interrotron’, que permite que el entrevistado siempre mire directamente a cámara, creando la sensación de contacto visual permanente con el espectador.

A lo que realmente mira es a una imagen del entrevistador en una especie de teleprompter que, en lugar de texto, proyecta el rostro de quien hace las preguntas. Veinte horas de conversación con el exdirectivo de la Ford Robert S. McNamara, después Secretario de Defensa durante los mandatos de Kennedy y Lyndon B. Johnson, sirven para conocer mejor la cocina del poder en la época de la Guerra de Vietnam. Otra oportunidad para disfrutar de la colaboración del director con el compositor Philip Glass. Recibió el Oscar al mejor documental.

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La vida de los otros (‘Das Leben der Anderen’). Florian Henckel, 2006.

Hauptmann Gerd: La mejor manera de establecer la inocencia o culpabilidad de un prisionero es el interrogatorio implacable.”

Se espiaba al oponente, el supuesto enemigo, pero también a la propia población. Los archivos secretos cavaron la tumba no sólo de intelectuales y artistas, también de muchos ciudadanos de a pie. La Caza de Brujas, la Lubianka… o la Stasi de la RDA. En los últimos años del Muro, un convencido funcionario tiene como misión supervisar las escuchas de un intelectual contestatario.

La ‘Sonata del hombre bueno’ y el talante del escritor vigilado provocarán una fisura en la férrea determinación del funcionario. El director contó que la idea le vino de las palabras de Gorki sobre Lenin y de la relación particular que tenía este último con la ‘Appassionata’ de Beethoven, música que conseguía enternecerle.

Teléfono rojo, volamos a Moscú (‘Dr. Strangelove or How I learned to Stop Worrying and Love the Bomb’). Stanley Kubrik, 1964.

Presidente Muffley: ¡Señores, no pueden pelearse aquí! ¡Están es la Sala de Guerra!”

La mejor sátira sobre la temida Tercera Guerra Mundial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Dirigida, producida y coescrita por Stanley Kubrick, pasó también a la historia por los tres personajes que interpretó Peter Sellars.

La película despliega todo su humor en torno a la doctrina militar de la ‘Destrucción mutua asegurada’, es decir, que en caso de una ofensiva a gran escala, el atacante y el defensor quedarían aniquilados, razón por la cual ninguno de los dos tendría un aliciente para dar el primer paso.

Convencido de que los soviéticos han trazado un plan para contaminar el agua de Estados Unidos, un general, en pleno arrebato de locura, ordena un ataque nuclear a la URSS. Unos intentan convencer a Moscú de que todo es debido a un error, mientras que otros confirman la existencia de una potente arma soviética, la ‘Máquina del Juicio Final’, capaz de aniquilar la humanidad. El estreno de la película tuvo que suspenderse y algunos detalles de la misma modificarse a causa del al asesinato de Kennedy. Se cambió el final y una referencia a la ciudad de Dallas. 

Los USA en la zona rusa (‘Don’t Drink that Water’). Woody Allen, 1996.

La versión televisiva de su primera obra de teatro, escrita en 1966 y estrenada en Broadway, no es la película más conocida del director de ‘Love and Death’ (conocida en España como ‘La última noche de Borís Grushenko’), su alocado homenaje a la literatura rusa.

Sin embargo, el texto original ya refleja todas las obsesiones del director que desarrollaría en su producción posterior. No sólo la inspiración en clásicos rusos como las dostoyevskianas ‘Delitos y faltas’ o ‘Match Point’, sino también en los problemas de comunicación, ya sea en el seno de la familia como entre culturas.

En ‘Los USA en la zona rusa’, la familia Hollander, de turismo por un país al otro lado del Telón de Acero, se refugia en una embajada americana por culpa de un malentendido: la policía secreta rusa cree que el padre de familia, interpretado por Woody Allen, es un espía que está tomando fotografías de una zona ‘sensible’.

En verdad, sólo estaba inmortalizando una puesta de sol. Que en ese momento esté al cargo de la embajada el funcionario más incompetente de Exteriores, el hijo del embajador, y que por allí pulule el Padre Drobney, un refugiado aficionado a la magia que lleva seis años pidiendo asilo político, es sólo parte del desaguisado.

Un, dos, tres (‘One, Two, Three’). Billy Wilder, 1961. 

Otto: ¡¡Nunca criaré a mi hijo como un capitalista!!

Scarlet: Cuando cumpla 18 años dejaremos que decida qué quiere ser, si capitalista o un comunista rico.” 

Una de las más brillantes interpretaciones de James Cagney en una de las dos comedias políticas de Wilder. La cinta tuvo que lidiar con un grave contratiempo: el director, judío de origen austriaco, estaba rodando en Berlín cuando se inicio la construcción del Muro de la vergüenza y tuvo que mover todo el equipo de rodaje a Múnich. 

La coincidencia con este hecho hizo que el estreno tuviera una recepción más bien tibia puesto que se entendió como una película inoportuna y carente de sensibilidad política. Sin embargo, el tiempo y la distancia han situado esta película sobre la ambición de un directivo de la Coca-Cola, en el Berlín Este, para introducir la bebida en la URSS en el lugar que se merece.