Las grullas y el movimiento ecologista en Rusia

La naturaleza y sus condicionantes han sido cruciales. Fuente: ITAR-TASS.

La naturaleza y sus condicionantes han sido cruciales. Fuente: ITAR-TASS.

Recientemente hemos visto a Vladímir Putin hacer de ornitólogo y guiar a un grupo de grullas en su migración estival. Qué mejor gancho pues, para escribir un artículo sobre el ecologismo en Rusia.

Razones no faltan. La naturaleza y sus condicionantes han sido cruciales tanto para la formación de la identidad rusa como en su devenir histórico. En cualquier discusión sobre estos ámbitos se hablará del clima extremo del país, de la importancia para la agricultura de las tierras negras meridionales, del romance entre la estepa y el bosque en la cultura popular, y por supuesto de la dependencia económica de materias primas como gas, petróleo, madera, níquel, oro, diamantes, zinc, platino etc.

Relevantes académicos y filósofos como Serguéi Soloviev, Vasili Kliuchevski, Lev Gumilev,  Fiódor Tiútchev, Vasili Dokuchaev o Mark Bassin han estudiado cómo el medio ambiente influyó en el desarrollo de Rusia y en el carácter de su gente.

 Maxim Gorki exaltó que “el hombre, al cambiar la naturaleza, se cambia a sí mismo”. También las figuras políticas trataron el tema. Mijaíl Gorbachev aseguró que “la mayor atención de la gente por el la ecología es una muestra de la democratización de la sociedad y un factor central de la perestroika”, y Nikita Jruschev describió al ecologista como “un chico sano con botas que se tiende sobre una loma y con unos prismáticos mira a las ardillas comer nueces. Nosotros nos las podemos arreglar muy bien sin estos gandules”.

De acuerdo con la Organización Mundial del Comercio, cada año mueren unas 35.000 personas por accidente de tráfico en Rusia, 40.000 por envenenamiento etílico y 490.000 por enfermedades relacionadas con el medio ambiente.

Según explica el profesor de la Universidad de Glasgow Jonathan Oldfield, desde los años 90 el estado ruso ha ido recortando las inversiones y limitando estrategias para la protección del medio ambiente. Un ejemplo de ello es que en 2001 un 0.4% del presupuesto federal estaba dedicado a este propósito, mientras que en 2009 ni siquiera alcanzó el 0.1%.

Otros ejemplos claros son la disolución en el año 2000 de la agencia para la protección ambiental; las sucesivas enmiendas de la legislación ambiental (1998, 2004, 2006, 2006); o la persecución de activistas medioambientales.

Oldfield lo explica en base a la emergencia de políticas utilitarias de los recursos naturales, las cuales dan primacía a las ganancias económicas a corto plazo. Mientras que Alexéi Yablokov, fundador del centro para las políticas ambientales y líder del partido verde ruso, alerta que: “Rusia se enfrenta a unos desafíos ecológicos muy serios, los cuales afectan tanto a la naturaleza como a la salud de la población. Una muestra de eso está en la baja expectativa de vida de los rusos. Estos problemas son además acrecentados por la estrategia de des-ecologización aplicada por las autoridades”.

La transición rusa a la economía de mercado durante los años 90 fue aplicada de forma antiecológica sostiene Oleg Yanitski, sociólogo y miembro de la Academia Rusa de la Ciencia. En su opinión, la imposición de los modelos occidentales de economía de mercado sobre la sociedad fue un acto ideológico comparable con la imposición del comunismo en los años 20. “La prioridad del Estado fue mantener el sistema industrial a flote con estrategias depredadoras y de consumo intensivo de recursos, las cuales son ecológicamente peligrosas. 'Primero estabilización y después la ecología’ fue la respuesta de entonces”.

Sin embargo la preocupación institucional por la ecología nunca llegó, y nunca llegará si no es a través de una mayor implicación de la sociedad civil, debido al crónico e histórico carácter depredador del estado ruso.

Como argumenta Yanitsky en su libro 'Russian Environementalism' (Taus 2010), la protección del medio ambiente en Rusia siempre estuvo ligada a una mayor concienciación civil. Como ejemplos señala que los soldados que habían luchado en Europa en la Segunda Guerra Mundial observaron cómo el estilo de vida y los paisajes de los países vencidos eran mucho más equilibrados que el ruso, y consecuentemente intentaron aplicarlo al a vuelta.

La segunda paradoja se da gracias a la represión de la inteligentsia, ya que al coincidir en GULAGs y en migraciones forzadas crearon ‘oasis’ de educación medioambiental, con concepciones que acabaron aplicándose tras la rehabilitación masiva de los años 50.

El último paso a una mayor concienciación se dio en los años 70 y acabó en la perestroika. Los mismos trabajadores de los gigantes centros industriales soviéticos asumieron la degradación y el alto grado de peligro para la salud que suponía vivir en las nuevas ciudades.

Chernóbil, la desaparición del mar de Aral, las pruebas atómicas de Nóvaya Zemlia, Cheliabinsk,  Semipalatinsk… entraron en los debates políticos de la perestroika y en algunos casos, como el Báltico, contribuyeron a legitimar los discursos nacionalistas.

“A lo largo de sus 80 años, la URSS fue un laboratorio de los más divergentes modelos de modernización” escribe Yanitski. Además de la deforestación masiva, pruebas químicas y atómicas, y desastres nucleares, a la Unión Soviética se le puede atribuir la casi desaparición del mar de Aral. En 1947, el Aral era el cuarto lago más grande del mundo, cubría 68.900 metros cuadrados, tenía 1.083 kilómetros cúbicos de agua y su nivel de salinidad era de 10 por 1.000. En 2007 el agua cubría 13.900 kilómetros cuadrados, el volumen era de 75 kilómetros cúbicos de agua y la salinidad de 100 por 1000.

El cultivo intensivo de algodón en Asia Central y el irresponsable uso de pesticidas aniquiló este lago y la vida que conllevaba. La contaminación, la falta de agua limpia y el reiterado uso de químicos han provocado que la mortalidad infantil en la región sea de 111 por 1.000, y enfermedades como hepatitis, anemia, tuberculosis y cáncer se hayan extendido.

El plan previsto por las autoridades soviéticas para salvar el Aral era un mega trasvase desde los ríos siberianos de Irtysh y Ob’. Se le denominó “el proyecto del siglo” y llevaría agua hacia el Aral a través de la tundra y la estepa con tuberías de más de 2.200 kilómetros. Fue el propio Gorbachev quien bloqueó el proyecto una vez accedió al poder. 

Para entonces, el movimiento ecologista ya se había extendido por la Unión Soviética, aunque en Rusia estaba menos desarrollado que en otras repúblicas, donde ecología, nacionalismo y anti-imperialismo moscovita iban de la mano. Además, el espectro político ruso estaba más fraccionado (existían corrientes eco-socialistas, eco-conservadores, eco-fascistas, eco-críticos…), y el tamaño del país impedía una mejor coordinación y mayor identificación con lo que ocurría en otras regiones. Al final, al moscovita parece gustarle la geografía de su país en el mapa pero desconoce lo que pasa en Omsk, Krasnodar o Ufá (y parece no importarle).

En la actualidad, los movimientos ecologistas siguen incipientes en Rusia, tras continuos pasos atrás durante 20 años. Sus infraestructuras e intervenciones son muy limitadas, aunque están relativamente bien conectados con otros movimientos dentro y fuera del país.

Acciones de protesta, campañas de boicot, certificados de calidad, informes y apoyo consultivo… sus actividades son muy variadas, combinando ideología, cooperación institucional y trabajos a empresas para poder subsistir.

Según Maria Tsyiachniouk, investigadora del Centro Independiente para la Investigación Social de San Petersburgo, la diferencia entre las ONGs occidentales y las rusas es que las primeras se dedican a actividades concretas, cada una juega un rol distinto, y unas buscan consenso y otras oposición. Mientras que en Rusia, por la precaria situación de la sociedad civil y fuentes de financiación, las pocas ONG’s que hay tienen que hacerlo todo.

La verdadera protección ambiental no es hacerse un vídeo guiando grullas, ni ponerle un collar a un oso polar o cazar tigres (heroísmo programado), sino evitar la destrucción de entornos naturales y desarrollar actividades económicas que acaben con el modelo depredador y la dependencia de las exportaciones de recursos naturales.

Hay motivos para el optimismo. En los últimos años la concienciación social respecto a los problemas ambientales ha aumentado, e incluso se han organizado acciones en defensa del bosque Jimki de la región de Moscú (donde la construcción de una autopista planea destrozar la biosfera del lugar); Y el parque Udelni de San Petersburgo , donde las opresiones urbanísticas han reducido la superficie del espacio natural de 150 hectáreas a 111 en un solo año, 2011 debido a centros comerciales, gasolineras y parkings aprobados por el ayuntamiento.

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