La hoja de ruta de Ekaterimburgo

Imagen que pertenece a la exposición 'Genius Loci' que se celebró en el Museo de fotografía 'Casa Metenkov'. Fuente: la Bienal industrial de arte contemporaneo de los Urales

Imagen que pertenece a la exposición 'Genius Loci' que se celebró en el Museo de fotografía 'Casa Metenkov'. Fuente: la Bienal industrial de arte contemporaneo de los Urales

La semana pasada se clausuró la segunda edición de la Bienal de los Urales. Con solo dos citas compite, en ambición, con los eventos artísticos más importantes del momento en un periodo de cambios profundos en el panorama del arte contemporáneo. Es una más de las iniciativas gubernamentales para situar la capital de los Urales en el mapa internacional.

Hace tiempo que las ciudades han descubierto el poder de atracción y la capacidad del arte para renovar su imagen o hacerlas visibles en un mundo cada vez más competitivo. Pasó, por ejemplo, en una pequeña ciudad alemana, Kassel, en 1955.

 

Ahora Documenta es la cita artística obligada. O Aviñón y su festival de teatro y Bilbao con el ‘efecto Guggenheim’, que otras ciudades han querido copiar con mayor o menor éxito. Por su parte, Ekaterimburgo calienta motores para su gran cita, la Exposición Mundial de 2020, con una gran muestra artística cuyo formato es el que se está imponiendo, la cita bianual. Este año ha competido con otras importantes ediciones: Documenta 12, Manifiesta 9, Berlín 7 e incluso Kiev 1.

 


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La de Ekaterimburgo se ha distinguido también por añadir un adjetivo al nombre con el que se ha dado a conocer en sociedad, la Bienal industrial de los Urales. El logotipo tampoco deja lugar a dudas: la silueta recortada de una fábrica. Porque la joven ciudad, fundada hace 289 años, se convirtió, en la primera década de la época soviética, en un relevante centro de la industria pesada y nudo de comunicaciones. Luego, con la irrupción de la Segunda Guerra Mundial, ofreció refugio a las instituciones técnicas y fábricas que estaban en peligro.

 

Fuente: La Bienal industrial de arte contemporáneo de los Urales

 

Ese legado está hoy todavía presente tanto en la industria pesada como en el sector de investigación y el desarrollo. No es extraño que se alce en la ciudad, como símbolo de esa energía pujante, el edificio más alto de Rusia fuera de la capital.

 

El primer evento que puso recientemente en el mapa a Ekaterimburgo fue la cumbre inaugural de los BRIC en 2009 -una especie de presentación en sociedad del cuarteto que ha servido de colchón en la reciente crisis financiera- y de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS).

 

Dos años después levantó el telón la primera edición de la bienal de arte contemporáneo. Y en el horizonte despuntan los Juegos Olímpicos de invierno, en 2014, el Mundial de fútbol, en 2018, y, como colofón, la Expo 2020, cuyo lema es ‘La mente global’.

 

En el caso de la edición de 2012, la Bienal ha tomado prestadas unas palabras de un pequeño ensayo del autor petersburgués Joseph Brodsky, Informe para un Simposio, un diálogo con las experiencias en Armenia de Ósip Mandelstam: “El ojo nunca puede verse a sí mismo”. En 1989, cuando fue escrita esta obra, el pasado parecía que iba a desaparecer de un plumazo y el futuro era del todo incierto. En ese terreno pantanoso donde era tan peligroso pisar, Brodsky abogaba por zapadores que desactivaran los peligros.

 

Iara Bubnova, comisaria y crítica de arte nacida en Moscú, directora del Instituto de Arte Contemporáneo de Sofia (ICA), se ha encargado del programa de esta edición. Ha utilizado la imagen de los zapadores para preguntarse si el arte puede realizar esa difícil tarea de detectar y extraer esos peligros.

 

También se formularon una pregunta parecida los comisarios de la bienal de Berlín, que rastrearon los movimientos civiles de protesta de los últimos años. Entonces el comisario se preguntó por el papel del arte en el actual clima de confrontación como resultado de la crisis financiera y las políticas que le han seguido. Pero no sólo por esta contingencia. Voina, representante ruso en Berlín, es un ejemplo.

 

La organización de la Bienal, la sede en los Urales del Centro Nacional de Arte Contemporáneo, ha jugado todas las posibles bazas. No solo se realizó una selección internacional de trabajos hilvanados por el lema inspirado en Brodsky (Adel Abdessemed, Kutluğ Ataman, Zbyněk Baladrán, Luchezar Boyadjiev Malevich's brigade, Lise Harlev, IRWIN, Anna Jermolaewa, Igor Eskinja, Adam Frelin, Peter Kogler, Olga Kroytor, Irina Korina, Agnieszka Kurant o la española Cristina Lucas), también se han organizado proyectos específicos y residencias artísticas en seis ciudades distintas de los URales (Nizhny Taghil, Nevyansk, Pervouralsk, Verkhnyaya Salda, Verkhoturye, Degtyarsk y las zonas industriales de Uralmash y VIZ) y una en colaboración con la Bienal de San José, siempre poniendo de relieve, en la selección de los espacios, el legado industrial y arquitectónico de la ciudad.

 

Con ello, la bienal ha explorado el potencial del arte contemporáneo como una manera de apropiación y reconfiguración tanto de los espacios no previstos para uso expositivo como del público local.

 

Más información en la página de la Bienal de los Urales.

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