El “Tíbet ruso” se abre al mundo exterior

En nuestro mundo implacablemente interconectado, quienes visitan la remota república rusa del Altái pueden muy bien haber descubierto el colmo del lujo: vivir por unos días sin correo electrónico o teléfono móvil. En un reciente viaje al Altái, desconecté de mi oficina y de cualquier otra cosa que no pudiese ver con mis propios ojos. Gocé del placer de contemplar el silencio de los bosques de cedro, la elegancia del caballo salvaje galopando por la pradera alpina y la belleza de los ríos que nacen de los glaciares y atajan por entre las escarpadas montañas de la república.

Perdida durante siglos en la grieta montañosa que se hiende entre Kazajstán, China y Mongolia, Altái  presenta la cima más alta de Siberia: el monte Beluja. Para algunos visitantes budistas, las cumbres gemelas, espolvoreadas de blanco, de Beluja forman la puerta a Shambhala, una mítica “Tierra pura” de paz, tranquilidad y felicidad.

Con picos de 4.500 metros de altura y fondísimos valles, Altái siempre había supuesto el final del camino. Al ser absorbidas por la Rusia zarista hace 250 años para definir una frontera imperial con China, las gentes de las montañas del Altái fueron esencialmente abandonadas


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A día de hoy, la república es, de entre las 83 regiones de Rusia, una de las únicas cuatro o cinco en las que el ferrocarril no ha entrado nunca.

Pero el aislamiento del “Tíbet ruso” llegó a su fin este año, cuando los ingenieros terminaron el desdoblamiento de la autopista del aeropuerto de Gorno Altaisk, capital de la República, con 60,000 habitantes.

En junio, la compañía S7 Airlines inauguraba los primeros vuelos directos desde Moscú.

En tierra, los obreros han acabado de pavimentar Chuisky Track, una carretera de 600 kilómetros. Ahora, una fina cinta de asfalto recorre el camino desde la capital hasta la frontera internacional con Mongolia. En el momento en que se adentra en Mongolia, ésta se convierte inmediatamente en un escabroso sendero de trial.

La principal carretera asfaltada de la república se abre camino por entre las accidentadas montañas de Altái-Sayan. En turco y en mongol, Al-tái significa “montañas doradas”. A mediados de septiembre, los alerces explotan cual bengalas fluorescentes contra el telón de fondo verde oscuro de los cedros.

Un lugar Patrimonio de la Humanidad

Las montañas doradas son ahora uno de los nueve enclaves naturales de Rusia que forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Estas elevaciones son hogar del argalí, una especie de carnero. Pueden pesar hasta 180 kilos, contando su rizada cornamenta, que puede alcanzar los 28 kilos de peso.

En lo más alto de la cadena alimenticia está el leopardo de las nieves.

Bien adaptado a su hogar de gran altitud, el leopardo de las nieves ha desarrollado anchas zarpas y un espeso pelaje que le permite caminar por la nieve.

Estas criaturas sigilosas y solitarias son los reyes del camuflaje. Matan a su presa de un solo y decisivo mordisco en el cuello.

El argalí y el leopardo de las nieves habitan la cumbre del mundo, un universo de altas latitudes que forma un círculo en forma de media luna masiva, desde el sur del Altái, cerrándose hacia el este, hasta el Himalaya y el Tíbet. Ambos mamíferos son especies en peligro de extinción.

En el Altái, puede que tengan una oportunidad de luchar por la supervivencia.

Los parques llenan aproximadamente un cuarto de república, gran parte de las zonas forestales montañosas. La República de Altái tiene la superficie de Hungría, pero con sólo 206.000 habitantes (un 2% de la población húngara).

En enero de 2009, un grupo de políticos de Moscú y locales alquilaron un helicóptero y volaron hacia las montañas para cazar argalís desde el aire. Uno de los “cazadores”, posiblemente ebrio, falló un disparo que dio contra el rotor.

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El helicóptero se estrelló en el corazón de una reserva natural salvaje.

El equipo de rescate encontró dos argalís recién asesinados, así como los cuerpos de siete “cazadores”. Entre ellos estaba el cadáver del presidente del Comité para la Protección de la Fauna de Altái, el enviado para la Duma del Kremlin y otro alto cargo de la administración presidencial rusa.

Los tres pasajeros supervivientes se salvaron de los cargos de caza furtiva de especies amenazadas culpando a sus difuntos compañeros. Presuntamente, se los habrían llevado a bordo para que ejercieran de contrapeso moral.

El comportamiento demostrado en esa juerga de caza fue tan zafio, y el escándalo local, nacional e internacional tan enorme, que uno pensaría que ahora es difícil alquilar helicópteros en el pequeño mundo del Altái, siendo un cazador ilegal.

La indignación local con los cazadores furtivos puso de relieve una lenta ola de cambio en la república.

Nuevas alternativas económicas

Los habitantes ven cada vez más claro que su futuro económico va ligado al mercado del ecoturismo (a mi vuelta a Moscú, me sorprendió descubrir que dos prósperos amigos expatriados, ninguno de ellos un new ager buscador de Shambhala, habían viajado al Altái hacía poco tiempo para estar en contacto con la naturaleza).

Hay también un cambio demográfico en marcha.

Bajo el régimen de Stalin, Altái, como muchos puntos distantes del imperio soviético, fue un 'vertedero' de exiliados internos. Voluntaria o involuntariamente, los rusos transferidos emprendieron el papel de colonos.

En el censo de 1939, los nativos del Altái, así como de otros pueblos indígenas, sólo representaban el 29% de la población.

Pero el censo de 2010 muestra que el tamaño de la población de etnia rusa de la República se ha mantenido constante desde 1939, en 115,000 personas. Mientras que, al mismo tiempo, las minorías del Altái y otros grupos de habla turca ahora suman el 44% de la población. Para 2020, se puede esperar que las minorías del Altái sean ya mayoría.

En los pueblos de montaña se percibe también un renacimiento cultural propio. En dos altos en el camino, mis compañeros de viaje y yo fuimos entretenidos por cantantes a capella, bardos tradicionales de poesía épica.  Así como en la vecina Mongolia, los cantantes a capella han vuelto a ganar popularidad y reconocimiento social en la era postsoviética.

A través de programas apoyados por WWF y la Citi Foundation,  los habitantes de los pueblos abren sus casas a los turistas y les reciben con tazones de leche de yegua, les ofrecen excursiones a caballo por el monte y les venden souvenirs artesanos realizados con fieltro enmarañado a partir de la lana de las ovejas locales. Entre nuestra expedición, triunfaron los juguetes de leopardo de fieltro.

En las carreteras de montaña, se observa el resurgimiento del Ak Jang, la fe blanca. Reprimido primero por los zares y después por los soviéticos, este sistema de creencias chamánicas ha sido relacionado en el siglo XX con la identidad popular del Altái. La fe blanca gira entorno a la naturaleza, las montañas, las fuentes, el cielo, el fuego y los antepasados, y ha aumentado su popularidad en los veinte años que han seguido al colapso de la URSS.

El jueves por la tarde, en un área de servicio sobre uno de los 7.000 lagos de la república, nos encontramos con una alta arboleda de cedros. Parecía como si la hubiera alcanzado la primera ventisca de invierno. Miles de tiras de trapo blancas “de la buena suerte”, colgadas de las ramas, revoloteaban bajo el alto sol de montaña.

Buena fortuna fue la nuestra, la de poder viajar a través del Shangri-La ruso.

James Brooke es el director de la agencia de Voice of America en Moscú. Para ver todos sus posts de la serie “Russia Watch”, entra en voanews. com. Las opiniones expresadas son las propias del autor.

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