Superviviente de la Segunda Guerra Mundial afincada en Buenos Aires

Dibujado por Dmitry Divin

Dibujado por Dmitry Divin

El 22 de junio de 1941, día en que tuvo lugar la invasión nazi a la Unión Soviética, Nadia Stebelsky tenía 14 años y se hallaba en Bielorrusia disfrutando de la fiesta de casamiento de un familiar. Aviones soviéticos sobrevolaban la región a baja altura en esa jornada. Ella creyó que habría un aeródromo cercano, que se trataba de rutinarios vuelos militares. Pero se equivocaba: era el anuncio de algo muy terrible que iba a ocurrir en su propia tierra.

La señora Nadia Stebelsky invita amablemente a café y agua gasificada en su departamento de Barrio Norte, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Su vivienda, decorada con delicadeza, cuenta con múltiples imágenes que remiten al arte y a la cultura de Rusia: matrioshkas, iconos, cuadros con paisajes de la estepa rusa, entre muchos otros retratos familiares y bellas piezas atesoradas durante años por esta mujer que vivía en la URSS, durante el avance de las tropas de la Alemania nazi, a mediados del año 1941.

 

“Cuando comenzó la invasión de nuestra patria por parte de los nazis, mientras celebrábamos aquella fiesta de casamiento, llegó una orden de un alto mando militar de suspender todo y ponernos a disposición del Ejército Rojo de forma inmediata.

 

Yo me encontraba en Bielorrusia con mi hermano menor, Vladimiro, de solo 11 años y que era tres años menor que yo. Estábamos a unos 500 kilómetros de casa, en Mozháisk, muy cerca de Borodinó.

 

Un guarda del ferrocarril nos subió a mi hermano y a mí, entre el caos provocado por las sirenas de alerta, a un tren nocturno. Viajamos toda la noche camino de nuestro hogar, muy preocupados por lo que iba a pasar”.

 

Nadia rememora esas horas trágicas con precisión cronométrica, reforzando sus conceptos en ruso con su amiga Svetlana, quien también asiste al reportaje.

Fuente: Gustavo Iglesias

 

“No quedaba ninguna alternativa más que acudir a los refugios antiaéreos cuando la sirena de alarma sonaba, con la aviación enemiga al acecho.

 

Había unas vías ferroviarias de vital importancia, inauguradas en 1939, a unos 3 kilómetros de casa: de esta manera permanecíamos en contacto con el resto de la URSS”, subraya la señora Stebelsky.

 

“El sonido ensordecedor de los aviones de la Luftwaffe de la fuerza aérea que poseían los nazis, no pude quitármelo nunca de mis oídos”, recuerda esta  mujer nacida en Borodinó, el 22 de abril de 1927.

 

“Íbamos a diario a refugiarnos en los búnkers. Miles de guerrilleros soviéticos contribuían con su esfuerzo a la resistencia. Todo el mundo se puso a trabajar: civiles, mujeres, niños. La tarea consistía en construir canales y puentes para que las tropas pudieran cruzar los ríos.

 

Sabíamos que unos pintores especializados en trabajar sobre las fachadas de los edificios habían creado, mediante unas enormes telas y lienzos, paisajes ficticios de bosques y demás falsos escenarios naturales que confundirían al enemigo en sus incursiones aéreas. Así fue en ciudades como Moscú y Leningrado. Casi nadie lo sabía. Pero nosotros, sí.

 

Se preservaron monumentos históricos y construcciones antiguas”, revela tras más de 70 años de acaecidos los hechos.

 

Nadia Stebelsky asevera que “no puede trazarse paralelismo alguno” entre lo que fue la 'Gran Guerra Patria' (término instaurado por el gobierno soviético de Stalin pocos días después de que se produjera la invasión alemana), con la “Guerra Patria”, que enfrentó a la Rusia zarista con la Francia napoleónica en 1812: “No hay ni punto de comparación, tal como se empeñaron los historiadores en establecer en los libros y en internet”.

 

“Recuerdo bien que a fines del año 41 ya nos habíamos instalado en Bielorrusia. Éramos tres familias, siente personas en cada una de ellas. Casa día era muy duro: sin alimentos, ni suministros para nosotros ni para los soldados combatientes.

 

Pese a ello, gracias a fuentes fidedignas que me reservaré, teníamos la certeza de que Japón no invadiría la URSS. Era el gran temor de Stalin. Por lo tanto, aquellos hombres, adaptados al riguroso invierno, fueron trasladados desde Siberia rumbo a Stalingrado, junto con la maquinaria militar. Hicieron retroceder unos 200 kilómetros a los nazis, quienes nunca más recuperarían esas posiciones.

 

Finalizada la Batalla de Stalingrado, entre agosto del 42 y febrero del 43, el curso de la guerra se modificó decisivamente en favor de la Unión Soviética”.

 

Desoladoras fotografías  vuelven a la mente de la señora Nadia: “No olvidaré nunca la tristeza que tuve al visitar las tumbas colectivas, anónimas, con víctimas del peor conflicto bélico del siglo XX en un cementerio de la ciudad de San Petersburgo, antiguamente llamada Leningrado. Eran campos y más campos que contenían sepulturas sin identificar”. 

Stebelsky, siendo muy joven, viajó a Italia en 1944. Regresó con su familia a la URSS en 1945. Y desde 1948 vive en la Argentina. Al llegar a Sudamérica, tenía apenas 21 años.

 

“Mi marido trabajó como soldador de tanques de petróleo aquí, en la provincia de Mendoza. Tengo dos hijos, una mujer y un varón. Cuatro nietos: tres argentinos y uno estadounidense, que reside allí con mi hijo. Además, tengo  cuatro bisnietos: tres de ellos, en la Argentina; el otro, en EE UU. A mis 85 años, ellos son mi felicidad.

 

La misma que sentía al escuchar cantar en las fiestas viejas canciones del folklore tradicional ruso, como aquella que decía 'Moi sad, moi sad', (‘Mi jardín, mi jardín’).

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