Lo que el año trece nos depara a nivel global

La magia de las cifras no funciona para todos, si bien al comparar épocas históricas distanciadas entre sí por intervalos circulares de tiempo, siempre se pueden encontrar paralelismos. Sobre todo si se trata del comienzo de un siglo, período en que el mundo suele sumirse en un inestable estado de transición.

Dibujado por Niyaz Karim

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Quienes han vivido en la URSS recuerdan bien que el año 1913 hasta el “socialismo desarrollado” figuraba como punto indicativo de lo lejos que había llegado el país gracias a la administración soviética.

En la década de 1970, por supuesto, la comparación resultaba ya absurda, aunque la fecha en sí no surgió por casualidad. 1913 fue el año en el que el Imperio Ruso llegó a la cumbre de su desarrollo, interrumpido un año después por la Primera Guerra Mundial. A esta le siguieron otras conmociones de las cuales no nos hemos terminado de recuperar a día de hoy. Mientras tanto, la dinastía de los Romanov celebra con pompa el 300º aniversario de su ascenso al trono...

Pero aquel año no solo fue el borde del abismo para Rusia. En los Balcanes ya combatían, a nivel local aún, sin que se implicaran las grandes potencias directamente. Aunque ya se había creado una enorme montaña de chamarasca que amenazaba un gran conflicto, solo faltaba la chispa. La recién creada República China deliraba febril entre asesinatos políticos, revueltas e insurrecciones.

En México el poder cambiaba de manos varias veces al año. En EE UU juraba su cargo Woodrow Wilson, el presidente que pronto sacaría al país al plano global con su decisión de involucrarse en la guerra de Europa, tras lo cual propuso establecer un orden mundial liberal que entonces resultó innecesario tanto para el mundo como para su propio país.

En la víspera de su investidura tuvo lugar en Washington la grandiosa marcha de las sufragistas por la emancipación, la antesala de las encarnizadas luchas del siglo XX por la igualdad. Las tropas estadounidenses al mando del general John J. Pershing contuvieron con crueldad un levantamiento en Filipinas y mataron a más de 2.000 personas.

En París tuvo lugar el Congreso Árabe, cuyos participantes, los nacionalistas árabes, debatieron sobre el futuro en un contexto en que el imperio otomano daba los últimos coletazos.

Mahatma Gandhi, que se convertiría en el sepultador del Imperio Británico y que entonces era letrado en Sudáfrica, comenzó a participar activamente en la lucha por los derechos civiles y encabezó el movimiento de mineros de procedencia india.

En retrospectiva, muchos sucesos parecen providenciales, pero en aquel momento casi nadie podía imaginarse a dónde llevaría todo eso. El Viejo Mundo trataba de hacer oídos sordos a la catástrofe inminente, a pesar de que los nubarrones venían amenazando desde finales del siglo anterior.

También hoy, a las puertas del año 2013, presentimos futuros cambios pero, como siempre, no podemos predecir qué sucesos cambiarán la historia.

El 2013 augura una continuación del restablecimiento árabe, el cual está tomando una forma cada vez más preocupante. Si hace cien años el polvorín se hallaba en los Balcanes, ahora se encuentra en Oriente Próximo.

Continúa la sangrienta guerra intestina en Siria, bajo el ataque directo de Jordania, donde el cambio de gobierno es cada vez más probable; el caso de Palestina está alcanzando un punto en el que ya ni se contempla la perspectiva de una estatalidad real.

Egipto se consolida con el régimen de los Hermanos Musulmanes. Todo lo que está sucediendo se reduce al enfrentamiento de dos ramas del islam: los suníes y los chiíes. También aquí hay un claro paralelismo con los Balcanes, pues los movimientos nacionalista y nacional liberador de esa zona también estuvieron siempre bien sazonados de motivos religiosos.

Sin embargo, Oriente Próximo no será un detonante de una guerra mundial, como lo fueron los Balcanes hace cien años. Lo paradójico es que, a pesar de la amenaza nuclear que presenta la situación de Oriente Próximo, la línea principal de tensión geopolítica no está aquí sino en Asia Oriental y en la región del Pacífico.

Las relaciones entre Estados Unidos y China, las dos mayores potencias mundiales, las cuales se encuentran en un estado de extraña simbiosis (de cooperación política y, cada vez más, militar, en una situación ineludible de codependencia económica y financiera), definirán las posibilidades de estabilidad en el mundo.

Por otra parte, es imposible que haya otra guerra mundial y esto es gracias al armamento nuclear. La mortífera creación del siglo pasado ha obligado a los políticos a plantearse las consecuencias más seriamente que en 1913-1914. Por eso, aunque las amenazas del 2013 son mucho más numerosas y complejas que las de 1913, el mundo ha aprendido alguna lección de la historia del siglo XX.

La erosión de las leyes y el sentimiento de peligro que se respira en el aire son lo que hace tan semejantes la situación mundial de entonces y la actual. Igual que la reticencia a creer que pueda suceder algo irremediable.

Uno de los últimos días de diciembre de 1913, Rainer Maria Rilke escribe a un amigo austríaco desde París: “He aquí la quintaesencia de mis deseos para 1914, 1915, 1916, 1917, etc. Una vida tranquila y apacible con mis seres queridos en un paradero rural”. Entonces quedaban menos de ocho meses hasta la Guerra Mundial, que destruyó la buena vieja Europa. 

FiódorLukiánoveseleditorjefedelarevistaRossiyavglobalnoipolitike(Rusia en la política global),ypresidentedelConsejoPrezidiumenpolíticainterioryexterior.

Artículo publicado originalmente en Global Affairs.

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