Estadios vacíos, la cruz del deporte ruso

La media de espectadores de la liga rusa es de 12.833 por partido. Fuente: rus.rfpl.org

La media de espectadores de la liga rusa es de 12.833 por partido. Fuente: rus.rfpl.org

La liga rusa de fútbol está creciendo de forma importante desde hace tres, cuatro años gracias al aumento de la inversión, relacionado a su vez con la bonanza económica del país. Se están fichando jugadores extranjeros notables y con ellos aumenta el nivel global de la competición, sin embargo, si nos agarramos a las cifras, el interés de la afición no corre paralelo. La liga promedia esta temporada sólo 12.833 espectadores por partido, menos que la japonesa, la escocesa o hasta que la segunda división alemana.

En la temporada 2007, cuando la inversión de los equipos fue aproximadamente la mitad, la media de espectadores fue de 13.115, algo superior. Se puede decir que la asistencia al fútbol en Rusia se encuentra estancada, y eso que los precios de las entradas son relativamente bajos. En cuanto a clubes, ninguno está entre los 100 primeros de Europa que más espectadores llevan de media al estadio.

El primero es el Kubán de Krasnodar, con una media de 20.000, seguido de cerca por los grandes, Zenit y Spartak. Las comparaciones son odiosas: el Shaktar Donetsk de la vecina Ucrania presenta un promedio de casi 45.000 espectadores.

Las causas son variadas, la más mencionada es la seguridad. El perfil promedio del espectador que acude al estadio sería el de varón, joven y soltero. Son aficionados muy fieles y con cierta predisposición a la violencia.

Pese al generoso despliegue policial que acompaña a cada partido, resulta relativamente habitual leer noticias sobre altercados entre aficiones en las inmediaciones del estadio. No es la mejor publicidad para captar aficionados de otros perfiles, como familias con niños, mujeres o pensionistas. Y si no se diversifica el perfil, el margen de crecimiento es escaso.

Otra causa recurrente de la escasa asistencia es el frío. La media de espectadores baja al ritmo del termómetro. En noviembre y diciembre, en las jornadas previas al parón invernal, el promedio descendió hasta los 9.500, un 23% por debajo de la media.

Aunque parezca mentira en un país como Rusia, los estadios están poco preparados para el frío, ninguno tiene sistema de calefacción, por ejemplo, radiadores en el techo orientados a la tribuna.

Otra queja habitual de la afición, especialmente la veterana, es no poder traerse de casa el termo con té caliente, un clásico en los estadios en tiempos de la URSS pero prohibido desde hace algunos años en base a las normas de seguridad de la UEFA.

Uno puede comprarse un vaso de plástico con té en el bar del estadio, pero es más caro y mucho menos eficiente (pues en seguida se queda frío). Puede parecernos un detalle menor, pero cuando pasas más de dos horas parado a la intemperie en temperaturas bajo cero el té caliente se convierte en tu mejor amigo.

Otro queja habitual son los estadios en sí, generalmente viejos, incómodos y mal equipados en comparación con los estándares europeos. Durante años los clubes prefirieron gastar en fichajes vistosos antes que en infraestructuras, igual o más caras y cuyo rendimiento sólo llega a medio plazo.

El horizonte cambió en diciembre de 2010, con la concesión a Rusia de la organización del Mundial de 2018.  Desde entonces se han puesto en marcha varios proyectos de construcción de nuevos estadios, en un esfuerzo conjunto del estado, los ayuntamientos y los clubes. Cuando termine su construcción el problema quedará resuelto para la ciudades sede. Pero tirar abajo el viejo coliseo y erigir uno nuevo y moderno en el mismo lugar implica en algunos casos un peaje a corto plazo para la afición, obligada al destierro.

Durante años el equipo juega de prestado en un estadio sustituto, lo que supone poco arraigo y sobre todo peor comunicación.

Casos paradigmáticos son los del Dinamo y el CSKA de Moscú, dos de los clubes más importantes del país, que están construyen nuevo coliseo o renuevan el viejo, respectivamente.

Mientras tanto comparten el estadio Jimki, alejado del centro, con el resultado de promedios de asistencia de 11.800 espectadores, indignos para equipos con su masa social.

El Zenit de San Petesburgo, a la espera de que concluyan las obras del nuevo estadio, cuya inauguración estaba prevista para junio de 2008, sigue jugando en el viejo Petrovski (inaugurado en 1925, reformado a comienzos de los 90), con sólo 22.000 asientos, insuficientes en muchos partidos, especialmente los europeos.

El Spartak también está construyendo nuevo estadio propio. Mientras tanto juega como local en el enorme Luzhnikí (80.000 asientos), y aunque congrega una media de 19.000 espectadores, visto por televisión el recinto siempre parece vacío y desangelado.

La media de espectadores de la liga de baloncesto es de 2.200 por partido. Fuente: cskabasket.com

El fútbol, como deporte rey, representa el caso paradigmático, pero la baja asistencia no es una situación exclusiva.

La liga de baloncesto rusa (PBL), una de las más potentes del continente, presentó la temporada pasada una media de asistencia de 2.200 espectadores, lejos de los casi 6.000 de la ACB española, los 3.900 de la LEGA italiana y los 3.800 de la Bundesliga alemana. 

Destaca sobremanera el caso del CSKA de Moscú, quizá la mejor organización de baloncesto de Europa, seguro el máximo presupuesto.

Congrega únicamente 1.657 espectadores de media en sus partidos de liga nacional y liga báltica, cifra a la que seguramente habría que descontar el redondeo al alza que se da en este tipo de recuentos oficiales.

El pasado 2 de diciembre recibió en Moscú al Nizhní Nóvgogrod y sólo acudieron 500 espectadores. De nuevo, las comparaciones son odiosas. El Zalguiris Kaunas de la vecina Lituania lleva 10.331 espectadores de media en los partidos de Liga Báltica (VTB).

Las cifras del CSKA mejoran en Euroliga, donde el equipo juega sus partidos en otro pabellón (Megasports) y alcanza una promedio de 6.404, que de toda formas no representa ni un 50% de la capacidad del recinto. Quizá el problema, además de la pura carencia de masa social de baloncesto, sea la confusión que generan tres competiciones regulares, dos de las cuales se pisan a menudo entre ellas: Liga Báltica y Liga Rusa.

Ese problema no existe en el hockey hielo (segundo deporte nacional tras el fútbol), los equipos rusos participan en una sola competición regular, la Liga Continental (KHL).

Su promedio de asistencia es muy digno para un deporte indoor (5.780 espectadores) y el porcentaje de asientos ocupados en los pabellones es alto.

De todas formas, se trata de un promedio inferior al de otras ligas europeas de menor nivel, como la sueca, la suiza y la alemana. Por otra parte, en Rusia se identifican sensibles diferencias entre la asistencia de clubes según geografía.

Los equipos de provincias presentan mejores cifras (6.245), quizá porque la oferta deportiva es menor allí y existe una importante comunión entre ciudad y equipo. Entre los clubes de Moscú, pese a contar con el campeón Dinamo, la media baja hasta los 4.341 espectadores.Vistos los números y, aunque los matices varían en cada liga, la baja asistencia a los estadios es un problema generalizado del deporte ruso. En muchos casos se está trabajando en la buena dirección para paliarlo, pero hace falta paciencia, habitual enemiga de los gestores deportivos. La sostenibilidad de clubes rusos en la élite continental a largo plazo (las vacas gordas económicas del país algún día pasarán) depende de la fidelización de una masa social acorde. 

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