La influencia de USAID: temores y realidad

Dibujado por Nyaz Karim.

Dibujado por Nyaz Karim.

La agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), la mayor organización de ayuda no militar norteamericana, pone fin a su actividad en Rusia. La institución ha recibido el aviso correspondiente de las autoridades rusas, que Moscú no confirma oficialmente. Sin embargo, en un comunicado del Ministerio de Exteriores ruso se acusa a USAID de intentar influir en los procesos políticos de Rusia. Hecho que el representante del Departamento de Estado niega.

Hace 20 años el autor de estas líneas tuvo la ocasión de trabajar durante un tiempo en una empresa norteamericana que, tras obtener una beca de USAID, apoyaba informativamente y con propaganda el proceso de privatización en Rusia.

Los trabajadores de la empresa, que en general eran especialistas en publicidad y de profesiones relacionadas con la sociedad, trataban de contribuir sinceramente a la rápida transformación de Rusia, que pasase de ser 'una dictadura comunista' a 'una sociedad libre'.

Prácticamente todos eran muy buenos profesionales. Por desgracia, era la primera vez en Rusia para todos ellos y no sabían prácticamente nada sobre el país. Mi jefe inmediato, por ejemplo, antes de venir a Rusia se ocupaba del mismo trabajo en Bolivia y no tenía ninguna duda en que no había ninguna diferencia en lo que privatizar.

A medida que iban trabajando el entusiasmo de los estadounidenses disminuía rápidamente ya que los resultados que conseguían no eran los esperados. Puede ser que yo tuviera suerte. Pero desde entonces apenas temo la influencia exterior y la miro incluso con humor.

Sea cual sea el mecanismo por el que USAID cesa su actividad en Rusia, está claro que el cierre  responde al rumbo político marcado por las autoridades rusas, de limitar la presencia en el país de organizaciones extranjeras,  cuya actividad financiera pueda ser interpretada como participación en la vida política.

En este sentido, a los órganos estatales les irritaba el apoyo de USAID a la asociación 'Golos', que realiza labores de observación electoral, de modo que obtenía una relación directa con la valoración sobre la legitimidad del poder en Rusia.

En febrero de este año, en uno de sus artículos preelectorales, Vladímir Putin  anunció que ese tipo de formas de influencia eran inadmisibles. Este punto de vista es el que refleja la ley aprobada recientemente y que obliga a las organizaciones que reciben subvenciones del extranjero a registrarse en calidad de 'agentes extranjeros'.

Si dejamos de lado el exceso de celo de las autoridades rusas, propensos a ver amenazas en todas partes y suelen preferir medidas prohibitivas en vez de métodos de trabajo más sutiles, el tema de la financiación desde el exterior de procesos que tienen relación con el funcionamiento interno de los estados es muy complicado y delicado.

La globalización hace que las fronteras nacionales sean permeables y todos los procesos internos entran en resonancia con los externos. Cualquier país, sea democrático, autoritario o de transición, tropieza con la más variada influencia externa (cultural, informativa, económica, política, humanitaria) e intenta, si no protegerse de ella, al menos dirigirla.

En estas condiciones la cuestión sobre la legitimidad de la participación exterior, sobre todo cuando ésta emana directamente del gobierno de otro país, que además tiene un poder que no es comparable con el de nadie, se plantea de forma tajante.

El enfoque occidental a la ayuda exterior, sobre todo el estadounidense, parte del hecho de que existe un modelo correcto de organización político-social. En  países donde, por algún motivo, la formación no existe o es inestable, la contribución no presenta ninguna duda. En este sentido, no se trata de una misión política sino más bien de una tarea universal. 

Además, en cualquier documento doctrinal que define los marcos y el carácter de este tipo de ayuda, se repite que esta cooperación sirve como instrumento de la política estadounidense ya que contribuye a la creación de un entorno internacional favorable a la realización de los objetivos de este país.

Aquí no hay contradicciones. La filosofía política norteamericana desde los tiempos de su fundación se basa en el hecho de que EE UU es el ejemplo de un nuevo modelo político-social.

Para muchos estadounidenses, la supremacía mundial del país en el siglo XX y los impresionantes logros en numerosos campos no hace más que confirmarlo. Además, muchas naciones comparten sus ideales, lo que contribuye a su prosperidad y éxito.

La falta de deseo de los gobiernos y sociedades extranjeros de seguir este camino se interpreta, o bien como un mal comprensible o como mala voluntad.

Está claro que tras esta visión general pueden ocultarse las aplicadas tareas de los estrategas políticos. Pero precisamente esta idea, la creencia de que su visión es la correcta y que siempre ha sido una fuente de fuerza para EE UU, no propicia reflexiones demasiado autocríticas, a diferencia de Europa.

Además, puede suponer una fuente de debilidad, de derrotas y fracasos. El convencimiento de los norteamericanos es que a pesar de las diferencias nacionales hay una serie de principios universales que hay que apoyar y así se logrará el éxito. Esto provoca, en primer lugar, una creciente falta de aceptación en muchas partes del mundo debido a su perseverancia y, en segundo lugar, resultados opuestos a los deseados.

Fiódor Lukiánov, redactor jefe de la revista 'Rusia en la política global'.

Versión reducida. Publicado originalmente en ruso en RIA Novosti.

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