El Bolshói y el Colón: la pasión sigue intacta

El teatro Bolshói de Moscú. Foto de Itar Tass.

El teatro Bolshói de Moscú. Foto de Itar Tass.

El Bolshói y el Colón son dos teatros conocidos internacionalmente que mantienen lazos desde hace mucho tiempo y todavía perduran en la actualidad.

El Teatro Bolshói de Moscú y el Teatro Colón de Buenos Aires se ven hoy hermanados por un hecho de buen agüero: desde 2011 y 2010, respectivamente, ambos lucen sus salas renovadas gracias a un cuidado proceso de restauración, que en el caso del teatro moscovita implicó además el restablecimiento de ornamentos y estilos borrados por el anterior régimen.

 

En perspectiva histórica, el Bolshói carga con la tradición más rica de su pueblo desde el nacimiento de su compañía en 1776. En 1825 abre su edificio, sujeto a numerosos avatares que desembocan en una reconstrucción total en 1856. Hay algunas coincidencias con la lejana realidad del Río de la Plata: este mismo año es cuando se abre el Teatro Solís de Montevideo, y se dan los toques finales a la construcción del viejo Colón, ubicado en la Plaza de Mayo, que abriría al año siguiente con La Traviata.

 

Cabe señalar que el término 'Bolshói' significa 'grande', el teatro destinado a ópera y ballet, por oposición a 'Mali' o pequeño, que alude a las salas para el teatro en prosa. Por tanto, también San Petersburgo –cuya tradición se basa en el Teatro Mariinski, ex Kírov- contó con un 'Bolshói', el 'Kameni' o 'gran teatro de piedra', también llamado Imperial, que funcionó donde hoy se erige el Conservatorio de Música. Pero hoy por hoy, Bolshói es sinónimo de la legendaria sala moscovita y sus hitos en la arena del canto y el ballet.

 

El bajo más alto

 

El primero de los vínculos entre el actual Colón de la calle Libertad y el Bolshói estuvo dado por la presencia, desde la temporada inicial de 1908, de Fiódor Shaliapin. Ya en la función extraordinaria del 14 de julio de ese año, en la que se ofrecía Rigoletto, el legendario bajo cantó La Marsellesa en homenaje a un nuevo aniversario de la Revolución Francesa.

 

Dos días antes había debutado en el papel protagonista en Mefistófeles de Arrigo Boito, junto a Amedeo Bassi y Maria Farnetti, como parte de la Gran Compañía Lírica Italiana dirigida por Luigi Mancinelli, encargada de inaugurar el Colón. Ese mismo año, Shaliapin interpretó Don Basilio en El barbero de Sevilla (junto a Titta Ruffo como Fígaro) y Leporello en Don Giovanni (también con Ruffo en el rol titular).

 

Habría que esperar hasta 1930 para que Shaliapin regresara para hacer nuevamente Don Basilio en El barbero… y el papel principal de Borís Godunov, en una versión que tuvo su singularidad: el personaje de Borís se cantó en ruso, mientras el resto del elenco –y hasta el coro- lo hizo en italiano.


La persistencia de Borís Godunov de Musorgski (en la brillante orquestación de Rimski-Korsakov) como favorito de las temporadas líricas porteñas muestra de manera elocuente la relación entre el Bolshói –donde se estrenó el título en 1888- y el Colón. Por otro lado, el hecho, que hoy parecería inaceptable, de cantar esta ópera en otro idioma, o en versiones mixtas, no sólo era una práctica usual en esas épocas, menos puristas y quizá más apasionadas, sino un símbolo del universalismo de la pletórica inmigración argentina.

 

Borís Godunov se estrenó en el Colón en 1909 y se repuso en 1910, 1916 y 1921, siempre en italiano. En 1924 se dio la primera versión en ruso, pero con el coro todavía cantando en italiano. Habrá que esperar hasta 1975 para la primera versión integral rusa, y hasta 2006 para la versión original de Musorgski, con su propia orquestación.

 

Otro de los títulos que ha quedado como prueba del impacto de la cultura rusa en la vida operística argentina ha sido el de Lady Macbeth de Mtsensk, de Dmitri Shostakóvich. Estrenada en el Bolshói en 1935, llegó al Colón después de una larga polémica como apertura de la temporada 2001, dirigida por Mstislav Rostropóvich y con puesta en escena de Sergio Renán.

 

En 2010, el Teatro Argentino de La Plata decidió poner su propia versión con elementos locales, reviviendo el impacto de la ofrecida diez años atrás. En su elenco contó con Natalia Kreslina, cantante proveniente del Bolshói.

 

Batutas ilustres

 

Un fuerte vínculo puede señalarse también entre los directores musicales del Bolshói, en general eminentes maestros de la dirección orquestal, y las temporadas del Colón.

 

Uno de los más fecundos fue el establecido entre Yuri Simonov, que rigió los destinos de la sala moscovita entre 1970 y 1985, y la Filarmónica de Buenos Aires. Simonov ocupó el podio de la orquesta porteña en 1980, 1982 y en 1984, cuando dirigió con alta repercusión las seis sinfonías de Tchaikovski, además de ofrecer una recordada conferencia de prensa en la Sociedad Argentina de Relaciones Culturales con la entonces URSS.

 

Mark Ermler (director del Bolshói entre 1998 y 2000) asumió en el Colón tres de los más relevantes títulos de la operística rusa: La dama de picas (con un inolvidable Vladímir Atlantov, 1995), EvgueniOneguin (con Dmitri Hvorostovsky, 1997) y Jovánchina (en el marco de la visita de los cuerpos del Kirov, 1998).

 

Fue también Jovánchina el título que permitió conocer en el podio de la Orquesta Estable del Colón a Alexánder Lazarev (cuya gestión en el Bolshói se extendió entre 1987 y 1995). Fue en la temporada 1982, con la gran Elena Obraztsova, a quien el Bolshói vio debutar en 1963 como Marina en Borís Godunov, y Nikolai Ghiuselev. La Obraztsova volvería al Colón en 1989, para hacer Amneris en Aida.

 

Evgueni Svetlanov (director del Bolshói entre 1963-1965) visitó el Colón con la Orquesta Sinfónica Estatal Rusa (antigua Sinfónica del Estado de la URSS) en 1996, con una notable Novena de Mahler, el Poema del éxtasis de Scriabin, y una obra propia (Amanecer en el campo). Es recordado por su gesto imponente, una toalla y un pequeño ventilador instalado en el podio.

 

Finalmente, no puede dejar de mencionarse a Guennadi Rozhdestvenski, quien rigió los destinos del Bolshói en dos periodos (1965-1970 y 2000-2001). Con su grueso cigarro, fue uno de los más importantes exponentes del sinfonismo ruso. En 1983 visitó el Colón con la Sinfónica de Viena y estrenó en la Argentina el final modificado de la Cuarta de Bruckner. Su hijo Sasha, excelso violinista, se presentó con la Filarmónica de Buenos Aires en 2011, con el Concierto de Glazunov, en una velada en la que se interpretó una de las más extensas sinfonías del repertorio, dedicada a un héroe nacional: Ilya Muromet's, de Reinhold Glière. La respuesta del público demostró, una vez más, que la pasión por la cultura rusa sigue intacta.

 

Daniel Varacalli Costas es responsable de Publicaciones y Director de la Revista del Teatro Colón.

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