Postsocialismo y sus descontentos

Un nuevo cambio generacional y su participación en política está cambiando la sociedad rusa. Fuente:  Francisco Martinez.

Un nuevo cambio generacional y su participación en política está cambiando la sociedad rusa. Fuente: Francisco Martinez.

Las sociedades postsocialistas son como una relojería donde cada reloj marca una hora diferente.

En Europa, 1991 fue considerado como un nuevo año cero. La caída del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética nos llevaría a un período de paz, estabilidad y bienestar económico guiado por el capitalismo y la democracia liberal. Se le llamó ‘el fin de la historia’, dando paso a un época de progreso tranquilo y de consenso.

Una tercera vía socialista emergió para tapiar el fantasma bolchevique y Helmut Kohl anunció que Alemania del este se convertiría en un “prado floreciente”. Durante la primera mitad de los 90 primó en Rusia el credo de la transición. Yegor Gaidar y Grigori Yavlinski anunciaban que en 500 días lo que quedaba de la Unión Soviética se convertiría en vanguardia de la economía de mercado, de acuerdo con la terapia de choque programada por Stanislav Shatalin en 1990. Demasiado choque y poca terapia.

En 1993, Yeltsin ya bombardeaba el parlamento ruso con los diputados dentro. Y en 1996 ganaba in-extremis las elecciones al comunista Guennadi Ziuganov. El postsocialismo se presentaba como una autopista de sentido único donde no había lugar para matices o ‘anti-reformistas’.

Vaclav Havel, Milan Kundera y muchos otros intelectuales comprometidos se alegraban de pasar a vivir en “un pequeño país europeo y aburrido”, de “volver a la normalidad” y de “recuperar el lugar histórico”. En los nuevos discursos se repetía la expresión “catching up” (alcanzar los standards europeos), proceso explicado como una transición (del punto A al punto B), o un paseo del este hacia el oeste.  Se dijo que la transición terminaría con la entrada en la Unión Europea y la OTAN, como la vuelta a casa de un hijo que se fue a hacer el servicio militar. Para ello se lanzó una estrategia intensiva de privatización, desde empresas y recursos productivos a bienes y servicios públicos. El paseo sería así más ligero.

Recientemente, el trabajo de antropólogos como Michael Burawoy, Alison Stenning o Kathrin Hörschelmann, y de la socióloga Hilary Pilkington, ha demostrado no sólo que la transición no ha acabado sino que somos más postsocialistas que nunca. La fragmentación de las comunidades, la aceleración del día a día, la ruina de expectativas y la unión de política y consumo ha llevado a una aporía general. Las viejas prácticas no desaparecen sino que se acumulan junto a la frustración y la nostalgia. Las sociedades postsocialistas son como una relojería donde cada reloj marca una hora diferente.

Los que presentaron las transformaciones socio-políticas como una ‘transición’ todavía defienden el término, aunque reconocen que el periplo ha sido más tortuoso y complejo de lo esperado. Algo así como anunciar a un ciclista que va a correr la vuelta a Flandes y al final aparece a las faldas del Tourmalet, Galibier y Alpe d’huez. Además, como la bici está pinchada le exigen que adelgace, que sea más ligero, que coma y beba menos, que sea menos sociedad, que deje caer identidad, que despida a los mecánicos y que se entregue por completo a los organizadores de la carrera.

Entre tanto las tensiones propias de los cambios de poder se hacen evidentes. En Rusia, el gobierno invierte millones de euros en campañas de ‘soft power’ mientras ignora a los perdedores del proceso de transformación, reproduciendo la vieja idea de sálvese quien pueda.

En Estonia descubrieron después de mover el soldado de bronce que un tercio de la población habla ruso y se siente marginada. En Ucrania, diversos organismos occidentales apoyaron a los que pedían unas elecciones más limpias, y tras cuatro años volvió a ganar el mismo malo que las manipuló.

El postsocialismo no es sólo lo que vino después del socialismo, sino también en contra del socialismo. Los procesos de anemia social, privatización y reducción de la política a la elección de partidos con listas cerradas ha sido promovida desde universidades y organizaciones internacionales como una ideología global que no tiene alternativa. Como dice Richard Sakwa “ahora todos somos postcomunistas… el comunismo fue un experimento que todavía nos condiciona”. La sombra de ese experimento se presenta con diversas caras y sin avisar. 

En el sentido estricto del término, el postsocialismo afecta a 25 países, al 30% de la masa terrestre y al 50% de la población del planeta. Pero el postsocialismo también está relacionado con las promesas incumplidas y con los futuros perdidos. Con esos prados donde no aparecieron flores sino ruinas y yuppies. Donde los debates políticos se han reducido a mirar la prima de riesgo en el día, lamentar las cuotas de poder dentro de la maquinaria europea o admirar el sex-appeal del presidente. Donde los antiguos activistas dicen que ya está todo conseguido y miran a las nuevas fragmentaciones como si no fuera con ellos o con recetas viejas.

A los ganadores de este proceso les incomoda el término postsocialista, como un recuerdo feo de los tiempos en que vivían en bloques de hormigón con cortinas amarillas y comían salchicha bielorrusa. Es la llamada ‘generación P’, que ahora tiene en torno a 40 años y se adaptó a las reglas de juego impuestas.

Sin embargo, la nueva generación de veinteañeros ha perdido prejuicios, son conscientes de que el día a día puede ser mejor y toleran menos la corrupción y las imposiciones autoritarias. Esta generación está llamada a acabar con el postsocialismo a través de su activismo dentro de comunidades locales, su participación en protestas y la búsqueda de alternativas transversales y no sólo de oposición. El caso más evidente es el de Rusia, aunque también puede extenderse a muchos países europeos.

El final del postsocialismo está relacionado con un mayor activismo político y el cambio generacional propiciará cambios de poder. Dos tercios de los ciudadanos que participaron en las protestas tiene menos de 40 años.

Esta generación vino para quedarse, para intentarlo y equivocarse.

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