Rusia ante la Conferencia de Doha sobre cambio climático

Se reunirán 200 países para solucionar el problema de cambio climático. Fuente: NASA / Press Photo

Se reunirán 200 países para solucionar el problema de cambio climático. Fuente: NASA / Press Photo

Qatar alberga desde hoy una cumbre histórica. La renovación del Protocolo de Kyoto, que concluye este año, y la definición de un acuerdo mundial para 2015 estarán sobre la mesa en un contexto marcado por evidencias dramáticas. Rusia llega, con muchos matices, con los deberes hechos, pero es un mar de dudas. Partidarios y opositores a prorrogar Kyoto compiten por ganar la pugna. Lo que suceda en Rusia podría marcar lo que pase en la Cumbre.

Hoy comienza en Doha, Qatar, la décimo octava Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático. El país árabe reunirá durante dos semanas, hasta el 7 de Diciembre, a 200 países con el fin de encontrar soluciones conjuntas al cambio climático.

Una cumbre histórica

Para bien o para mal, la Cumbre de Doha está llamada a ser histórica. Primero, porque nunca la necesidad de hacer algo fue tan imperiosa. Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) han seguido creciendo, y su concentración en la atmósfera, acumulándose.

Según la Organización Meteorológica Mundial, el año pasado se batieron todos los registros. Si las emisiones no se recortan de manera inmediata y drástica, la Tierra podría calentarse hasta 4 grados centígrados para el final del siglo, muy por encima del límite de 2 grados considerado como peligroso. Los efectos ya se están notando.

La Cumbre también es particularmente importante por el calendario. Con ella llega a su fin el Protocolo de Kyoto, el único marco internacional existente para regular, aunque muy parcialmente,  las emisiones mundiales de GEI.

Adoptado en 1997, y en vigor desde 2005, el Protocolo expira el 31 de diciembre de este año. Si Doha falla, no habrá ningún acuerdo internacional de mitigación vinculante al que hacer seguimiento hasta 2020.

Además, Doha debe avanzar en la definición de las reglas del acuerdo que debe ser firmado para 2015 y entrar en vigor en 2020 por parte de todos los países, incluidos los grandes emisores, como EE UU y China, que no ratificaron o firmaron Kyoto y los que ahora se salgan.

En tercer lugar, y no menos importante, se abordarán asuntos como el establecimiento y la operación de fondos para financiar estrategias de adaptación en los países en desarrollo y compensar la conservación de los bosques.

La Cumbre es finalmente importante porque existe la impresión de que esta vez quizá sí se puede avanzar algo. La COP celebrada en Copenhague en 2009, tal vez la que generó más esperanza, sembró dudas sobre los objetivos y el proceso mismo de establecerlos.

En 2010, en Cancún, México, y el año pasado en Durban, Sudáfrica, los países se lamieron las heridas. Recuperada parcialmente la confianza, con menores expectativas, pero más presionados por el paso del tiempo, los países deben coger el toro por los cuernos.

El peso de Rusia

En Doha, la Federación estará bajo los focos. Primero, por su mayúscula contribución histórica, una responsabilidad que no se salda con los compromisos del primer periodo de Kyoto. Rusia honrará holgadamente su promesa de 2004 de que sus emisiones no superen este año las de la época soviética. Según datos de la ONU, en 2010 sus emisiones eran un 35% más pequeñas que hace 20 años.

El dato es positivo. Pero tiene truco. Primero, porque siguen siendo altas. En 2010, obviando cambios en el uso del suelo, Rusia era el cuarto mayor emisor de GEI del mundo.

Solo China, EE UU e India emitían más. Sus emisiones por la quema de combustibles fósiles eran mayores que todas las de América Latina. Una pequeña variación de sus emisiones tiene efectos mayúsculos.

Segundo, porque la meta era poco ambiciosa. Muchos países asumieron el compromiso no de mantener, sino de reducir las emisiones. Alemania se comprometió a contraerlas un 21%; el Reino Unido, un 12,5%.

Tercero, porque la razón principal de la reducción de emisiones no ha sido una política más verde, sino el declive y re-estructuración económica, acompañado, eso sí, de la introducción de infraestructuras más eficientes y el impulso del gas y la energía nuclear, una noticia no tan buena.

Si las políticas de eficiencia energética y renovables se aplican tímidamente, y el PIB crece al 6% anual al que aspira el país, las emisiones de GEI crecerían un 40% para el 2030. Si quisiera reducir su intensidad en carbono, la más alta del G20, podría, en cambio, ser un actor importantísimo.

Rusia estará también bajo los focos por estarlo en el pasado. Su participación en Kyoto le reporta la mirada de todos. Haga lo que haga, su decisión se mirará con lupa. Y finalmente están sus propios intereses. Son tantos y variados que la Federación parece estar hecha un lío.

La posición de Rusia

Hace un año, en la COP celebrada en Durban el gobierno ruso anunció, junto a Japón y Canadá, que no iba a renovar el Protocolo de Kyoto. El argumento era que un segundo periodo carecía de sentido si no incluía compromisos vinculantes de los mayores emisores que, con miras a 2015 y 2020, no se moverán de su rechazo a comprometerse con Kyoto.

Algunos de los partidarios de no firmar, como el asesor presidencial sobre cambio climático, Alexánder Bedritsky, invitan, a cambio, a fijar un compromiso nacional relativamente ambicioso, establecer planes para su cumplimiento y crear un mercado doméstico de carbono.

 Pero hace un par de meses empezaron cobrar fuerza voces en el otro sentido. Empresarios, financieros y algunos oficiales del gobierno defienden suscribir el segundo periodo de Kyoto.

 La razón no es social ni ecológica, sino económica: gracias al generoso límite suscrito, Rusia ha venido acumulando derechos de emisión que se pueden transar en el mercado. Los 6.000 millones de toneladas de carbono acumuladas podrían tener un valor de varias decenas de millones de euros. El abandono de Kyoto dejaría a la Federación fuera de un mercado potencialmente muy lucrativo.

 El asunto, en cualquier caso, tiene miga. Los partidarios de que Rusia renueve Kyoto quieren compromisos nacionales vagos, que no hagan mella en la contaminante industria del país. Si la exigencia es alta, seguirá habiendo un ahorro acumulado, pero se reducirá el margen y las industrias tendrán que hacer esfuerzos serios y, aunque sensatos, costosos para reducir sus emisiones.

 Para muchos expertos, Moscú debería comprometerse a que sus emisiones en 2020 sean al menos un 25% más bajas que en 1990, promesa esbozada en foros internacionales, pero debatida todavía internamente.

 Así que la posición de Rusia es un rompecabezas. O más bien, una guerra abierta. Nadie sabe todavía bien qué pasará.

 ¿De qué lado terminará por inclinarse la balanza? Medvéved de momento solo apunta que hay dudas.

 La discusión rusa no es baladí para el mundo. Su ratificación hizo que Kyoto entrara en vigor en 2005. En las cumbres sobre el clima importa, y mucho, el clima de la negociación. Aunque hay cartas marcadas, el juego se encarga de mezclarlas de nuevo. Puede crearse una espiral negativa, o emerger un espíritu de confianza y colaboración recíproca.

 La incertidumbre es grande; el margen, pequeño. Entre proyecciones trágicas y escenarios idílicos, hay alternativa: comprometerse con estrategias factibles de desarrollo sostenible que multipliquen los beneficios nacionales e internacionales en el corto, medio y largo plazo. En Doha, Qatar, es ese el desafío.

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