Afloran tensiones étnicas de cara a Sochi 2014

"No a los Juegos Olímpicos de Sochi en la tierra de genocidio". Fuente: Reuters / Vostock Photo.

"No a los Juegos Olímpicos de Sochi en la tierra de genocidio". Fuente: Reuters / Vostock Photo.

En los últimos años ha aumentado en gran medida el significado de la 'cuestión circasiana' en la agenda política de Rusia. En 2014, la ciudad balnearia de Sochi, a orillas del Mar Negro, acogerá los Juegos Olímpicos de invierno, y esta fiesta deportiva está inseparablemente vinculada a dicha cuestión. La región no ha olvidado las guerras caucásicas de mediados del siglo XIX.

Hubo un tiempo en que el pueblo circasiano, ahora diseminado por todo el mundo -entre Turquía, Oriente Medio, Europa y Estados Unidos-, vivió en armonía en el Cáucaso. Para todos los circasianos, la ciudad de Sochi tiene un significado histórico especial. Precisamente en estas tierras, en 1861, se instituyó un ‘Majlis’ (parlamento), en un intento de unir fuerzas y oponer resistencia al Imperio ruso en el Cáucaso occidental. Y, precisamente en esta zona, los circasianos ganaron los conflictos bélicos que los enfrentaron a lo largo de siglo y medio. En total, fueron 250. El final de este enfrentamiento sobrevino en 1864, cuando las tropas rusas erradicaron el último foco de resistencia de los circasianos en el Cáucaso Occidental

En este lugar ahora está ubicado Krásnaya Poliana, un complejo de esquí de montaña e importante emplazamiento de los futuros Juegos Olímpicos, pues es una de las sedes.


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Para el ejército ruso, los acontecimientos de 1864 constituyen una gran victoria tras muchos años de guerra sangrienta en el Cáucaso. Pero, como es natural, la población autóctona percibe la historia de otra manera. Miembros de los pueblos de Adigueya sufrieron graves pérdidas demográficas a causa de la guerra, de la enfermedad y del exilio. Por supuesto, la historia de la penetración rusa en el Cáucaso no se limita únicamente a estos momentos sombríos.

El grupo étnico circasiano comprende a los adigueses, los ubijos, los cherkesios, los shapsugs y los cabardinos, principalmente en el noroeste del Cáucaso dentro de las Repúblicas Autónomas de Adigeya, Kabardino-Balkaria y Karacháyevo-Cherkesia, pero también en gran número por todo el mundo, principalmente en Turquía, Jordania y EE UU.

La llegada de Rusia a la región contribuyó a la modernización integral del Cáucaso y a su europeización. A través de la cultura rusa, los pueblos adigueses, túrquicos y veinaj entraron en contacto con la cultura mundial. Una dialéctica semejante no sólo es característica de la historia del Cáucaso, sino prácticamente de cualquier punto del mundo donde se impuso el modelo colonizado. Al mismo tiempo, los traumas nacionales del pasado son extremadamente difíciles de curar. En especial, cuando éstos se ven agudizados por los acontecimientos de la actualidad.

Hablando en rigor, los Juegos Olímpicos de Sochi no han ‘abierto’ la “cuestión circasiana”, sino que la han actualizado y politizado. En realidad, este problema se divide en varios temas independientes, como la cuestión de la tierra o el problema de la representación en el poder de los pueblos pequeños. Cabe señalar la cuestión de la repatriación de los adigueses a su patria histórica. Se ha agudizado especialmente en relación con la escalada del conflicto civil en Siria, donde, según diversas valoraciones, se ven afectadas entre 30.000 y 120.000 personas de esta comunidad.

A finales de 2011, los circasianos sirios, convertidos en rehenes del conflicto, se dirigieron en repetidas ocasiones a las autoridades rusas con la petición de regresar a su patria histórica. Como mínimo, en septiembre se registraron siete recursos similares. Y el último (en orden, pero no por importancia) es el factor de la política exterior. Después de que Georgia reconociera el “genocidio de los circasianos” en el Imperio ruso, este problema ha adquirido relevancia internacional. En Rusia ya se habían oído interpretaciones similares de estos acontecimientos, pero ningún Estado extranjero, en un ámbito oficial, había calificado todavía de ese modo la historia circasiana. Es posible que este enfoque pueda sembrar la discordia en la relación entre circasianos y abjasios e incluso intensifique un posible boicot de los Juegos Olímpicos.

Se puede reprochar a Tiflis que especule sobre el tema, pero, está claro que sin que se resuelvan los problemas existentes la disipación de los mismos será, en principio, imposible. Entretanto, a día de hoy, las autoridades rusas hacen oídos sordos. Nunca han dado una respuesta clara a la “cuestión circasiana”. Y, por ello, se ha creado la sensación de que nada tienen que decir al respecto. 

En 1994, el primer presidente de la Federación de Rusia, Borís Yeltsin, con motivo del 130º aniversario del final de la guerra del Cáucaso, presentó disculpas por el empleo injustificado de violencia por parte del Imperio ruso. En cuanto a la repatriación, a pesar de las graves dificultades para que se lleve a término, se han hecho algunos avances en esta dirección: por ejemplo, a finales de la década de 1990, se aceptó el traslado a Adigueya de las familias circasianas de Kósovo y su posterior adaptación. Por lo demás, el 24 de julio de 2010, el Presidente de Rusia firmó una nueva redacción de la ley que atañe a los compatriotas en el extranjero, referente a todos aquellos que puedan considerarse sujetos “relacionados con los pueblos que históricamente habitaron en el territorio de la Federación de Rusia”.

Pero una ley no basta. Se necesita una estrategia clara de repatriación, insertada en el contexto general de la política migratoria del país. Es necesario un programa que funcione bien, que no conduzca a una multiplicación de los conflictos étnicos y territoriales ya existentes. Y, si realmente se alcanzara una solución positiva al problema de los circasianos sirios, esto podría contribuir a aumentar el prestigio de Rusia en el Cáucaso y en Oriente Medio. De lo contrario, ignorar los llamamientos de los circasianos en Siria sólo complicará los preparativos y el desarrollo del proyecto olímpico.

Desde luego, hace tiempo que es necesario desarrollar un modelo explicativo riguroso en cuanto a la valoración de los acontecimientos de la guerra del Cáucaso y, en general, de la historia de esta región. Esta tarea, por lo demás, no es un caso aislado. Prácticamente, ningún país multiétnico ha solucionado esta problemática. Tienen el mismo problema los norteamericanos y los canadienses y, de buena gana, integran el complejo “factor indio” en sus fiestas estatales y deportivas (el ejemplo más claro a este respecto es la ceremonia inaugural de las Olimpiadas de Vancouver), sin hablar ya de la bibliografía y de las exposiciones museísticas que abordan el tema.

Serguéi Markedónov es colaborador científico del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (Washington, EE UU)

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