Moscú mantiene su postura pragmática en Siria

Si bien el presidente Vladimir Putin afirma que “su posición no es respaldar a Assad y su régimen en el poder a cualquier precio”, pocos en Occidente están dispuestos a creerle. Mark Galeotti, profesor de Asuntos Internacionales de la Universidad de Nueva York, intenta responder si los rusos en verdad están desesperados por mantener al líder sirio Bashar al-Assad en el poder.

Dibujado por Aleksei Iorsh

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¿Los rusos están verdaderamente desesperados por mantener al líder sirio Bashar al-Assad en el poder? El presidente Vladimir Putin manifiesta que su “postura no es respaldar a Assad y su régimen a cualquier precio”. Entonces, ¿por qué hay tan pocos en Occidente dispuestos a creerle?

En el pasado mes de diciembre, en su extensa conferencia de prensa,  Putin expresó que, tras 40 años de gobierno de la familia Assad, “la necesidad de un cambio definitivamente está en la agenda”.

En efecto, allá por el año 2011, el entonces presidente Dmitri Medvédev advirtió que le esperaba un “triste destino” al líder sirio, a menos que implementase medidas en pos de reformar su administración y pacificar a su pueblo.

Históricamente, las relaciones sirio-rusas sido cercanas. Damasco ha comprado armas a Rusia y las empresas rusas Stroitransgaz y Tatneft son actores fundamentales del sector energético de Siria. El comercio entre ambos países se incrementó en un 58% en 2011, antes de la actual crisis.

Pero ha sido una relación principalmente pragmática. La posición actual de Rusia es igual de pragmática, en vez de —como muchos creen en Occidente— ideológica, entre ejes autoritarios.

Moscú no actúa tanto por afecto hacia el actual régimen como por el temor de lo que podría venir después de su caída. Las experiencias de Afganistán, Irak y Libia sugieren que resulta mucho más sencillo quebrar estados que construirlos.

Actualmente Afganistán es una cleptocracia titubeante propensa a resquebrajarse entre los caudillos talibanes y del opio una vez que Occidente se retire.  Irak se dirige hacia el autoritarismo y el sectarismo. Mientras que Libia es un lío que los yihadistas están a la espera de explotar.

En ese contexto, la preocupación de Moscú es que la caída del actual régimen sirio conduzca a un período prolongado de anarquía del cual se beneficiarán el extremismo islámico, Irán y Turquía; tres de los principales desafíos para las autoridades rusas en su margen sudoccidental.

El gobierno ruso se niega a creer que los días de Assad estén contados. Cuando el viceministro de Exteriores Mijaíl Bogdanov manifestó que podría ser destituido,  poco tiempo pasó para que se retractara. No obstante, en la práctica parece que sería más acertado preguntarse cuándo y de qué manera se modificará el régimen, y no si eso va a suceder.

Lo que espera Rusia es que dicho cambio sea gradual y controlado. En sus recientes conversaciones con el enviado de la ONU y la Liga Árabe, Lakhdar Brahimi, el ministro del Exterior Serguéi Lavrov expresó que sin “un proceso político estable” Siria se enfrentará a una 'somalización'.

Sin embargo, en la actualidad cualquier acuerdo de ese tipo parece irreal. La oposición siria no está dispuesta a otorgar concesiones, algo que se vio subrayado por el rechazo del líder de la Coalición Nacional Siria, Ahmed Moaz al-Khatib, a viajar a Moscú para mantener conversaciones.

Mientras tanto, a pesar de las presiones de Lavrov, Assad rehúsa la posibilidad de mantener negociaciones significativas. Después de todo, es inevitable que una condición previa a cualquier negociación real sea su partida.

En tal contexto, Moscú está jugando las pocas cartas que le quedan entre manos.

Está enviando navíos al área, aunque no, como algunos sugieren, como parte de algún intento por apoyar a Assad o disuadir a Occidente. Esta flotilla solo cuenta con tres buques de guerra: un crucero misilístico que data de la década de los 80, un antiguo destructor de los 60 y una fragata relativamente moderna, aunque pequeña. ¿Guerreros? Los dos primeros fueron diseñados para atacar a otros barcos, y el tercero, a submarinos, y los rebeldes no cuentan con nada de eso.

Por otra parte, los navíos también incluyen cinco buques de transporte de tropas, casi vacíos, con una pequeña fuerza de infantería de marina. Esta es una flotilla que no está destinada a luchar, sino a evacuar a los miles de rusos de Siria (y, quizás, a la familia Assad), en caso de que sea necesarioDespués de todo, según la gran figura opositora Haitham al-Maleh, los ciudadanos rusos ahora son considerados objetivos legítimos.

Mientras tanto, Rusia se está preparando políticamente para lo peor, mediante la reconstrucción de algunos puentes con Turquía y dando a conocer públicamente sus preocupaciones. En caso de que Siria quede inmersa en el caos y se convierta en una nueva cuna de la yihad, cuando menos Rusia tendrá el magro consuelo de poder decirle a Occidente que se lo advirtió.

Aunque la ayuda final de Rusia a algún tipo de resolución seguiría siendo facilitar la salida de Assad de Damasco. Lavrov ha admitido que Assad “ha dicho una y otra vez, tanto en público como en privado… que no planea dimitir”. Sin embargo, mientras que la mayoría de los dictadores son proclives a la retórica sanguinaria e intransigente, muy pocos en verdad lucharían hasta la muerte si se les presenta una vía de escape.

Si la renuencia moscovita de demonizar a Assad significa, en última instancia, que puede inducir al actual presidente sirio a escapar y permitir que un sucesor intente llegar a algún acuerdo con la oposición, entonces ese será un aporte más valioso para el cambio en Siria que cualquier lote de fusiles de contrabando que entreguen a los rebeldes.

Quizás haya una dacha (casa de verao) acogedora en Barvikha, en las afueras de Moscú, que incluso ahora están preparando para los Assad, cerca de los Milosevics de Serbia y los Akayevs de Kirguizistán…

Mark Galeotti es profesor de Asuntos Internacionales de la Universidad de Nueva York. Su blog en inglés ‘In Moscow's shadows’ puede leerse aquí.