Palomitas y gafas de pasta: cine ruso para todos los gustos

Traición, Kirill Serebrennikov. Fuente: kinopoisk.ru

Traición, Kirill Serebrennikov. Fuente: kinopoisk.ru

El cine ruso parece haber retomado su senda. Una generación sólida ha recogido el testigo de sus predecesores. El gran reto en los años venideros es darse a conocer más allá de sus fronteras, no sólo en festivales y eventos específicos. El gran público internacional es el gran objetivo. ¿Puede volverse a poner el cine ruso de moda como ha hecho el cine asiático? Fond Kino organizó en octubre sesiones especiales para distribuidores y agentes internacionales de la industria del cine en Moscú. Es un primer paso para quitarle las etiquetas de cine difícil o demasiado autóctono. Hay vida más allá de Tarkovski. A modo de corte transversal, seleccionamos doce películas del pasado año en las que se incluye todo tipo de géneros y formatos.

1. Traición, Kirill Serebrennikov

Cada nuevo proyecto de Serebrennikov se convierte en un acontecimiento, tanto en el cine como en el teatro. La comedia negra Haciendo de víctima fue su exitoso y aplaudido debut cinematográfico en Roma, la historia de un estudiante treintañero que interpreta el papel de víctima en las reconstrucciones policiales de crímenes.

Después de que Sokúrov se llevara el León de Oro con Fausto en la edición anterior, Traición tuvo el honor de inaugurar el festival de cine de Venecia. Situada en un espacio impreciso, sin nombres propios, en que se nota la fascinación por la arquitectura postsoviética, un hombre pasa un control médico rutinario.

Cuando la mujer que le está haciendo el electrocardiograma le revela que su marido la está engañando con una mujer, que es la esposa del paciente, el aparato registra la reacción instantánea de su corazón…

Serebrennikov peca de cerebral a la hora de dejar respirar a los personajes que, aunque convierten la película en un ejercicio de estilo impecable, no tiene tanto punch como sería deseable en una historia de amour fou. No obstante, la prometedora carrera cinematográfica de Serebrennikov merece estar atento a cada uno de sus títulos.

 

 

2. Desalmado, Roman Prygunov

La adaptación cinematográfica de la ópera prima literaria de Serguéi Minaev, ha sido el gran taquillazo del 2012 en Rusia. Este joven Oneguin disfrazado de exitoso ejecutivo arrastró a los cines a un público con ganas de ver reflejado el sueño de muchos jóvenes rusos, la conquista del estatus. Todo ello aderezado con la socorrida historia romántica del que lo tiene todo, pero no encuentra en ello la felicidad.

Un paseo por la vida desenfrenada de los clubs, las drogas y el desenfreno sexual de un joven moscovita que busca pero que rehúye, al mismo tiempo, el verdadero amor. El escritor Vasili Aksiónov comparó los personajes creados por Minaev con el hombre superfluo del siglo XIX, que no sabe lo que quiere y transita por el mundo con su agonía. Es interesante combinar su visionado con el de Cosmopolis de David Cronenberg, su reflejo americano que se estrenó por las mismas fechas.

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3. Elena, Andréi Zviáguintsev

Producida en 2011, Elena ha sido el gran estreno ruso en las pantallas iberoamericanas de este año. Ganadora del Premio Especial del Jurado en la sección ‘Un certain regard’ de Cannes, Elena devuelve lo mejor de este realizador ruso después de El regreso y la desconcertante El destierro. De corte shakesperiano, Elena narra la lucha de clases en la Rusia contemporánea entre Vladímir, un rico empresario jubilado, y su mujer en segundas nupcias, que da nombre a la película, mediante las opiniones negativas que cada uno tiene de los hijos del otro y las consecuencias que esto puede tener en la herencia del primero. La decisión que toma la sirvienta-esposa, interpretada por Nadezha Markina, es algo así como una relectura contemporánea de Crimen y castigo, a ritmo de Philip Glass, pero sin sentimiento de culpa. Si El regreso deslumbró por su conmovedora cercanía, Elena destila una frialdad no menos chocante. Zviáguintsev sigue rodando los espacios, exteriores e íntimos, con la maestría que lo ha hecho ya célebre en todo el mundo.

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4. En la niebla, Serguéi Loznitsa

Películas como Masacre (ven y mira) de Elem Klimov nos enseñaron que episodios como la Segunda Guerra Mundial dejó a mucha gente con insoportables heridas sin cicatrizar. Loznitsa vuelve a los territorios ocupados de la Unión Soviética a partir de la novela del escritor bielorruso Vasili Bykov, tejida con sus experiencias personales. La película narra la experiencia de la guerra sin filmar batallas, sino las huellas que deja en los habitantes de un pueblo algunos de cuyos ciudadanos colaboraron con el ejército alemán. El inocente Sushenya, un trabajador del ferrocarril, es capturado por los nazis junto a otros miembros de la resistencia que intentan sabotear una línea férrea. Al ser liberado, todo el pueblo sospecha de él, hasta que uno de sus amigos, miembro de la resistencia, recibe la orden de matarlo. En los bosques vírgenes, con una pala en la mano para cavar su propia tumba, empezará su particular Pasión. "La guerra está presente en todo momento, como la niebla en la que se mueven todos los personajes", declaró en la rueda de prensa de presentación en el Festival de Cannes, donde se llevó la Palma de Oro.

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5. Antón está justo aquí, Lyubov Arkus

El crítico de cine Lyubov Arkus siguió durante cuatro años a un adolescente con autismo. Antón está justo aquí es la relación que se crea, paternal y dolorosa, entre director y protagonista, el Otro, que sufre lo que todavía es un estigma en el país eslavo. ¿Qué significa ser autista en Rusia? ¿Qué distancia debe tener la cámara con el sujeto? La historia comenzó cuando Arkus leyó una redacción que había escrito Antón sobre el ser humano, que despertó su curiosidad. Una vez se conocieron, Arkus le siguió por el laberinto de las instituciones, la burocracia y el silencio, ganándose el afecto de Antón y consiguiendo que volviera a escribir.

Arkus y su inseparable operadora de cámara intentarán encontrar un lugar para Antón, mientras su madre soltera lucha contra el cáncer. El niño, sin embargo, acabará en un psiquiátrico donde se hacinan personas sin los cuidados necesarios. Entretanto, la salud de su madre se deteriora hasta el triste final. Todo parece tener un desenlace deprimente. Antón está justo aquí explora el dolor, el sentimiento de culpa y desamparo del círculo próximo a un niño con autismo. La banda sonora de Max Richter es la punzada musical de un retrato demoledor.

 

 

Anton’s Right Here. Special education teacher Mariya Berkovich on autism from Seance Magazine on Vimeo.

 

6. Mañana, Andréi Gryzev

Desde sus primeros trabajos, Gryzev ha dirigido su mirada hacia los problemas sociales en los que el Estado tenía, de algún modo u otro, una presencia palmaria, pero con Mañana intenta ir más allá, tener un diálogo directo con el poder a través del grupo artístico Voiná. Vio una de sus acciones en internet en la que uno de sus miembros, en mayo de 2010, saltaba sobre un coche del servicio secreto que llevaba en el techo la luz azul que obliga a los demás coches a apartarse y luego se dio a la fuga. Si bien entendió la acción como un mensaje claro de cuestionamiento del poder, la factura del vídeo le pareció muy amateur. Así que, después de conocerlos, grabó cada una de sus acciones. Durante ese periodo de tiempo sufrió la vigilancia de los servicios secretos, tanto a él como a su familia. El director pretende con la película dar a conocer cómo opera la policía estatal bajo la supuesta etiqueta de "democrática".

 

 

7. La horda, Andréi Proshkin

Entra en la lista una de las grandes superproducciones del año que, como es ya tradicional en la filmografía rusa en lo tocante a episodios históricos, no contenta a todo el mundo. Y menos cuando a minorías se refiere. La Horda de Oro fue el estado mongol que gobernó entre los siglos XIII y XV parte de las actuales Rusia, Ucrania y Kazajistán, con capital en Sarái Batú. Película interesante para comprobar la factura de las películas taquilleras rusas y para evaluar el papel de la construcción de los estereotipos culturales. Para ello es importante leer los títulos de crédito, donde figura como productora la Enciclopedia Ortodoxa. Los historiadores no quedaron muy contentos, los tártaros aún menos.

 

 

8. Yo también quiero, Alexéi Balabánov

Una vuelta de tuerca a Stalker de Tarkovski. La película es un viaje surrealista a la conquista de la felicidad, un cuento realista de final imprevisible. Una variopinta nómina de personajes se dirige hacia un misterioso campanario de la felicidad, situado en una zona prohibida por los altos niveles de contaminación radiactiva en algún punto entre San Petersburgo y Uglich (se grabó en un campanario abandonado de la región de Tver), en la que el invierno nunca remite. Balabánov ingresó en la primera liga de realizadores con el drama social Hermano (1997), que tuvo como secuela una comedia negra en 2002. Lejos de acomodarse, le han seguido títulos de lo más dispares, experimentando con todo tipo con géneros y temáticas, como De freaks y de hombres (1998) sobre los primeros pornógrafos de la Rusia prerrevolucionaria o Guerra (2002), la historia de unos rehenes en manos de terroristas chechenos.

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9. El tigre blanco, Karén Shajnazárov

La elección de la película que se envía a competición en los premios Oscar para la categoría de mejor película extranjera dice más de los cánones del país que de la propia película. Después de Guerra y paz, Dersú Uzalá, Moscú no cree en lágrimas y Quemado por el sol, la suerte ha sido más bien escasa. En la época postsoviética, además del Oscar a Mijalkov, solo se han podido colar cuatro nominaciones. Aunque estos premios nunca han sido un referente para constatar la salud del cine en un país. Ni siquiera pasó la primera criba las películas de Uchitel, Zviáguintsev o Konchalovsky.

El tigre blanco entra en la lista como representante del floreciente género bélico. Shajnazárov encontró una nueva forma de mirar el peor conflicto bélico de la historia en la novela El tanquista de Ilya Boyashov. Su protagonista sufre mortales quemaduras mortales en un ataque alemán, pero milagrosamente sobrevive con mágicos dones mágicos, como la capacidad de hablar con los tanques. El "tigre blanco" que da nombre a la película es una especie de presencia sobrenatural, un tanque alemán que surge de la nada en plena batalla y arrasa con todo, convirtiéndose en una encarnación del mal y la legitimación de la guerra. El director ha hecho una analogía entre la máquina (de guerra) y el hombre con la mostrada en Moby Dick de Melville entre la ballena (la naturaleza) y el individuo.

 

 

10. Esperando el mar, Bajtiar Judoynázarov

Esta coproducción de Rusia, Bélgica, Francia y Alemania abrió el último festival internacional de cine de Roma. La película es un retrato del ser humano y la explotación de la naturaleza mediante unas imágenes épicas y gloriosas. Judoynázarov peca de ambicioso y desatiende las interpretaciones, pero presenta esta parábola sobrecogedora, más allá del tiempo y del espacio, que nos hace pensar en la reducción paulatina y salinización del mar de Aral. Marat, en otro tiempo un orgulloso capitán de un barco pesquero, sale a la mar desoyendo los avisos de peligro, y acaba perdiendo su barco, a su mujer y la tripulación. Superviviente milagroso de la catástrofe, se obsesiona con la idea de volver a su pueblo natal, que ahora se encuentra en lo que antes era el fondo del mar, junto a su barco hundido. Cree que si consigue reflotar de nuevo el barco, recuperará todo lo perdido. Una épica existencialista que recuerda los delirios de Fitzcarraldo de Herzog.

 

 

11. Vivir, Vasili Sigarev

Los rusos pasan por ser capaces de hacer de las condiciones más extremas refinadas obras de arte. El cine ruso, además, tiene la facilidad, por las posibilidades del enorme país, de crear situaciones "remotas" que parecen universales. Vivir gira en torno a varios personajes que viven la miseria en primera persona en una ciudad de provincia cualquiera. Todos ellos tiene que pasar por la experiencia de la muerte de un ser querido y la dura realidad de seguir viviendo sin él. Sigarev se pregunta por la relación de los rusos con la muerte en la actualidad. "La experiencia es la misma en cualquier tiempo histórico, pero esa relación es la que ha cambiado y en eso me he centrado", declaró el director, que compagina la dirección detrás de la cámara con el teatro. Internacionalmente, es conocido por sus textos teatrales Plastilina o Leche negra.

 

 

12. Esto es lo que me pasa, Víctor Shamirov

Película sin historia puesta al servicio de la música de Mikael Tariverdiev, uno de los más eminentes compositores del cine soviético, con más de 130 títulos. Esto es lo que me pasa se inspira en la célebre Ironía del destino, cuya música también compuso Tariverdiev. El título es el primer verso de un poema de Yevgueni Yevtushenko sobre las consecuencias de una mala decisión.

El último día del año, Moscú se convierte en un gran embotellamiento. En estas circunstancias se suceden conversaciones, reflexiones, sueños. Lo que sucedió en el pasado y lo que es el ahora. Una visión lírica del ajetreo de la ciudad y los recuerdos de un tiempo en el que una película como Ironía del destino podía alegrar el fin de año y mantener las esperanzas para el siguiente.