La Revolución rusa desde una óptica diferente

Carmen Posadas. Foto de Marta Rebón.

Carmen Posadas. Foto de Marta Rebón.

Aunque ha sido presentada en varios medios como una de las escritoras más importantes de su generación, Carmen Posadas lamenta que a menudo la hayan valorado por aspectos extraliterarios.

Nacida en Montevideo en 1953, a los doce años cambió el paisaje del Río de Plata por la capital de España. La profesión de su padre, funcionario del cuerpo diplomático y ávido lector de Tolstói, la llevaría más tarde a Moscú, Londres o Buenos Aires. El ambiente de la diplomacia -la cocina de la política exterior- ha sido una fuente de inspiración para su particular dramatis personae. En él asoma la fauna del “nada es lo que parece”: esnobs, ricachones y la jet set más variopinta. Pero también mujeres de carácter, como, por ejemplo, su madre. Ahora, la autora, ganadora del premio Planeta en 1998 con Pequeñas infamias, valora más el tempo tranquilo del gin tonic que el del chupito de vodka, aunque sigue escribiendo sobre personajes capaces de actos arrebatados. Su próximo proyecto está centrado en una figura casi invisible, insertada en la corte del último zar: un pinche de cocina que sobrevive al asesinato de los Romanov.

Mientras la espero en el lobby del hotel Palace, que este año celebrará su primer centenario, me acuerdo de su novela Cinco moscas azules. Arranca en un restaurante lujosísimo de Londres donde el protagonista llega antes de lo previsto. Posadas, como su personaje de ficción, también llega a este lugar, que parece sacado de sus novelas, con unos minutos de antelación. Nos saludamos y, mientras aguarda a su hermano Gervasio, al que dedica la novela, deambula por el hotel que, durante siete semanas de 1936, fue sede de la embajada soviética. Ambos escribieron a cuatro manos su recién reeditado Hoy caviar, mañana sardinas, un homenaje, pasado por los fogones, a su madre, Bimba Mañé, y a su vida nómada y cosmopolita. Unidos por la vocación a las letras, juntos dirigen un taller de escritura creativa online. Cuando la familia Posadas al completo aterrizó en Madrid por primera vez -corría el año 1965- vivieron en el hotel de la competencia, el Ritz, donde, por el afán ahorrador de su madre, cocinaban en un infiernillo. Estos contrastes son la salsa de su último libro, impregnado de la filosofía Posadas: la vida es demasiado grave para tomársela en serio. Sobre estas y otras cuestiones conversamos con los dos autores:


Rusia ha sido un capítulo importante en vuestra familia debido a la profesión de vuestro padre. La llegada a Moscú fue bastante movida porque a la mudanza se juntó la boda de Carmen...


CP: Sí, me casé en 1972 en las Colinas de Lenin. Todos me preguntaban por qué me casaba en Moscú. La boda me sirvió para cumplir un deseo. Siempre íbamos a la Plaza Roja, donde se formaban colas quilométricas para ver a Lenin. Después de la ceremonia fui allí a que me tomaran las fotografías. Sabía que la tradición dictaba que las novias rusas fueran a llevarle el ramo a Lenin, igual que aquí se lleva a la Virgen de Atocha. Y me dije: “Ésta es la mía”. En efecto, me dejaron colarme. Cuando volví a casa y se lo conté a mi madre, no le hizo ninguna gracia. Gervasio vivió mucho más tiempo que yo en Rusia, pues es menor que yo, y se quedó con mis padres durante la época de Brézhnev. Ahí donde lo ves, es todo un pionero de la Unión Soviética. (Risas)


Vuestra madre tuvo que organizar los preparativos en un tiempo récord, con todas las cosas aún metidas en cajas por la reciente mudanza. En Hoy caviar, mañana sardina explicáis que, para hacer cualquier cosa, se topaba con la burocracia y el Ministerio de Exteriores soviético. Además, la maleta con el vestido de novia se fue para Tokio. Desde luego en Madrid habría sido más fácil…


CP: Nos parecía más bonita una boda en Rusia que una clásica en Madrid. En aquella época era sota, caballo o rey. O te casabas en el Palace o te casabas en el Ritz, que está muy bien, pero pudiendo hacerlo en Rusia… Mi madre empezó a buscar entre las pocas iglesias católicas de Moscú. No le gustó ninguna. Así que se fue a hablar con el Patriarca de la Iglesia ortodoxa y, no me preguntes cómo, lo convenció de que nos casara. Le dijo que iba a ser una ceremonia ecuménica, algo único en la historia, y que a la URSS le interesaba aquel gesto de hermandad entre los pueblos. Eso dice mucho de cómo es mi madre… Lo cierto es que no estaba muy contenta con ir a Rusia. Después de pasar una época muy divertida en Madrid se le hacía cuesta arriba aquel cambio. Pero, una vez allí, le fascinó el país. De hecho tiene una personalidad muy rusa, es apasionada y de contrastes. Le pasaron tantas cosas divertidas que siempre quiso escribir un libro al que pondría por título Pozhaluista, una palabra comodín que en Rusia se utiliza para todo. Decía: “para escribir el libro primero debo leer las memorias de Lenin” y se embarcaba en la lectura de no sé cuántos tomos.

Luego las memorias de Stalin… Siempre estuvo a punto de hacerlo pero nunca se decidió. Muchos años más tarde, Gervasio y yo decidimos presentarnos al premio literario Sent Soví, que distingue obras de temática gastronómica.


GP: El premio, además de la dotación económica, te da la posibilidad de escoger una cena en cualquier restaurante del mundo. Nosotros escogimos Moscú y fuimos con nuestras hermanas. No habíamos vuelto desde 1976. Fuimos a cenar al hotel Berlín, que aparece en el libro.

Seguía igual pero con otro nombre... Para escribir el libro, utilizamos el cuaderno de recetas de mi madre, en las que también había algunas anotaciones.


Así que las anotaciones del libro no son entradas reales de su diario…


CP: No, nosotros hemos utilizado su voz. De hecho hay mucho más material tomado de las memorias de mi padre. Él sí se preocupó en anotar sus vivencias en Moscú. Así que hay mucho de ese otro libro nunca escrito, el de mi padre.

¿Consideráis que es el lugar más 'exótico' donde habéis vivido, sobre todo por la lengua, tan difícil de practicar fuera de sus fronteras? ¿Llegasteis a aprender ruso?


GP: Yo sí, aunque lo he perdido. Aprendí ruso en el colegio y en los veranos iba a los campamentos de pioneros. Era una buena forma de conocer mejor la sociedad soviética, por entonces muy estratificada. Mis compañeros de campamento estaban muy politizados. Había pocos niños extranjeros de intercambio. El resto no perdía la ocasión de adoctrinarnos. Más tarde se relajó el tema. Uruguay no era un país tan importante como para merecer mayor ahínco.

Fue una época muy peculiar por todo lo que pasaba a nuestro alrededor. Daba la impresión de que vivíamos en una película de espías. Teníamos micrófonos en casa, te seguía la policía o se ponía gente en contacto contigo porque eran disidentes. Nuestro mejor recuerdo, sin duda, es la gente. Por fuera pueden parecer duros, pero luego son extremadamente generosos, afables, apasionados.


Vuestro padre era un lector voraz y le gustaba leeros cuentos. En tu caso, Carmen, has publicado mucha literatura infantil. Como escritores que sois los dos, ¿tenéis algún autor ruso de cabecera?


CP: Yo tengo una relación de amor-odio con Dostoievski. Me parece un grandísimo escritor aunque siempre me tengo que preparar mentalmente antes de leerlo. Es el autor que mejor ha captado el alma del ser humano.


GP: Quizás por la época y la temática fantástica me quedaría con Bulgákov. Además, vivíamos justo al lado de los Estanques del Patriarca, donde empieza El maestro y Margarita. Me interesan todas las vanguardias desde el punto de vista del arte y la literatura. Me gusta Maiakovski, los retratos que le hizo Ródchenko, tan potentes.


¿Qué otras conexiones tenéis con el arte ruso?


CP:En Rusia mis padres compraron bastantes cuadros considerados como arte subversivo…


GP: Están en casa de mi madre. Aunque las mujeres de los diplomáticos no pueden trabajar, ella, gracias a su formación en Bellas Artes, consiguió un permiso del gobierno para comprar iconos, restaurarlos y luego venderlos. Los diplomáticos sólo ganan algo de dinero cuando están destinados, de ahí el título del libro.


CP:La vida del diplomático está mitificada. Se cree la gente que estás todo el día con traje de lamé y tomando champán. Pero también está la parte de las sardinas, qué duda cabe.


Otra anécdota divertida del libro es la recepción sólo para mujeres a la que asiste vuestra madre, en un salón del Kremlin. En ella, las mujeres se sacan a bailar entre sí, como La Pasionaria o la cosmonauta Valentina Tereshkova.


CP:Sí, era el Día de la Mujer, un 8 de marzo, como hoy. Aquello lo vivió en primera persona nuestra hermana Dolores, la única que aún habla ruso. A ella la sacó a bailar la directora artística del Bolshói.


Carmen, has comentado que estás escribiendo un libro ambientado en Rusia.  No sé si este proyecto continúa adelante…


CP:Sí, está en pleno proceso, pero me da mal fario hablar de algo que todavía no existe. Me interesa la Revolución Rusa desde un punto de vista no muy manido, el de los criados, que, a pesar de ser muy cercanos a la corte, mantenían una distancia con ella. He tomado un personaje real de Ekaterinburgo, un pinche de cocina a quien, la misma mañana del fusilamiento, le dicen que se vaya a su casa, así que hasta unas horas antes está con los zares. Estoy leyendo varios testimonios para reconstruir ese momento; entre ellos, el de la persona que ordenó el fusilamiento. Preveo acabarlo en 2013.


Tus obras se han traducido a 23 lenguas, entre ellas el ruso. ¿Te sientes reconocida como escritora? ¿El personaje público ha eclipsado la obra?


CP:Pues me ha costado mucho obtener reconocimiento, que se leyeran mis libros y no se fijaran en aspectos extraliterarios. Hay cosas que la gente cree que ayudan, pero en verdad son un lastre. Pero me alegro porque soy una persona insegura y, si hubiera tenido éxito al principio, seguramente me habría bloqueado. En parte le debo mucho a Planeta. Antes del premio me habían traducido a 4 ó 5 idiomas y ahora ya van 23. Menos el último, todos están publicados en Rusia. Nos haría mucha ilusión que compraran los derechos de Hoy caviar…


Alguna vez has dicho que te sentías una desconocida en Uruguay.


CP:Sí, y me da mucha pena. Me suelen preguntar de dónde soy, porque he vivido mucho tiempo en España. Estoy muy agradecida a este país, mis hijas son españolas, pero no quiero renunciar a mis raíces y me siento muy uruguaya. Pero es cierto que en Uruguay, como se suele decir, no me dan mucha bola. Pero es la forma de ser de allí hacia los que tienen éxito fuera.


¿Planeas ambientar en el futuro alguna novela en Uruguay?


CP:Siempre incluyo un homenaje, ni que sea pequeño, a mi país: un personaje, una escena, una canción.

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