Pushkin, un ángel consolador que vela por los corazones rusos  

Fuente: Flickr/ ajbunsby

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Pushkin es sin duda el poeta más venerado por los rusos, aunque ha sido relativamente poco valorado en Occidente.

Si hay alguien a quien los rusos veneran como su bardo nacional y mayor genio literario, ese es sin duda Alexánder Sergúeievich Pushkin  (1799-1837). El crítico Apolón Grigóriev sentenció en una famosa frase: “Pushkin es nuestro todo”. En palabras de Gógol: “Pushkin es un fenómeno extraordinario y quizá la única expresión del espíritu ruso”. Para Dostoievski, Pushkin era “la cima de la perfección artística”. Pushkin es el 'profeta' de la literatura rusa; sus frases impregnan la lengua rusa como las de Shakespeare el inglés. Sin embargo, aunque las obras de Pushkin “representan la cúspide de la brillantez de todo el arte literario ruso” y, si bien los rusos lo veneren  tanto como los anglosajones reverencian a Shakespeare y los alemanoparlantes a Goethe, Pushkin sigue siendo relativamente poco valorado en Occidente, al menos en comparación con sus herederos literarios.

El primer impedimento para disfrutar de Pushkin en Occidente ha sido la falta de traducciones adecuadas en verso. Resulta difícil transmitir su majestuosa ligereza. Con demasiada frecuencia, los versos de Pushkin, tan sencillos y magníficos en el original, incluso bien vertidos al inglés causan un efecto incongruentemente cómico, debido a que sus traductores, ante todo académicos, se han esmerado en hacerlo sin ser especialistas en versificación, y sólo muy excepcionalmente esa tarea ha recaído en auténticos poetas. Los resultados más acertados suenan, en el mejor de los casos, como Cole Porter o W. S. Gilbert, pero a nada remotamente parecido a Pushkin en Rusia. Muchos estudiosos, intimidados sobre todo por Nabokov, se han rendido y han optado por traducir las obras de Pushkin obedeciendo a una literalidad prosaica y escueta.

Para apreciar a Pushkin, se debe escuchar su musicalidad. Lo sublime de su genio se ha comparado acertadamente con el de Mozart: prodigiosas hazañas de creatividad, forjadas con una gracia aparentemente fácil, poder evocador, calidez, ingenio, pasión, gran musicalidad, ritmos originales y carácter juguetón. Y todo ello imbuido de cierta pureza divina, de una sabiduría nacida de la inocencia, de una claridad infantil, directa, dulce, natural, vigorosa y límpida. A menudo, ¡ay!, resulta aun más misteriosamente difícil de traducir por su aparente simplicidad. ¿Se imaginan describir la música de Mozart sólo con palabras? Nabokov presentó su traducción de ‘Eugenio Oneguin’ diciendo: “A mi ideal de literalismo he sacrificado todo (elegancia, eufonía, claridad, buen gusto, uso moderno e incluso la gramática…)”. Por desgracia, una traducción completamente literal de Pushkin produce un espécimen inerte –etiquetado cuidadosamente, tal vez, en una vitrina de cristal por el maestro lepidopterista-, pero sin la inefable gracia y belleza de una mariposa volando. 

“Ah, si todos sintieran como tú el arte de la música… Imposible: el mundo acabaría. Nadie ya se ocuparía de asuntos terrenales. La música iba a ser el centro de todo. Somos pocos los grandes elegidos; no abundamos los sumos sacerdotes de la belleza. Imprácticos, dejamos el lucro para otros”. (Trad. de José Emilio Pacheco).

Estas palabras, que corresponden al último discurso de Mozart en la obra ‘Mozart y Salieri’ de Pushkin, precursora del ‘Amadeus’ de Shaffer, habla de la relación solitaria entre el genio creador y el mundo que lo rodea. Pushkin insistía en la independencia sagrada del artista: “El propósito del arte no es producir ganancias sino crear belleza”. Sin embargo, la belleza es útil por su auténtico poder curativo. Se dice que los pitagóricos solían sanar las enfermedades con poesía, en la creencia de que ciertos versos de la ‘Odisea’ y la ‘Ilíada’ tenían poderes curativos excepcionales cuando se leían en voz alta y de forma apropiada. Pushkin fue el sumo sacerdote de la lengua rusa en la doctrina pitagórica de la Unidad y la Belleza. Como Homero, Pushkin alcanzó un poder indescriptible y un efecto dramático tanto por la sonoridad como por el significado de sus palabras, por su tono y ritmo, por su mágico conjuro: su hechizo.

Pushkin es atípico en muchos sentidos, porque rezuma una alegría pura y soleada de una manera que ningún otro ruso, antes o después, ha igualado. “Dicen que la tristeza es una buena escuela. Puede que así sea, pero la felicidad es la mejor universidad”. Es imposible colgarle una etiqueta a Pushkin, encasillar su genio: él sentía un impávido desprecio por las consignas y los eslóganes. Pushkin fue el sol de la poesía rusa, el poeta imperecedero del alma rusa, precisamente porque fue un recipiente de amor sin igual. “No hay verdad donde no hay amor”, dijo Pushkin. Y no hay amor donde no hay libertad.


En el aniversario del nacimiento de Pushkin, los rusos recitan sus versos y depositan flores frescas en el famoso monumento de la calle Tverskaya, en la plaza Pushkin de Moscú, donde Dostoievski pronunció su famoso discurso afirmando que Pushkin había alcanzado “la cima de la perfección artística al expresar la simpatía universal del alma rusa”. El monumento simboliza la inquebrantable dedicación de los ciudadanos rusos a su gran bardo nacional. El monumento más importante, sin embargo, no está en aquel de bronce, sino en los corazones de los hablantes de la lengua rusa que lo aman.

El famoso poema de Pushkin que lleva por título ‘El monumento’ es en realidad una improvisación sobre el tema que Horacio desarrolla en su gran Oda XXX, ‘Exegi Monumentum’. Horacio escribió: “No moriré del todo y una gran parte de mí evitará la muerte, yo seguiré creciendo, siempre joven con la alabanza futura, mientras al Capitolio el pontífice subirá con la virgen silenciosa”. Pushkin respondió: “No, no moriré del todo, el alma en la lira más recóndita sobrevivirá a las cenizas, escapará a la corrupción y seré glorioso, mientras en el universo, bajo la luna, un solo poeta viva”.

La gloria de Pushkin no está condicionada por los oropeles del efímero poder político. No requiere la aprobación de las altas instancias, ni proclamas, ni medallas. Tampoco la ayuda del gobierno o de la oposición. En cambio, la poesía, como un ángel consolador, se preservará en los corazones rusos, “mientras en nuestros corazones perdure el honor”. Y así, mientras cada año se conmemora a Pushkin, podemos estar agradecidos por las dos rosas imperecederas que el poeta legó a su pueblo: el amor y la secreta libertad interior. ¡Que florezcan por mucho tiempo!

Julian Henry Lowenfeld es poeta y traductor de literatura rusa.

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