Buscando a Brodsky en Venecia (I)

“Venecia, inspiración eterna de nuestro sosiego” se lee en la lápida de Serguéi Diághilev, unos de los rusos más ilustres que descansan en el veneciano cementerio de San Michele. Este fuerte lazo con la ciudad italiana no es patrimonio exclusivo del empresario artístico. Existe una larga nómina de artistas, ya no sólo rusos, sino de las más diversas latitudes, que han caído rendidos al influjo de esta ciudad irreal, reproducida y clonada hasta la saciedad. No obstante, se puede afirmar que, con Rusia, y en especial con San Petersburgo, hay un vínculo especial, patente en el apelativo que se le da a esta última: ‘la Venecia del norte’. Actualmente el interés persiste: Rusia aporta el 30% del total de visitantes a la capital del Véneto. Otro de sus visitantes más frecuentes fue Joseph Brodsky, cuyos restos también reposan en la isla de San Michele.

La fotógrafa Ewa Zebrowski expuso Remembering Brodsky en el pasado FotoFest dedicado a Rusia, una ‘flânnerie’ fotográfica tras los pasos del autor de Del dolor y la razón.
 

El ensayo de Brodsky Marca de agua fue un encargo del Consorzio Venezia Nuova. Por entonces, las administraciones italianas ya se preocupaban por los problemas de sostenibilidad de una ciudad permanentemente acechada por las particularidades de su geografía y la explotación turística. Requerir a una figura mediática de la talla de Brodsky para atraer el interés internacional parecía algo atinado, entendiendo que el ‘problema Venecia’ atañía a toda la humanidad. Y Brodsky era un candidato convencido de antemano. Para él, la ciudad era “la mayor obra de arte que nuestra especie ha producido”. Pero, aunque es indudable que Marca de agua es un ensayo sobre Venecia, no deja de ser una forma de autobiografía, en la tradición de la literatura romántica de viajes al Cáucaso o de la abundante producción del siglo XX, en la línea de Gumiliov, Mayakovski, Pilniak y Mandelstam, entre otros, que relataban sus experiencias en el extranjero. La condición de exiliado de Brodsky le diferenciaba, por definición, de lo que es un visitante o un turista. El mundo entero, para el exiliado, es el reverso de su país natal, todo aquello que no es su tierra.

Algunas ciudades han quedado emparentadas de por vida con los escritores que las abordaron en sus obras literarias para mostrarnos sus virtudes y sus defectos. El Dublín de Joyce, la Lisboa de Pessoa, la Praga de Kafka, el San Petersburgo de Dostoievski, el Londres de Charles Dickens, el Nueva York de Dos Passos, el París de Víctor Hugo, la Barcelona de Juan Marsé, el Tánger de Paul Bowles y… la Venecia de Joseph Brodsky. Sus textos y sus biografías, inseparables unos de otras, se han convertido en motivo de peregrinación. Nos seduce la fantasía de caminar por las mismas calles que autores o personajes transitaron por las páginas escritas. Confirmamos que nuestra imaginación, al leer tal o cual pasaje, no se equivocó en la arquitectura real de los espacios. O, si lo hizo, nos obliga a interpretar de nuevo todo lo leído.


Ewa Zebrowski presentó en la reciente edición del FotoFest de Houston una de estas versiones de viaje literario. Al igual que en Marca de agua, la fotógrafa canadiense de origen polaco nos muestra la Venecia eterna, construida de piedra y reflejos, como si de una investigación detectivesca se tratara, en busca de uno de sus célebres moradores. Esa otra ciudad de canales, de luces fantasmagóricas, por la que Joseph Brodsky se perdió tantas veces y en donde decía “estar listo para ocupar el fotograma de una película policiaca de bajo presupuesto”. Tal vez hubiera visto la película de Bond ‘Desde Rusia con amor’ y las escenas en Venecia, donde se mezclan por igual jugadores de ajedrez y agentes de la KGB.

 “El amor es un sentimiento desinteresado, una calle de dirección única”, explica Brodsky cuando intenta analizar su affaire enigmático e invernal con Venecia. “Ésa es la razón por la cual es posible amar ciudades, la arquitectura per se, la música, a los poetas muertos o dado un temperamento particular, a una deidad. Porque el amor es un asunto entre un reflejo y su objeto”.


Conversamos con Ewa Zebrowski acerca de Remembering Brodsky, una búsqueda fotográfica de Brodsky en Venecia que completaremos con una próxima entrega, en la cual entrevistaremos a la mexicana Valeria Luiselli, autora de ‘Papeles Perdidos’, un interesante ensayo que arranca con el viaje que la escritora hizo a Venecia, a fin de documentarse para un libro sobre el poeta y la ciudad de los canales.


    


Brodsky se autodefinió como judío, poeta ruso y ensayista inglés. Después de su marcha de la Unión Soviética se convirtió en el exiliado ruso más famoso. A veces. Brodksy sacaba a colación las palabras de Thomas Mann. Llegado a EE.UU. en 1938, un periodista de The New York Times le preguntó si su exilio era una carga demasiado pesada, a lo que él respondió: «Allí donde estoy, está la cultura alemana”. Tu biografía también aglutina muchos viajes y lenguas distintas que, de alguna manera, expresas mediante tu trabajo ‘Unraveling the dress of Jadwiga’ en el que “dialogas” con un vestido que conservas de tu abuela.


Soy hija de inmigrantes polacos en Vancouver. Nací en Londres y crecí entre Vancouver y Seattle. Luego nos mudamos a Quebec a mediados de la década de 1970. Me crío mi abuela, que no hablaba inglés. Se ocupaba de mí y de su jardín. Por Italia he sentido un amor que ha ido creciendo desde que trabajé en Roma en la década de 1980 con motivo de un proyecto cinematográfico para la embajada canadiense. Lo más curioso es que me planteé irme a vivir a Roma antes de conocer a mi marido. Me sentía más a gusto con el italiano que con mi lengua materna, el polaco, o el inglés y el francés. Estoy de acuerdo, pues, en que no es una cuestión de fronteras sino de elecciones personales.


 Brodsky, en su libro Marca de agua, muestra una gran conciencia del acto de mirar. De hecho, su padre era fotógrafo de prensa y, de ahí, su familiaridad con los conceptos fotográficos. Manifestó que la mirada precede a la escritura, el ojo a la mano. La madre de Brodsky, antes de ser contable, había trabajado como traductora del alemán. Imágenes, palabras…y Venecia.


Marca de agua es una de mis lecturas favoritas. Un amigo me prestó el libro en mi primer viaje a Venecia, en mayo de 2003. Fue mi descubrimiento de Brodsky. Participaba en un taller de Michael Ackerman y quise fotografiar Venecia en invierno y ‘buscar’ al poeta. Como él, recorrí las calles atenta a los reflejos de una ciudad-decorado que parece suspendida en el tiempo y la imaginación colectiva. Quería traducir las palabras de Brodsky en una serie de imágenes cuya narrativa reviviera la atmósfera de Marca de agua. No he querido ilustrar sino traducir a imágenes mediante mi propia sensibilidad.


En Marca de agua se alude a la única opción posible de asir lo infinito a través de lo finito: “Después de todo, un objeto es lo que hace del infinito algo privado”. Has definido tus fotografías como ‘detalles suspendidos en el tiempo’, una suerte de eternidad.


Sí, mis fotografías son detalles de un continuum y todo mi archivo es parte de ese continuum. En momentos concretos dejo escapar una imagen, como cuando se lanza un pájaro para que vuele. Creo que es un proceso difícil, decidir qué detalle escoger. Fotografiar es sólo una parte de ser fotógrafo. Luego está el laboratorio, la edición y la exposición. ¿Qué es mejor mostrar, en qué orden, con qué tamaño? Antes de eso, las imágenes ‘flotan’ en el negativo o en la tarjeta de memoria, listas para ser liberadas. Muchas veces, cuando busco significados y emociones en mi archivo, me siento una arqueóloga. Puede que el espectador también sea un arqueólogo que intenta reconstruir mi historia.


Brodsky, entre otros muchos trabajos de su época petersburguesa, participó en numerosas expediciones geológicas. La fuerte presencia de la piedra en Venecia, sólo interrumpida por el agua de los canales, le otorga categoría de monumento ‘geológico’ de la historia humana. El sólido de la piedra, el líquido de los canales y un tercer estado, el de la niebla, tan característica de la urbe.  ¿En qué territorio se sitúa la fotografía en una ciudad como ésta?


Me gusta la imagen que propones. Venecia es como una ensoñación, una ciudad de reflejos donde tenemos una percepción distinta del tiempo. Se convierte en un estado de ánimo que Brodsky captura en su libro. Después de tres o cuatro días en Venecia sentía que el suelo se movía... John Singer Sargent pintó Venecia desde una góndola. Algo parecido hicimos con unos amigos cuando alquilamos una pequeña lancha y esperamos la puesta de sol. Fuimos por el Gran Canal al caer el sol y me puse a fotografiar. Las mejores vistas de Venecia se captan desde el agua.


En la línea de tu trabajo sobre Brodsky, también has realizado uno sobre el poeta Robert Frost. Cuando estuvo exiliado en Norenskaya, Brodsky leyó mucho a Auden y a Frost…


He publicado tres libros fotográficos inspirados en poetas: Robert Frost, Mark Strand y Joseph Brodsky. Al conjunto lo he llamado ‘El círculo de poetas’. Strand, del que aparece un texto suyo en mi fotolibro era, además, amigo de Brodsky. Tardé en saber que la obra de Frost era una de las lecturas más importantes de Brodsky… y, de pronto, el círculo se completó.


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