El nuevo mapa teatral ruso

Mijáil Durnenkov

Mijáil Durnenkov

El teatro ruso es mucho más que Chéjov y Gógol. El circuito independiente de Rusia toma riesgos y se aleja de la zona confortable de los clásicos para plantear las problemáticas sociales del siglo XXI. No solo se localiza en Moscú y San Petersburgo, es especialmente activo en la periferia. Son voces nuevas, jóvenes, desacomplejadas, atentas al resto de dramaturgias extranjeras, pero conscientes de estar escribiendo desde una realidad concreta y con un grado de libertad mucho mayor del que se respira en el cine o en la literatura.

En un mundo mucho más conectado que en el que vivieron sus padres, los temas que abordan estos jóvenes autores encuentran ecos en otros públicos no eslavos. A la nueva corriente se la ha bautizado como “Nuevo drama” y recupera la combatividad que tuvo el teatro en el pasado como espacio de libertad, al que acudieron muchos autores cuyas obras en prosa o verso estaban prohibidas.

La experiencia teatral, para los amantes de la censura, se ha visto tradicionalmente como una expresión residual, poco peligrosa dado que no puede gozar de la difusión de los libros y que su público siempre es limitado. Pero ese público participa en una experiencia del “nosotros” mucho más viva y, a la vez, más intensa.

El punto neurálgico en Moscú es Teatr.doc, que se hizo célebre más allá de las fronteras rusas por la obra que retrataba la vida de Serguéi Magnitski, el abogado que denunció una trama de fraude fiscal en la que estaban implicados altos cargos políticos y que murió en 2009, en la cárcel, mientras esperaba juicio, por malos tratos.

También tuvo un gran éxito una pieza sobre las reacciones de la sociedad civil en la matanza de Beslán. Son temas del aquí y el ahora: debate directo, vivo, necesario. Y sin requerir para ello de grandes medios ni de pirotecnia escénica: solo texto, actores y público.

El “Nuevo drama” está siendo reconocido en el extranjero con traducciones, premios y puestas en escena. En Londres, por ejemplo, encontramos el proyecto Sputnik, cuyo objetivo es el de dar a conocer estos textos por primera vez con nuevas versiones, lecturas y un festival bianual.

Por su parte, la Sala Beckett, cantera de la dramaturgia catalana, ha organizado un intercambio que ha permitido la lectura dramatizada de textos catalanes en el Centro de directores y dramaturgos de Moscú y, a su vez, de rusos en su sede de Barcelona, todos traducidos para la ocasión. A la capital rusa viajaron las obras de Lluïsa Cunillé, Josep M. Miró, Pau Miró y Gemma Rodríguez. En Barcelona, el pasado diciembre, se interpretaron textos de dos nombres relevantes del Nuevo drama: Mijáil Durnenkov y Yaroslava Pulinóvich.

 

Yaroslava Pulinóvich

“Un equipo de lectura leyó diez obras contemporáneas que nos propuso el teatro ruso con el que hemos hecho el intercambio”, comenta Víctor Muñoz, coordinador artístico de la Sala Beckett.

“Desconocedores del panorama actual ruso, hicimos una primera selección de tres textos que podían representar tres posibles líneas: una obra muy contemporánea, dinámica, urbana, Trastos de Durnenkov; una obra más íntima, dolorosa, literaria, como son los dos monólogos de Pulinóvich, El sueño de Natasha y He ganado; y una obra rural con un fuerte mensaje político, En el campo, de Pável Priajko. Al final sólo pudimos montar a los dos primeros autores”.

Yaroslava Pulinóvich (Omsk, 1987) es una de las representantes más jóvenes del Nuevo drama y cuenta con la trayectoria más prometedora. Graduada en el Instituto de Teatro de Ekaterimburgo y ganadora del Premio Debut de 2008 a la mejor obra de teatro, sus dramas sobre la complejidad de la adolescencia se han representado en toda Rusia y en diversas citas internacionales.

“En Rusia hay bastantes concursos y festivales donde poder enviar tus textos. Gracias a ellos, aparecen nuevos nombres y los directores se atreven a llevar nuevas obras sobre la escena”, explica Pulinóvich a Rusia Hoy.

“Para que te presten atención, necesitas que tu nombre suene un poco. En mi caso, empecé a escribir a una edad muy temprana, a los ocho años. Luego a los dieciséis hice un curso de dramaturgia con Nikolái Kolyad y me cambió la vida. Empecé a escribir teatro y en eso sigo”.

El sueño de Natasha es su obra más conocida, visitó hace dos años el Festival de Otoño de Madrid en una producción del Teatro Meyerhold y, junto con He ganado, conforma un díptico sobre qué significa la adolescencia en la Rusia contemporánea a partir de dos Natashas, dos adolescentes de desgarradora complejidad que han sacrificado sus sueños de juventud. Son, ambas, el reflejo de las presiones que sufren los jóvenes, los sentimientos que sobre ellos proyectan los mayores.

En la primera, ahonda en la problemática de los besprizórniki [“niños sin techo”], que acaban en centros institucionales y de los que solo el 10% consigue encauzar su vida.

En la segunda, aborda la hiperprotección de los padres que vivieron el cambio político en la adolescencia y que han traspasado a sus hijos una visión de la vida mucho más individualista y temerosa del mundo exterior, en la que prima el ascenso social. “Me interesa lo que pasa ahora mismo en Rusia, aunque al final, las preguntas, siempre son las mismas: por qué vivimos, cómo vivimos y por qué se sufre. Para escribir, me alimento mucho más de la actualidad que de la tradición, aunque la tradición siempre está presente de manera inconsciente”.

La posibilidad que tiene esta generación de viajar y conocer otras fuentes de inspiración se nota en el resultado: unas propuestas sugerentes y universales. “Me gusta especialmente la literatura norteamericana de autores como Fitzgerald, Salinger o Tennesse Williams y lo que está ocurriendo en la escena polaca y lituana”, explica la dramaturga y guionista, que recomienda las producciones de Teatr.doc y el Teatro Kolyada de Ekaterimburgo, donde reside en la actualidad.

“En Rusia estamos viviendo acontecimientos políticos importantísimos que nos afectan a todos”, comenta Mijaíl Durnenkov (Tynda, Siberia Oriental, 1978). Este guionista y dramaturgo forma parte del “fenómeno Togliatti”, una explosión de autores que se ha producido en torno al Festival May Readings.

“La muestra que considero más importante es la de dramaturgia joven Liubimovka, que este año celebrará su 25ª edición. Los teatros rusos están atentos a lo que sucede en los cinco festivales más o menos importantes”, comenta a Rusia Hoy.

“La obra que he presentado en Barcelona, Trastos, trata de la incapacidad de convertirse en una persona diferente, de cambiar tu propio destino, de las batallas internas que se libran en el interior de toda persona. Además de al catalán, ya se ha traducido al inglés, finlandés, turco, checo o bielorruso, entre otras lenguas”. Sus obras y adaptaciones han sido representadas por la Royal Shakespeare Company, el Teatro Alexandrinsky de San Petersburgo o el Teatro de las Naciones de Moscú.

“Como la mayoría de mi generación estamos influenciados por la cultura pop estadounidense”, explica sobre sus fuentes de inspiración, “aunque intentamos conservar nuestra lengua y cultura. A veces, durante esta búsqueda, aparece algo nuevo y sorprendente, algo peculiar que solo existe en Rusia. Aunque es muy difícil desarrollar tu trabajo de forma aislada. La dramaturgia española, representada por los autores catalanes que hace poco exhibieron sus obras en Moscú, nos resultaron muy cercanos por sus problemáticas, deseos y esperanzas. Observé al público durante las lecturas y reaccionó del mismo modo que si la trama, en lugar de desarrollarse en la mediterránea Barcelona, lo hiciera en el patio cubierto de nieve del vecino. Creo que el teatro español y catalán tienen un gran futuro en Rusia”.