Cómo solucionar los problemas geopolíticos utilizando a los niños huérfanos

Autor: Serguéi Yolkin.

Autor: Serguéi Yolkin.

A finales de 2012 las relaciones ruso-estadounidenses están pasando por una etapa sorprendente. Desde el punto de vista de los intereses pragmáticos todo transcurre prósperamente.

Ni las tiranteces sobre el problema sirio ni, en general, las debidas a los acontecimientos en Oriente Próximo, así como las diferencias en lo que respecta a la defensa anti-misiles o las disputas por la ya mítica ampliación de la OTAN, forman parte de las desaveniencias fundamentales entre estos dos países.

Allí donde las relaciones bilaterales peligran por un tema verdaderamente importante para uno de los dos socios, como por ejemplo, el tránsito afgano, tanto Washington como Moscú actúan con cautela, intentando evitar asperezas.

Además, en la eterna cuestión de la democracia y de los derechos humanos, la administración de Barack Obama se está comportando de forma mucho más contenida de lo que suele hacer el gobierno estadounidense, teniendo en cuenta los recientes cambios en la política interior rusa.

Incluso la archiconocida “ley Magnitski” fue aprobada no tal y como proponían sus iniciadores en un principio, sino como relevo de las enmiendas de Jackson-Vanik, que durante mucho tiempo (y con razón) habían causado enconadas reacciones en Moscú.¿De dónde sale la exaltación antinorteamericana que estalló un par de semanas después de que el gobierno ruso felicitara con tanto alivio a Obama por su victoria en las elecciones?

Parece ser que la decisión de responder a la “ley Magnitski” no de manera análoga, sino utilizando un tema de la mayor sensibilidad, con una gran dosis de chovinismo, se debe al deseo del Kremlin de poner fin de una vez para siempre al uso por parte de los Estados Unidos de los asuntos internos rusos en el plano internacional.

Vladímir Putin siempre ha preferido un enfoque más clásico de las relaciones internacionales. Para él, el principio de la soberanía de un estado no se puede poner en duda, ya que esto, además de tener otras consecuencias negativas, lleva a la desestabilización del sistema.  Eliminar los límites que separan lo interno y lo externo socava la estabilidad estructural del mundo.

Según la opinión del presidente ruso, todos los acontecimientos del siglo XXI demuestran lo nefasto del liberalismo, que se basa en la universalidad de los derechos humanos y, en consecuencia, en el derecho a interferir en los asuntos internos ajenos en nombre de la defensa de dichos derechos.

Los Estados Unidos son la encarnación de esta forma de pensar. Gracias a su filosofía política y a su autoidentificación como sistema social de referencia, consideran posible y necesario juzgar la situación de otros países, declarar sentencias y en ocasiones llevarlas a la práctica mediante acciones militares.

Moscú ha reaccionado de varias maneras en distintos periodos a esta inalterable cualidad de los Estados Unidos. La Unión Soviética ya la rechazó en su momento, ofreciendo su propia versión del comportamiento correcto. La Rusia de los años 90 reconocía de facto que los Estados Unidos figuraban como mentor y árbitro, aunque nunca estuvo de acuerdo con ello. La Rusia de los 2000 protagonizó drásticas polémicas con Estados Unidos por estas cuestiones, rechazando las críticas e insistiendo en que cada país define por sí mismo su propia trayectoria hacia el objetivo democrático.

La Rusia de la década de 2010 todavía no ha llegado a subrayar este objetivo y se niega categóricamente a ver en Estados Unidos un estado con ninguna justificación para exportar su modelo.

La decisión de responder a la “ley Magnitski” está llamada a demostrar que la política interna debería ser retirada en su totalidad del marco de la discusión interestatal.

Hay dos razones para esta rigidez. La primera es que Putin entiende el mundo como algo extremadamente peligroso e impredecible. Según el presidente ruso, la política de los grandes países, especialmente la de los Estados Unidos, que contribuye a interferir a voluntad en todas partes de forma imprevisible, es o bien malintencionada, o bien imprudente. Y opina que a estos países hay que ponerlos en su sitio.

La segunda razón son los cambios que ha habido en América. La sensación de que el país no es ya indiscutiblemente una potencia hegemónica es cada vez mayor. Estados Unidos tendrá que confiar sobre todo no en aquellos que mentalmente están más cerca, sino en aquellos que pueden aportarle algo. Rusia, sea como sea, está situada de manera que los Estados Unidos no pueden solucionar los problemas sin su cooperación.

Putin siente los cambios en Estados Unidos y tiene la intención de aprovecharlos para cambiar el modelo de las relaciones. Estamos dispuestos a colaborar, pero en calidad de iguales y sin el menor intento de interferir de modo alguno en nuestros procesos internos.

Por esta razón, el tránsito afgano es una cuestión intocable, se pongan como se pongan los comunistas o los poderosos, y todo lo relacionado con los asuntos rusos está fuera del alcance de nadie más.

En su valoración sobre la situación de EE UU, e incluso sobre la situación mundial, Putin está muy cerca de lo que ocurre en realidad. Sin embargo, rechazando deliberadamente cualquier componente moral (aunque precisamente en el último mensaje de Putin el tema de la moral y los valores recibió un protagonismo especialmente extenso), el gobierno ruso se encuentra en una situación incómoda.

La imagen de un país que como venganza política especula con niños huérfanos es peor que la imagen de país agresor que Rusia se ganó por la guerra contra Georgia.

Esta actual exacerbación no conducirá a ningún enfriamiento profundo de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, ya que, objetivamente, el conflicto es hoy en día mucho menos grave, y las diferencias de mentalidad tampoco son ninguna novedad. En este contexto sólo hay un problema: el Kremlin no busca allí fuentes de amenaza para el futuro del país, un futuro sobre el que el presidente habla mucho últimamente. Entretenido en equiparar su estatus al de Estados Unidos, el gobierno ruso sacrifica otras cosas mucho más importantes, como el estado moral de la sociedad y de su clase dirigente. Y detener esto es bastante más complejo que la paridad de soberanía con los Estados Unidos.

Artículo publicado originalmente en Global Affairs.

Todos los derechos reservados por Rossíiskaia Gazeta.

Más historias fascinantes en la página de Facebook de Russia Beyond.

Esta página web utiliza cookies. Haz click aquí para más información.

Aceptar cookies