Retratos de la 'intelliguentsia'

Autor Moissej Nappelbaum (1869-1958). En la foto Anna Ajmátova, 1926. Fuente: Press Photo

Autor Moissej Nappelbaum (1869-1958). En la foto Anna Ajmátova, 1926. Fuente: Press Photo

Invisible por estar siempre detrás del objetivo, conocemos a Moisei Napplebaum por sus históricos retratos de la élite social, política e intelectual rusa y soviética de la primera mitad del siglo XX, convertidos en la representación canónica de sus protagonistas, debido a la gran profundidad psicológica que los impregna. Gracias a este apasionado del medio, que a los quince años se empeñó en ser aprendiz del entonces mejor estudio fotográfico de Minsk, nos resultan más cercanos los rasgos de Pasternak, Eisenstein, Ajmátova, Prokofiev, Tatlin, Krúpskaya, Petrov u Olesha.

La historia que hay detrás de una fotografía es, a veces, tan interesante como el propio resultado. Moisei Nappelbaum (1869-1958) montó su estudio en el número 72 de la Avenida Nevski, en la década de 1910, y por allí pasó la flor y nata de la sociedad zarista.

 

En Rusia, la fotografía necesitó algo más de tiempo que en Europa para codearse con la pintura, lo que se tradujo en un intento de la primera por parecerse a la segunda. Nappelbaum siguió esta senda, manipulando los negativos, añadiendo pinceladas y anulando fondos para dotarlos de una atmósfera impresionista, pero fue, junto con otros pocos casos, la primera generación de nombres que elevó el género al nivel de los retratos de Iván Kramskói.

 

Uno de los aspectos más paradigmáticos de Nappelbaum es que pasó de ser un ‘retratista de cámara’ para una selecta élite a explotar las posibilidades de la reproducción mecánica con los líderes bolcheviques, una vez creó el estudio fotográfico del VTsIK. Y ese paso tuvo una fecha clave: cuando recibió, en enero de 1918, el encargo de realizar el primer retrato posrevolucionario de Vladímir Lenin, durante el I Congreso de los Soviets. Así contó Nappelbaum aquella sesión histórica:

 

“Observé su frente. Miré sus ojos, que descubrían una mente aguda y creativa. Se mostraba muy radiante y bondadoso conmigo. No encontré señal de caridad ni compasión en su rostro. Escuchaba a toda la gente por igual. Pero, ¿cómo transmitir todo eso en una fotografía? ¿Cómo encontrar la manera de comunicar la armoniosa conexión entre una mente aguda y una profunda sencillez y naturalidad, energía desbordante y llamativa astucia? Decidí fotografiar la cabeza y el rostro de Lenin de cerca. Para capturar la línea de sus anchos hombros, dejé la placa horizontalmente, y para transmitir su inteligencia y mirada inteligente y vívida, pedí a Lenin que mirara directamente a la cámara. No pude llevar conmigo ninguna iluminación para la sesión, así que estaba preocupado por la luz gris y monótona de Petrogrado. Pero, de repente, brotó el sol e iluminó a Vladímir Ílich y sus ojos. En aquel momento realicé unos cuantos disparos y el sol, tan rápidamente como había aparecido, se volvió a esconder”.

 

Recoge una de las bromas preferidas de Lenin, que modificaba según las necesidades de la situación. Cuando estaba posando para Nappelbaum, Lenin hizo callar a los delegados que lo acompañaban con las palabras: “¡Silencio! ¡Ahora es la dictadura del fotógrafo!”.  Si bien no original en cuanto a la expresión, sí que resultó una broma visionaria en el combate que entonces se libraba entre la pintura y la fotografía. 

De hecho, la maquinaria de comunicación soviética entendió perfectamente las posibilidades de reproducción que le permitía la fotografía. Lunacharski también vaticinó algo que ahora nos parece de lo más normal. “Tenemos que poner una cámara al alcance de toda la gente. Si una persona civilizada lleva un reloj, de la misma manera tiene que saber utilizar un lápiz y una cámara”. 

 

Lenin también coincidía en que la fotografía, para el relato de la historia, era mucho más veraz que la mano de cualquier artista. Luego, el retoque ideológico de muchas imágenes aniquilaría ese sueño de verosimilitud.

Ahora la berlinesa Galería Berinson, en el marco del Mes Europeo de la Fotografía –cuyas sedes son París, Budapest, Bratislava, Liubliana, Luxenburgo, Viena y la capital alemana–, expone más de cincuenta copias vintage de Moisei Nappelbaum entre las que figuran el perfil aquilino de Ajmátova, los rasgos equinos de Pasternak, la sonrisa cándida de Stanislavski, los ojos saltones de Blok, el rostro concentrado de Shostakóvich, la mirada socarrona de Yuri Olesha, o la postura lánguida del joven Rostropóvich al violonchelo. La exposición se puede visitar hasta el 24 de noviembre.

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