A unos 1.000 millones de años del fin del mundo

Algunos esperan impacientes el próximo fin del mundo. Al parecer, hay muchas personas preocupadas por cómo vivir la anticipación del final: el mes, la semana, el día, el minuto. Uno de los mejores retratistas de esta psicología apocalítica ha sido Lars Von Trier, con su película, 'Melancolía'.


Dibujado por Niyaz Karim

Haz click en la imagen para aumentarla

Sobre el fin del mundo, que esperan con histeria para el 21 de diciembre tontos de todos los países y pueblos, tuve noticias por primera vez de primera mano en la atrofiada selva de Yucatán. 

Durante la dura subida a la pirámide escalonada, contemplé el paisaje monótono, cuya parte más pintoresca era un grupo variopinto de newagers de California, situado arriba del todo. Con la afabilidad característica de los necios, me explicaron que el baktun trece, que comenzó 11 de agosto del año 3114 a. C., está llegando a su fin y que el mundo morirá y no iba a celebrar estas Navidades. El guía mexicano, con el corazón ligero, corroboró sus cálculos. 

“No es la primera vez, - dijo con amargura. “Después del diluvio, los hombres se convirtieron en peces; después del huracán, en monos; tras el incendio, en aves y pavos; y ahora el mundo va a ser exterminado por una lluvia sangrienta”. 

“En qué nos vamos a convertir esta vez?”, pregunté. 

“Esta vez en nada... “, el guía se encogió de hombros y emprendió las escaleras hacia abajo capitaneando el grupo. 

Yo no creí en el calendario maya, porque esto me interesa incluso menos que el fútbol. Además, siempre me ha parecido que un desastre total sería una salida demasiado fácil: en el mundo, la muerte es roja. 

En Estados Unidos, sin embargo, casi nadie comparte mi pesimismo, y miles de mojigatos esperan con impaciencia el fin del mundo. En el Sur, donde la fe es más fuerte, se puede leer sobre ello en los parachoques de los automóviles: "En el caso de un segundo advenimiento, este coche se quedará sin conductor." 

Aquí, en Nueva York, esperamos del mismo modo la muerte del rabino ultraortodoxo Schneerson. Su vida rozó la mía, cuando los jasidistas me contrataron para publicar la traducción al ruso de las memorias de Schneerson. 

A partir del manuscrito, me enteré de que el rabino había estudiado construcción naval en la escuela náutica de Leningrado, se había sentado a hablar con la OGPU y conversado con Sartre en París. En Brooklyn, muchos lo consideraban el Mesías y que no creyeron que muriera para siempre. 

Yuri Guendler, que sirvió en Mordovia, dijo que en el campamento no hay mayor insulto que reprochar las expectativas no cumplidas.

Lo de que el mundo no se acaba, cuando se está a la espera de ello, no significa que nunca vaya a suceder. Incluso sabemos exactamente cómo sucederá: el Sol derretirá la Tierra. 

Y aquellos que no puedan esperar miles de millones de años, si no sucede mañana, pueden saber qué pasará a partir de la mejor película de temática apocalíptica. Me refiero a Melancolía, un largometraje en el que Lars von Trier ofrece psicología del Apocalipsis.

 Un asteroide vuela en dirección a la Tierra. La protagonista, Justine, maldecida con el don de la profecía, sabe que ha llegado el fin. La revelación no viene a ella de repente, sino por partes, pero al final se convence de lo inevitable y trata de combinar su inusitado conocimiento con otro evento muy cotidiano: su boda. Pero no lo consigue.

El trabajo y el amor, los regalos y su carrera, la fiesta y el sexo, el pastel y el coñac no tienen sentido ni sabor. No podemos vivir un momento único, solo tomárselo prestado al futuro, y no lo hay. 

Justine sabe que al jardín no le dará tiempo a crecer; ni al hombre, de convertirse en marido; ni al matrimonio, en una familia; ni al trabajo, en una carrera. 

Lo sabe todo a ciencia cierta, aunque los profetas no lleguen al conocimiento pues lo reciben, como una impresión o maldición eterna. El problema es cómo vivir la anticipación del final: el mes, la semana, el día, el minuto. 

Claire, la hermana de la heroína, se comporta como a todos nos gustaría. Se prepara para la solemne celebración del funeral: vino, velas, la 9 ª sinfonía de Beethoven –a  pesar de que, como todos recuerdan, es un canto a la alegría. Pero no hay nada para ser feliz, y para Justine es peor que para el resto: como todos los profetas, ella sabe que sucederá, pero lo más importante es que sabe también qué no va a suceder. 

Cada apocalipsis está lleno de gracia: no sólo castiga a los pecadores, sino que salva a los justos; no sólo destruye templos, sino también el nuevo Jerusalén; no sólo derrota el tiempo, sino la eternidad triunfante. El juicio es severo, pero justo: separa las ovejas de las cabras. Sin embargo, para Von Trier, tal juicio no es tan terrible. 

Extraterrestres de todos modos. Para él, estamos con todo nuestro bien, nuestro mal y nuestro Beethoven. No somos mejores que los dinosaurios. El universo es indiferente a nuestra vida, porque ella misma se ha privado de ella. 

La mente – abierta de manera profética en Justine, - es una excepción, única, y por lo tanto supone una fluctuación única, que surgió por casualidad y desaparecerá por accidente y sin dejar rastro, por algún motivo que nadie ha podido descubrir todavía.

Bien, ¿y ahora qué hacemos con este ya desesperado conocimiento? 

Von Trier se sitúa, siguiendo a Dostoievski, a la salida, recordando las lágrimas de un niño inocente. La heroína tiene un sobrino que no puede ser salvado, pero sí distraído. 

Aquí, en este engaño, pasan los últimos minutos de la historia de la tierra. Justine construye una choza en un claro, diciéndole al niño que les protegería de la cercana Melancolía. Ya ocupa la mitad del cielo y la tienda de campaña es de ramas de abedul. Es divertido. Y terrible, y honesto. 

Newton no les salva, Beethoven no les ayuda, no hay inmortalidad ni tampoco esperanza; pero la frágil choza hecha de ramas de las curvas cumple su función: conforta y consuela al pequeño se siente. Es mentira y dura un momento, pero es arte, y esto no es poco. 

Alexánder Guenis es un escritor y columnistas ruso-norteamericano para el periódico 'Izvestia'.

Todos los derechos reservados por Rossíiskaia Gazeta.

Más historias fascinantes en la página de Facebook de Russia Beyond.

Esta página web utiliza cookies. Haz click aquí para más información.

Aceptar cookies