El deporte como forma de cohesión de los inmigrantes

Entre los jugadores, hay individuos que ejercen profesiones variadas. Fuente: Legion Media.

Entre los jugadores, hay individuos que ejercen profesiones variadas. Fuente: Legion Media.

En Moscú, trabajadores inmigrantes procedentes de Kirguistán juegan todos los fines de semana a voleibol. Por dinero. Las apuestas pueden alcanzar los 100.000 rublos (unos 2.500 euros). A veces hay en juego un coche de segunda mano. Los kirguises invitan a competir contra ellos a equipos de voleibol de otras nacionalidades, pero estos últimos rehúsan el ofrecimiento, porque no quieren perder.

“¡Dejad de gritar o llamo a la policía! ¡Id a jugar al voleibol a vuestros pueblos de Asia! ¡Esto es Moscú!”. Los jugadores vuelven la cara hacia lo alto de un edificio residencial, de donde salen los gritos de una mujer.  Sus rostros de pómulos salientes expresan perplejidad. Algunos de ellos, a modo de respuesta, giran el dedo sobre su sien.

           

“¡Vale, vale, intentaremos no hacer tanto ruido!”, le responde a voz en cuello uno de los jugadores vestido de rojo.

 

En el terreno de juego, a dos pasos de la estación del metro Kantemirovskaia, varios centenares de kirguises siguen el desarrollo del partido entre el equipo Kara-Su y el Chom-Baguish. Cada punto marcado va acompañado por gritos y risas amistosas. Sólo una victoria los separa de la semifinal.

 

Estos torneos de voleibol entre inmigrantes kirguises se celebran todos los domingos en Moscú. Cada equipo representa a su pueblo o ciudad. En verano juegan al aire libre. En invierno, alquilan un gimnasio. Por lo general, en los torneos participan no más de quince equipos.

 

Hoy, nadie recuerda exactamente cuándo y dónde tuvo lugar el primer campeonato. “Hay tantos jugadores como kirguises en Moscú y puedes empezar a contar desde la disolución de la URSS y la creación de la CEI (Comunidad de Estados Independientes)”, dice un aficionado tocado con una gorra Bosco, patrocinador oficial del equipo olímpico de Rusia.

 

-¿Y permitís jugar a los rusos?

 

-Aceptamos a todo el mundo: rusos, ucranianos, daguestaníes. El mes pasado vinieron a jugar unos tayikos. No han vuelto por aquí, jugaban bastante mal.

 

-¿Y los rusos?

 

-Los rusos juegan aún peor que los tayikos.

 

Aquí todo se toma en serio. Los equipos compiten según un calendario bien establecido, con la supervisión de un árbitro. En opinión de alguien que no conoce el voleibol, juegan bien e incluso muy bien.

 

¿Quién organiza y quién juega?

 

Por lo que explica Davliaiev, en Moscú no existe una Federación de voleibol de trabajadores inmigrantes. El campeonato está organizado por los mismos equipos, por turnos.

 

El cheque ganador procede de un fondo común constituido por una parte recaudada por los organizadores y por la cuota de los participantes (2.000 rublos por equipo, aproximadamente 50 euros). A veces consiguen reunir hasta 2.500 euros.

 

Otras, los aficionados apuestan, pero se trata de ocasiones especiales: el nacimiento de un hijo, una boda.

 

Entre los jugadores, hay individuos que ejercen profesiones variadas: conserjes, peluqueros, repartidores de propaganda, constructores, cocineros, lavadores de coche, conductores de transporte público y pequeños emprendedores.

 

Un profesional del deporte

 

Entre los deportistas, figura un jugador sin parangón: Almaz Atabaiev. Su equipo, Nookat, ha ganado los dos torneos precedentes. En la web de la Federación de voleibol de Kirguistán, en su biografía se le describe como “un deportista profesional, antiguo miembro del equipo, vicepresidente de voleibol de Kirguistán”.

 

-Es usted un deportista profesional… ¿Qué le aportan estos torneos? –le pregunto a Almaz en una pausa entre dos partidos

 

-Vengo del mundo profesional del deporte, donde hace un par de años tuve que dejar de competir a causa de un traumatismo. Aquí juego por placer y un poco por dinero también. Y, además, no hay otro lugar donde jugar en Moscú.

 

-¿Por qué les gusta tanto a los kirguises el voleibol? ¿Por qué no el fútbol o el baloncesto?

 

-No lo sé. En nuestra cultura, los deportes están ligados a la disciplina hípica. En Moscú, no hay caballos, así que todo el mundo juega al voleibol. Nos va bien reunirnos, relacionarnos. Nosotros decimos: si quieres encontrar a alguien, ve a jugar a voleibol. Aquí, siempre se puede pedir ayuda o enterarte de algo nuevo. Descubre la felicidad en Rusia 

La final

 

El último partido por el primer puesto ha comenzado. En la calle ya ha anochecido. Los aficionados kirguises rodean la cancha. Una masa negra e informe de ropa deportiva y chaquetas de piel contrastan con algunos chalecos color naranja fluorescente de los empleados del ayuntamiento de Moscú: están acabando su jornada de trabajo.

 

Al final del segundo partido, los jugadores se enfrentan verbalmente por una jugada poco clara. Jugadores e hinchas se empujan, se cogen de los codos, gritan, hasta que en el centro de este alboroto aparece un anciano con cazadora de piel, exactamente igual que el personaje de ‘Los Soprano’. Después de algunas frases cortantes en lengua kirguís todo se apacigua y todos vuelven a su sitio. El partido se reanuda.

 

-¡Qué emoción! –declara sonriendo Davliaiev, como si tratara de justificarse.

 

-¿Tenéis problemas con la policía durante los torneos?

 

-Nos han echado un par de veces. Pero, en general, si la gente del barrio no se queja nos dejan en paz.

 

En el tercer partido se imponen los jugadores del Nookat, lo cual les permite ganar el torneo por tercera vez consecutiva. Para la ceremonia final, no hay medalla, ni trofeo, ni pedestal.

 

Se limitan a reunirse en círculo. El anciano con la chaqueta de piel avanza y entrega un sobre con dinero al capitán del equipo vencedor. Almaz Atabaiev percibe la suma de dinero más elevada. Tras contar el dinero, reparte 2.000 rublos a cada uno (unos 50 euros) y se queda la suma restante.

 

Ahora ya está oscuro como boca de lobo. Los kirguises se dirigen en pequeños grupos hacia el metro. Dos chicos se acercan al terreno de juego con una red y una pelota de voleibol. Denís y Oleg viven cerca y se entrenan aquí por las tardes junto con otros muchachos.

 

-¿No os molesta que los kirguises ocupen el terreno de juego durante todo el día?

 

-No, para nada –responde Oleg-. Que jueguen. Llegaron primero. A nosotros nos gustaría jugar contra ellos, pero no tenemos todavía un nivel suficiente. No tenemos ganas de perder, –confiesa.

 

Artículo publicado originalmente en Moskóvskie Nóvosti.

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