Los desafíos globales de la economía, según Putin

Vladímir Putin y Barack Obama. Fuente: AP

Vladímir Putin y Barack Obama. Fuente: AP

Con el inicio de la Cumbre del G-20 en la ciudad mexicana de Los Cabos, Vladímir Putin ha expuesto cuáles son, según el, los retos a los que se enfrenta la economía global. El crecimiento de los países emergentes y la crisis financiera, que sobre todo afecta a los países más desarrollados, marcan el devenir.

El lunes 19 se ha iniciado en la ciudad mexicana de Los Cabos (Baja California) la séptima Cumbre del G-20, grupo creado en 1999 y en el que participan los miembros del G-8 (Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá y Rusia) con once Estados de los denominados emergentes (Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, India, Indonesia, México, Sudáfrica, Turquía), y la Unión Europea. Desde 2008 España y los Países Bajos tienen estatus de invitados permanentes, y participan en todas las reuniones del G-20.


La Federación Rusa está representada en la Cumbre por el Presidente Vladímir Putin, que ha aprovechado el encuentro para reunirse por primera vez con el Presidente estadounidense Barack Obama tras su regreso al Kremlin pasado del 7 de mayo. En plena tormenta financiera y con una crisis de la zona euro que parece no tener fin, en vísperas de la Cumbre Putin ha publicado un artículo en el diario mexicano 'El Universal', bajo el título El Grupo de los Veinte y los desafíos globales de la economía, cuyo contenido se resume y analiza a continuación. 


Según el Presidente ruso, el inicio de la crisis económico-financiera hace cuatro años supuso un relanzamiento del G-20, que agrupa el 90% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial, ante la constatación de que en el mundo globalizado ningún Estado permanece inmune al contagio de una crisis de esas dimensiones, lo que a su vez exige una mayor coordinación de sus políticas económicas. De ese modo, el G-20 pasó de ser un foro informal de reunión de Ministros de Finanzas al principal marco dónde afrontar los problemas económicos y financieros globales.


De esas primeras consideraciones se pueden extraer interesantes conclusiones. Una es la constatación de que el G-20 ha eclipsado en cierto modo al G-8. Éste agrupaba sólo a las naciones más industrializadas del mundo conforme al modelo económico occidental-liberal, siendo en cierto modo un club exclusivo poco abierto a otros modelos socioeconómicos y a las opiniones de otros actores. Sin embargo ese planteamiento, que en el periodo inmediatamente posterior a la Guerra Fría podía ser válido, no es asumible en el nuevo siglo, cuando, por ejemplo, la economía de China ya es la segunda a nivel mundial. 


Por otra parte, también es destacable que gracias al G-20 se evitó la tentación, al inicio de la crisis, de recurrir al proteccionismo y al levantamiento de barreras al libre comercio, ya que eso hubiese agravado los problemas a medio y largo plazo. Por el contrario, en 2009 se decidió la creación de un 'Consejo de Estabilidad Financiera' que pudiese establecer unas reglas de juego acepadas por todos los estados. Si a esto unimos la consolidación de la Unión Aduanera de Rusia, Bielorrusia y Kazajstán, y la inmediata entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC), tras dieciocho años de negociaciones, se concluye que el Kremlin está apostando por una mayor integración de su economía en el entorno, lo que se refleja en la mención de Putin a la necesidad de sacar del actual punto muerto a la ronda de Doha.


A continuación, Putin resume algunos de los principales problemas sistémicos que siguen aquejando a la economía mundial, como la debilidad de los sistemas financieros y la falta de balances presupuestarios en forma de déficit público y de un crecimiento del nivel de endeudamiento que supera los límites razonables en porcentaje del PIB. Sin embargo, y a pesar del carácter global de la crisis, se constata que ésta afecta principalmente a los países más desarrollados, mientras que los emergentes crecerán hasta 2017 a un ritmo 3,5 veces superior al de aquellos.


En el caso de Rusia, Putin afirma que su crecimiento del 4,3% anual es el mayor de Europa, sus reservas de oro y divisas las terceras del mundo, y su sistema bancario resistente a las fluctuaciones de los mercados. La deuda privada es de tan sólo un 10,6% del PIB (un 87% en España), y la deuda pública en mayo de 2012 estaba en un nivel del 9,2% del PIB (en Estados Unidos alcanza el 102%). A ello se une un superávit en las cuentas públicas de un 0.8% en 2011, y una balanza comercial favorable casi 200.000 millones de dólares.


Efectivamente, es la conjunción de la deuda acumulada por estados y particulares uno de los grandes lastres para la recuperación económica, hasta el punto de que en Estados Unidos se ha llegado a considerar una grave amenaza para los cimientos de su seguridad nacional. Ese es un problema que no sufre Rusia, pero su estructura económica sí que tiene una serie de características específicas que hay que tener presentes, pues pueden representar un problema de futuro.


Con respecto al superávit de las cuentas públicas, y como afirma el propio Putin en su artículo, de no contar el Estado con los enormes ingresos de la venta de hidrocarburos, el déficit presupuestario sería notable. Por lo tanto, una bajada en los precios de los recursos energéticos, aunque no parezca probable, afectaría gravemente a Rusia y a su capacidad de crecimiento económico. Sólo el petróleo supone un 8% del PIB, un 50% de las exportaciones, y más de un 25% de los ingresos del presupuesto federal. Por desgracia, hasta la fecha no han sido muy efectivos los intentos del Gobierno ruso de diversificar su economía, de modo que no dependa en un grado tan alto de la mera exportación de materias primas.


Por otra parte, el mercado bancario tiene un papel menor en la economía rusa que en la de Occidente, dada la tradicional desconfianza que lleva a la población a guardar sus ahorros en casa, lo que unido a la economía sumergida supone que, según algunas estimaciones, casi un 75% de las transacciones comerciales se realizan sin intermediación bancaria. La inflación sigue siendo relativamente alta, en torno al 6.5% (nada que ver en todo caso con las cifras de la etapa Yeltsin), y el Índice de Gini, que plasma la diferencia de renta entre los más favorecidos y los más pobres, continúa en valores altos, lo que indica la debilidad de la incipiente clase media rusa. 


Los dirigentes rusos son plenamente conscientes de esos problemas, y en su artículo Putin afirma que “hace falta acelerar las transformaciones” mediante una serie de medidas: la mejora radical del clima de inversiones, la creación de condiciones competitivas para hacer negocios en Rusia, el levantamiento de restricciones en infraestructuras, el aumento de la calidad del capital humano, y la modernización general de la economía. El diagnóstico no puede ser más correcto, pero por supuesto lo complicado es llevarlo a la práctica. En ese sentido, el periodo presidencial de Medvédev (2008-2012) intentó ser el de la renovación de las infraestructuras, del desarrollo del conocimiento con proyectos como Skólkovo, de las reformas en la administración, de la lucha contra la corrupción, etc. Sin embargo, los resultados no han respondido a las altas expectativas, y el Presidente Putin deberá profundizar en ese camino si quiere que Rusia saque ventaja de las favorables condiciones macroeconómicas expuestas.


En ese sentido, la asociación estratégica Unión Europea-Rusia, relativamente bloqueada desde que caducó en 2007 el 'Acuerdo de Asociación y Cooperación', es clave para ambos actores, ya que los puntos fuertes de uno son los puntos débiles del otro, lo que debería dar lugar a una relación biunívoca y simbiótica mutuamente beneficiosa. La 'Asociación por la Modernización' suscrita en 2009 ha tenido un impacto limitado y es claramente insuficiente, por lo que las propuestas rusas de una 'Unión Euroasiática', con un mercado único del Atlántico a Vladivostok, si bien se adivinan excesivamente ambiciosas, deben estar en la base del debate y muy presentes en las agendas políticas de los próximos años. 

El lunes 19 se ha iniciado en la ciudad mexicana de Los Cabos (Baja California) la séptima Cumbre del G-20, grupo creado en 1999 y en el que participan los miembros del G-8 (Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá y Rusia) con once Estados de los denominados emergentes (Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, India, Indonesia, México, Sudáfrica, Turquía), y la Unión Europea. Desde 2008 España y los Países Bajos tienen estatus de invitados permanentes, y participan en todas las reuniones del G-20.

La Federación Rusa está representada en la Cumbre por el Presidente Vladímir Putin, que ha aprovechado el encuentro para reunirse por primera vez con el Presidente estadounidense Barack Obama tras su regreso al Kremlin pasado del 7 de mayo. En plena tormenta financiera y con una crisis de la zona euro que parece no tener fin, en vísperas de la Cumbre Putin ha publicado un artículo en el diario mexicano “El Universal”, bajo el título “El Grupo de los Veinte y los desafíos globales de la economía”, cuyo contenido se resume y analiza a continuación.

Según el Presidente ruso, el inicio de la crisis económico-financiera hace cuatro años supuso un relanzamiento del G-20, que agrupa el 90% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial, ante la constatación de que en el mundo globalizado ningún Estado permanece inmune al contagio de una crisis de esas dimensiones, lo que a su vez exige una mayor coordinación de sus políticas económicas. De ese modo, el G-20 pasó de ser un foro informal de reunión de Ministros de Finanzas al principal marco dónde afrontar los problemas económicos y financieros globales.

De esas primeras consideraciones se pueden extraer interesantes conclusiones. Una es la constatación de que el G-20 ha eclipsado en cierto modo al G-8. Éste agrupaba sólo a las naciones más industrializadas del mundo conforme al modelo económico occidental-liberal, siendo en cierto modo un club exclusivo poco abierto a otros modelos socioeconómicos y a las opiniones de otros actores. Sin embargo ese planteamiento, que en el periodo inmediatamente posterior a la Guerra Fría podía ser válido, no es asumible en el nuevo siglo, cuando, por ejemplo, la economía de China ya es la segunda a nivel mundial.

Por otra parte, también es destacable que gracias al G-20 se evitó la tentación, al inicio de la crisis, de recurrir al proteccionismo y al levantamiento de barreras al libre comercio, ya que eso hubiese agravado los problemas a medio y largo plazo. Por el contrario, en 2009 se decidió la creación de un 'Consejo de Estabilidad Financiera' que pudiese establecer unas reglas de juego acepadas por todos los estados. Si a esto unimos la consolidación de la Unión Aduanera de Rusia, Bielorrusia y Kazajstán, y la inmediata entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC), tras dieciocho años de negociaciones, se concluye que el Kremlin está apostando por una mayor integración de su economía en el entorno, lo que se refleja en la mención de Putin a la necesidad de sacar del actual punto muerto a la ronda de Doha.

A continuación, Putin resume algunos de los principales problemas sistémicos que siguen aquejando a la economía mundial, como la debilidad de los sistemas financieros y la falta de balances presupuestarios en forma de déficit público y de un crecimiento del nivel de endeudamiento que supera los límites razonables en porcentaje del PIB. Sin embargo, y a pesar del carácter global de la crisis, se constata que ésta afecta principalmente a los países más desarrollados, mientras que los emergentes crecerán hasta 2017 a un ritmo 3,5 veces superior al de aquellos.

En el caso de Rusia, Putin afirma que su crecimiento del 4,3% anual es el mayor de Europa, sus reservas de oro y divisas las terceras del mundo, y su sistema bancario resistente a las fluctuaciones de los mercados. La deuda privada es de tan sólo un 10,6% del PIB (un 87% en España), y la deuda pública en mayo de 2012 estaba en un nivel del 9,2% del PIB (en Estados Unidos alcanza el 102%). A ello se une un superávit en las cuentas públicas de un 0.8% en 2011, y una balanza comercial favorable casi 200.000 millones de dólares.

Efectivamente, es la conjunción de la deuda acumulada por estados y particulares uno de los grandes lastres para la recuperación económica, hasta el punto de que en Estados Unidos se ha llegado a considerar una grave amenaza para los cimientos de su seguridad nacional. Ese es un problema que no sufre Rusia, pero su estructura económica sí que tiene una serie de características específicas que hay que tener presentes, pues pueden representar un problema de futuro.

Con respecto al superávit de las cuentas públicas, y como afirma el propio Putin en su artículo, de no contar el Estado con los enormes ingresos de la venta de hidrocarburos, el déficit presupuestario sería notable. Por lo tanto, una bajada en los precios de los recursos energéticos, aunque no parezca probable, afectaría gravemente a Rusia y a su capacidad de crecimiento económico. Sólo el petróleo supone un 8% del PIB, un 50% de las exportaciones, y más de un 25% de los ingresos del presupuesto federal. Por desgracia, hasta la fecha no han sido muy efectivos los intentos del Gobierno ruso de diversificar su economía, de modo que no dependa en un grado tan alto de la mera exportación de materias primas.

Por otra parte, el mercado bancario tiene un papel menor en la economía rusa que en la de Occidente, dada la tradicional desconfianza que lleva a la población a guardar sus ahorros en casa, lo que unido a la economía sumergida supone que, según algunas estimaciones, casi un 75% de las transacciones comerciales se realizan sin intermediación bancaria. La inflación sigue siendo relativamente alta, en torno al 6.5% (nada que ver en todo caso con las cifras de la etapa Yeltsin), y el Índice de Gini, que plasma la diferencia de renta entre los más favorecidos y los más pobres, continúa en valores altos, lo que indica la debilidad de la incipiente clase media rusa.

Los dirigentes rusos son plenamente conscientes de esos problemas, y en su artículo Putin afirma que “hace falta acelerar las transformaciones” mediante una serie de medidas: la mejora radical del clima de inversiones, la creación de condiciones competitivas para hacer negocios en Rusia, el levantamiento de restricciones en infraestructuras, el aumento de la calidad del capital humano, y la modernización general de la economía. El diagnóstico no puede ser más correcto, pero por supuesto lo complicado es llevarlo a la práctica. En ese sentido, el periodo presidencial de Medvédev (2008-2012) intentó ser el de la renovación de las infraestructuras, del desarrollo del conocimiento con proyectos como Skólkovo, de las reformas en la administración, de la lucha contra la corrupción, etc. Sin embargo, los resultados no han respondido a las altas expectativas, y el Presidente Putin deberá profundizar en ese camino si quiere que Rusia saque ventaja de las favorables condiciones macroeconómicas expuestas.

En ese sentido, la asociación estratégica Unión Europea-Rusia, relativamente bloqueada desde que caducó en 2007 el “Acuerdo de Asociación y Cooperación”, es clave para ambos actores, ya que los puntos fuertes de uno son los puntos débiles del otro, lo que debería dar lugar a una relación biunívoca y simbiótica mutuamente beneficiosa. La “Asociación por la Modernización” suscrita en 2009 ha tenido un impacto limitado y es claramente insuficiente, por lo que las propuestas rusas de una “Unión Euroasiática”, con un mercado único del Atlántico a Vladivostok, si bien se adivinan excesivamente ambiciosas, deben estar en la base del debate y muy presentes en las agendas políticas de los próximos años.

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