Vías muertas al borde del Ártico

La línea ferroviaria construida por prisioneros en los años 40 avanza por una “tierra de espectros”. Fuente: Alberto Caspani.

La línea ferroviaria construida por prisioneros en los años 40 avanza por una “tierra de espectros”. Fuente: Alberto Caspani.

Ahora o nunca. La línea ferroviaria 501, conocida con el siniestro nombre de 'Vía de la Muerte', tiene los días contados, igual que los miles de 'voluntarios' que, entre 1947 y 1955, fueron tragados por el gélido limbo del Ártico que tendría que haber unido (sin solución de continuidad) la península de Kola y la Chukotka. Los submarinos alemanes estaban listos para aparecer en los puntos hasta ese momento más insospechados y se cernía la amenaza de la bomba atómica americana: disponer de una rápida vía de comunicación entre los extremos septentrionales de la Unión Soviética se convirtió en una prioridad absoluta para Stalin. Es más, desencadenó una verdadera carrera a contrarreloj, ya que el desfase atómico se compensaba reforzando al menos la extrema movilidad de las tropas de tierra y la aviación.

Aunque han pasado más de 60 años, el reloj de la historia no ha dejado de avanzar furioso. "Aquí todo se está echando a perder"- reconoce Serguéi Leonidovic, director comercial de la agencia turística Yamal Travel y cada invierno podría ser el último para los restos de esta línea de tren. La madera de las viejas estaciones se pudre con el deshielo, las deformaciones del terreno descepan las traviesas de los raíles, las torres de control se desmoronan. Ahora, recorrer el tramo de Salejard a Ingarka, el único que estuvo realmente operativo en la época, es como atravesar una tierra de espectros"


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A pesar de la atención que se le ha prestado a través de numerosas exposiciones y publicaciones fotográficas (que hoy se pueden consultar también en el Gulag Museum de Moscú), el destino de la línea 501 parece decidido. Una de los últimos trabajos de cartografía lo ha llevado a cabo precisamente la agencia Yamal Travel en 2008. Sin embargo, el deterioro de los restos es tan avanzado que en pocos años se han perdido muchos más que en los últimos decenios.

"Precisamente a causa de esta fragilidad, el número de visitantes, tanto rusos como extranjeros, sigue creciendo", subraya Leonidovic. "Pero no se trata de un paseo, ni mucho menos. Hacen falta por lo menos diez días para remontar los ríos Parusovaya y Taz, ya que estos aproximadamente 200 kilómetros son demasiado accidentados por tierra y el terreno casi siempre está pantanoso. Además, hace falta estar dispuesto a acampar en la taiga, combatir cada noche contra mosquitos y garrapatas, enfrentarse a tramos en rafting y saber que este itinerario solo está disponible entre julio y septiembre. Y no menor peso tiene el coste de la expedición: difícilmente bajará de mil euros".

Aunque el desembolso económico pudiese desalentar a alguien, el reclamo emotivo de la línea Salejard-Igarka es aún demasiado fuerte. Nunca antes de este proyecto se han encarnado, como un reflejo exacto, la utopía del progreso y la desilusión del hombre: trabajar en la construcción tendría que haber hecho paladear la libertad de los campos de prisioneros, porque en el confín norte no hacía falta alambre de espinos para mantener a raya el ansia de grandes espacios y, además, lo titánico de la obra habría garantizado reducciones en las penas impuestas. Jóvenes ingenieros y peritos técnicos veían en ella un desafío a las leyes de la física, para los militares significaba luchar en primera línea contra la inminente amenaza de Occidente, los civiles soñaban con una ruta rapidísima mediante la cual, algún día, alcanzarían la otra punta del mundo.

"Caían como hojas de abedul", recuerda Víctor Kazimirski, uno de los primeros excursionistas que recorrió en solitario, en 1975, el tramo Nadim-Salejard. "Los hubo que murieron enseguida, por las toscas condiciones de trabajo, otros al cabo de varios años, minados por el frío y la fatiga. No fue nada fácil encontrar supervivientes: los pocos que quedaban preferían no hablar porque temían represalias por parte del gobierno. Para ellos, lo peor era la sensación de haber consumido su vida en un proyecto absurdo, ya que la línea fue clausurada pocos años después de la muerte de Stalin y, como no se quería reconocer el fracaso, se hizo de todo para ocultar cualquier mención a su existencia o a quien había contribuido a su construcción".

Jubilado en la actualidad, 61 años, criado en Siberia por sus abuelos polacos que fueron obligados a mudarse a los confines del Imperio, Víktor siempre ha considerado que la línea 501 es una ventana que muestra en directo el pasado staliniano: a lo largo de sus ebrios raíles ha encontrado la voluntad doblegada de los trabajadores, en los puentes hechos pedazos ha reconocido la ruptura con la historia de las viejas generaciones pero, al mismo tiempo, la Vía de la Muerte le ha permitido palpar la tenacidad del hombre socialista, que nunca se rinde ante las adversidades de la vida y la naturaleza.

"En aquella época traté de que un tal Alexánder Lavrov me contase algo", continúa Víctor. "Era un héroe de guerra por sus servicios como espía, pero fue condenado a 15 años de trabajos forzados por robar vodka en el tren en el que regresaba del frente. Nada. No hubo modo de saber cómo había pasado los años en las obras para la línea ferroviaria. Llegados a ese punto, el único modo para hacerme una idea fue recorrer el trazado por mí mismo".

Allí donde los incendios forestales no los han herido, o donde los lugareños no los han convertido en leña para el invierno, aún hoy nos topamos con puentes que dejan adivinar cómo de meticuloso y obsesivo era el trabajo, del mismo modo que los barracones sin ventanas o las planchas de metal que se usaban para tapar cualquier vía de escape, son prueba de la furia con la que, cada 5 ó 7 kilómetros, se confirmaba la única e incontestable realidad de aquel infinito exilio en el hielo ártico. Durante días y días, lo único que hacen las rodillas es hundirse en el fango, la fronda de los abedules se funde con el horizonte mientras el susurro de los pájaros solo se agita cuando se oye el gorgoteo de las lanchas neumáticas que atracan en los vados. Por su parte, las escasas dachas tienen la tarea de señalar la presencia de algún alma oculta, quizá en busca de setas o simplemente a la caza de osos. 

"Pasar la noche de vez en cuando en cabañas resguardadas fue un gran alivio" añade Víctor, "ya que, después de pasar días de aislamiento en el bosque empiezas a pensar realmente que eres el único ser humano sobre la faz de la tierra. En aquel entonces viajaba con mucho dinero escondido en el equipaje, no sabía a qué tipo de emergencia me podía enfrentar y, sobre todo, si sería capaz de encontrar el camino que debía seguir. A quien me daba cobijo le decía que no tenía dinero, ya que temía que pudiesen robarme. Un guarda de la vieja línea telefónica me ofreció comida, un sitio para dormir y además, antes de irme, los pocos rublos que tenía, para que pudiese terminar mi viaje. Se me encogió el corazón: escondí un fajo de billetes en su casa y me fui una mañana, sin poder decirle nada". Han pasado años desde la hazaña de Víctor y la madera se sigue pudriendo en la remota tierra de los nenets. Los esqueletos de los alces se descomponen verano tras verano. Pero la 'Vía de la Muerte' aún no ha olvidado lo que es la piedad.

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