¿Cuánta atención prestan los rusos a Pussy Riot?

Han pasado poca más de diez días desde que un tribunal ruso sentenciase a tres integrantes de Pussy Riot a dos años de prisión. Fuente: ITAR-TASS

Han pasado poca más de diez días desde que un tribunal ruso sentenciase a tres integrantes de Pussy Riot a dos años de prisión. Fuente: ITAR-TASS

Han pasado poca más de diez días desde que un tribunal ruso sentenciase a tres integrantes de Pussy Riot a dos años de prisión por su “oración punk” anti-Kremlin en la catedral de Moscú.

El padre Borís, sacerdote en una iglesia rural a unos 100 kilómetros de la capital rusa, tiene otras cosas en la cabeza. “No pienso en ello”, dijo sobre el asunto Pussy Riot. “Yo desempeño mi cargo y ya está. De todos modos, este asunto ha sido sobredimensionado”.

Durante los últimos cuatro años, su iglesia, que se alzaba al lado de un río con unas espectaculares vistas a las praderas, ha sufrido un agotador proceso de renovación. Construida en 1841, al igual que muchas otras iglesias rurales, fue prácticamente destruida en los primeros años del comunismo: por entre sus ruinas pastaban las cabras. Mientras el padre Borís hablaba, continuaban los trabajos de construcción, y un obrero con barbas se dedicaba a soldar a su lado.

“¿Qué podemos haber nosotros si se trata de política? Nada. Lo nuestro es la fe”, dijo sonriendo.

Su actitud resignada sería poco común entre la clase media, entregada a las protestas, pero aquí, fuera de Moscú, es lo normal. La mayoría de los rusos medios simplemente no piensan en el caso Pussy Riot ni siquiera una mínima parte de lo que podría parecer desde el exterior, lo que contradice los temores de la oposición de que el asunto abriese una brecha en la sociedad. Y esto no es porque los rusos en general no tengan conciencia cívica: sencillamente, tienen otros problemas de los que ocuparse.

“Lo que hicieron fue un escándalo y deben ser castigadas”,  dice Elena, una profesora de música que realiza un voluntariado en el coro de la iglesia los fines de semana. “Quizá la sentencia es demasiado severa, pero eso lo decide el juez. Y respecto a que sea o no una cuestión política, también lo deben decidir ellos. Yo de eso no sé nada”, afirmó.

Occidente veía las gamberradas de Pussy Riot a través del prisma de la revuelta política y feminista: cuatro mujeres con pasamontañas de colores cantaban en play back una canción punk contra el presidente Vladímir Putin, cuya letra incluía blasfemias, en una iglesia, solo para subir la grabación resultante a YouTube.

En Rusia, el caso tocó una fibra de la clase media opositora, y consiguió una publicidad sin precedentes en el extranjero, hasta el punto de ser anunciado como un punto de inflexión en el desarrollo político de Rusia.

Pero, si se mira más de cerca, se ve que el asunto preocupa sólo a una clase media estadísticamente muy reducida.

Según un estudio que el Levada Center publicó el 17 de agosto, día del veredicto, un 44% de los encuestados consideraban que el juicio a Pussy Riot fue “justo, objetivo e imparcial”. Solo un 25% creía que el veredicto era el resultado de una venganza personal de la Iglesia Ortodoxa y el Kremlin, mientras que un 41% consideraba que el juicio reflejaba el hecho de que muchos cristianos ortodoxos se sintieron ofendidos por la actuación de Pussy Riot.

“Sí, somos conscientes de que ha habido reacciones acaloradas. Pero no me atrevería a decir que toda la sociedad ha reaccionado de esa manera”, afirmó Lev Gudkov, presidente del centro de encuestas Levada, según recogió Gazeta.ru. “Solo un 15%-18% de los encuestados estaban prestando atención al caso, el resto se mostró bastante indiferente”.

Los rusos están sacando conclusiones sobre las implicaciones del caso (como las relaciones entre Iglesia y Estado, y si las dos instituciones son demasiado cercanas) pero cada uno a su manera.

“El juicio sacó a la luz problemas ya existentes, pero estos problemas son distintos en distintos sitios”, comenta Andréi Zolotov, un periodista especializado en asuntos religiosos que trabaja en Moscú.

“Por ejemplo, en la región de Voronezh, los residentes locales no están tan preocupados sobre Pussy Riot como sobre los planes para el desarrollo de una mina de níquel en el área. El movimiento de protesta se ha movilizado contra estos planes tanto como lo hizo tras las elecciones presidenciales y parlamentarias en Moscú. Y más importante, al igual que ha pasado con el caso Pussy Riot, muchos habitantes de la zona se preguntan sobre el papel de la Iglesia. ¿Está del lado de la gente o de las autoridades? Esta cuestión está empezando a tener relevancia en varios conflictos entre el pueblo y el poder”.

Si la sociedad está dividida no es tanto por si las integrantes de Pussy Riot deben ir a la cárcel, sino por otros asuntos, mucho más importantes, que existían ya antes de que surgiese el caso.

Artiom Toropov, un abogado moscovita que asistió al aluvión de protestas antigubernamentales de este año, expresó una opinión moderada sobre el Kremlin y sus acciones, pero se mostró preocupado por el abismo que se abre entre él y una gran parte de la población.

“Me asusta la reacción de la gente, el hecho de que entre un 40% y un 60% considerase que el juicio fue justo”, comentó. “Si Occidente tomase en consideración cómo está reaccionando la mayoría de la población, verían que hemos vuelto a la Rusia del XIX: la nobleza ilustrada y la masa que, en su mayor parte, no los apoya”.

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