Una infancia de perros

El Teatre Lliure estrena ‘Ivan i els gossos’. El Moscú de los 90 a través de los ojos de un niño de la calle. Fuente: Ros Ribas

El Teatre Lliure estrena ‘Ivan i els gossos’. El Moscú de los 90 a través de los ojos de un niño de la calle. Fuente: Ros Ribas

Hubo un tiempo en el que los niños abandonados eran parte del paisaje habitual de Moscú o San Petersburgo. Solos o en pandilla, esnifando cola o pidiendo dinero. Los habían dejado a merced de la despiadada ley de la calle o se habían escapado porque cualquier cosa era mejor que el infierno doméstico. O al menos eso creían. De este fenómeno hace tan solo dos décadas. Y el teatro nos habla de una de esas historias, la de Iván Mishukov.

Lo que sigue no es ficción. Iván escapó de su madre alcohólica y de su violento padrastro por voluntad propia. Con sólo cuatro años entendía ya que aquello era lo menos parecido a un cuento infantil. Decenas de miles de niños compartían las calles y las estaciones de metro con perros abandonados o salvajes.

El desmoronamiento de la Unión Soviética había expulsado a la cuneta a los más débiles, pero las circunstancias quisieron unir el desamparo infantil con los animales repudiados.

Iván, durante dos años, supo sortear tres peligros: el frío, la droga y los abusos de la calle. Y fue gracias a un grupo de perros callejeros con los que en un primer momento compartió la escasa comida y junto a los que se quedó a vivir luego dos años.

“Y… se había acabado todo el dinero y no quedaba nada para comprar comida… Madres y padres no podían alimentar a sus hijos animales. Madres y padres lo intentaron todo para conseguir dinero, para comprar comida, pero fue en balde, porque todo el dinero se había ido. Así que madres y padres trataron de encontrar cosas de las que pudieran desprenderse, cosas que comieran, cosas que bebieran o cosas que necesitaran calentarse. Hurgaron en sus apartamentos en busca de esas cosas. Los perros fueron los primeros”.

En agradecimiento, aquellos canes le ofrecieron lo que los adultos no le habían dado: protección y lealtad. En tres ocasiones la policía intentó sacarle de las calles, pero los perros siempre acudían en su ayuda. Y no sólo contra la policía.

Cuando las autoridades llevaron a Iván ante los servicios sociales se dieron cuenta de que lo mejor que le había pasado al chaval era haberse encontrado con aquellos perros. Sólo el hombre es un lobo para el hombre.

Lo que le sucedió a Mishukov, el niño salvaje de Moscú, dio la vuelta al mundo. La imagen exterior de la Rusia de Yeltsin era la del ‘sálvese quien pueda’. Expolio, devaluación y fractura social.

Iván, gracias a haber pasado la primera fase de su desarrollo con sus padres, pudo reincorporarse a la escuela y seguir una vida relativamente normal. Lo cual ni mucho menos era frecuente. Se dijo que, por las noches, soñaba con perros.

Iván, metáfora de los tiempos de penuria postsoviética, ha inspirado varias obras literarias. Eva Hornung publicó la novela Dog Boy en 2010, con la que ganó el Prime Minister’s Literary Award, el mejor dotado de Australia (traducido en España como El niño perro).

En ella se adentró en el sorprendente territorio que comparten hombres y animales. Romochka, el nombre literario del personaje, aprovechará la capacidad de adaptación demostrada en el tiempo que convivió con una manada de perros para volver a la sociedad.

Un año antes, la inglesa Hattie Naylor hizo una versión de los hechos para una versión radiofónica de la BBC, Ivan and the Dogs, merecedora del premio Tinniswood al mejor texto dramático original. La potencia de la obra la encaramó a los escenarios londinenses y al año siguiente quedó finalista de los galardones Olivier de teatro.

Este texto, traducido ya a ocho lenguas, es el que se estrenó ayer en el Teatre Lliure de Barcelona, que inaugura el ciclo ‘Memoria europea’, al que le acompañan textos de Georg Büchner, Peter Weiss o August Strindberg.

El director de Ivan i els gossos, la versión catalana, es Pau Carrió, que el año pasado dirigió en el mismo teatro una lectura de la correspondencia entre Antón Chéjov y Olga Knipper. 

Al otro lado del teléfono reconoce su satisfacción. “Anteayer hicimos un ensayo general con público y la respuesta nos ha desbordado”. La obra de Naylor, comentamos, llega en un momento muy oportuno al teatro barcelonés: varias organizaciones han alertado del riesgo de exclusión y pobreza al que se están enfrentando muchos niños españoles debido a la crisis económica.

“Es un texto que ya había leído hace un año y medio. Se lo pasé a Lluís Pasqual [director del Teatre Lliure] y le encantó. Si no se hubiera organizado este ciclo, lo habríamos programado igualmente”.

Recordamos también Los niños de la estación de Leningradksy, el documental de Hanna Polar y Andrej Celinski que retrataba la cruda realidad de los cien mil niños que cada año abandonaban sus hogares para vivir en las calles de Moscú.

Ivan i els gossos es un monólogo interpretado por Pol López, “un actor muy especial que ha sabido trabajar desde una sensibilidad muy auténtica, sin filtros.

Para un personaje como el de Iván, en el que debe ponerse en la piel de un niño que experimenta, en los primeros compases de su vida, una sociedad tan decadente, necesitaba a alguien muy especial”.

Esta adaptación teatral de la versión radiofónica no pretende ser una ilustración del texto original. El espacio sonoro –voces en ruso, sonidos de las calles de Moscú, ladridos, ruido de fábricas– pone el contrapunto a un monólogo que, si bien se sitúa en un contexto muy específico, se lee en toda su atemporalidad, pues todo país y toda época tiene sus ivanes.

“De alguna manera nos habla de nuestra animalidad, de la solidaridad perdida entre los hombres, de la especie, que desaparece en tiempos de crisis profunda”.

Teatre Lliure de Barcelona – Gracia.

Ivan i els gossos – Cicle Memòria Europea.

Del 21 al 25 de noviembre.

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