Historias de la Segunda Guerra Mundial

“Seguramente porque fui una de los que sobrevivieron, mis recuerdos sobre la guerra no se han borrado...”, Nina Novgoródova empieza su relato sonriendo. Es una magnífica interlocutora; su joven voz y el brillo en sus ojos me hacen olvidar por un instante que estoy entrevistando a una veterana. Cuando estos “veteranos” lucharon tenían 17 años. La guerra llegó a sus vidas en el momento en el que deberían haberse enamorado o haber hecho planes de futuro. Sin embargo, ellos se echaron a los hombros una carga demasiado pesada. Con 20 años se convirtieron en expertos, recibieron el rango de comandante y otros altos cargos. A pesar de su edad y su mala salud, han ido a exponer sus testimonios a escuelas, institutos y universidades. Son escuchados con interés, los acompañan hasta la estación y les piden que vuelvan de nuevo. La historia deja de ser un párrafo de un manual, y es entonces inevitable vivirla como propia.

Nina Andreevna Novgoródova, jefa del servicio médico de la brigada de tanques 111.


 En Vorónezh había un enorme aeródromo alemán. Y nuestra aviación entonces, en 1942, era todavía muy débil y poco numerosa. Y cada santo día vuelos de 20, 25, 30 aviones. Empiezan a las 9 de la mañana, en ocasiones antes. Llevan a cabo metódicamente una, dos y tres vueltas. Atacan en las posiciones adelantadas. Y nosotros estamos cerca, nuestro trabajo es recoger a los quemados y heridos. ¡Cada bombardeo da la sensación de que todo ha terminado! Pasan volando troncos, piedras, tierra, a veces incluso coches. Parece que nada va a sobrevivir. Pero pasa la primera etapa del bombardeo y miras: la tierra empieza a moverse. Hay, evidentemente, heridos, hay soldados abrasados. Y así cada dos horas o dos horas y media. Cuando trabajas no sientes el miedo. Y el nuestro era un auténtico trabajo, aunque terrible: una enfermera en el frente avanzado es una persona con las manos manchadas de sangre. Hubo combates tanto en verano como en invierno. Con el frío, vendar a los heridos es bastante más difícil, porque al ir ellos vestidos en sus capas de combate, chaqueta, pantalones… Tenía que abrirlo todo, cortarlo con cuchillos y volverlo a remendar.


Durante la guerra por primera vez me encontré con algo sorprendente: las posibilidades ocultas de las personas. Quizá a esto se le llama intuición. Lo explico un ejemplo; hay un bombardeo de día. Los alemanes bombardeaban en círculo, primero un círculo lejano, después cada vez más cerca. Casi en la sección médico-sanitaria. Nosotros, para protegernos de las bombas, cavamos hoyos y nos sentamos en ellos de tres en tres. Entonces, cuando los aviones pasaron en círculo cerca de nosotros me llené de una inesperada fuerza, salté la trinchera y me fui corriendo campo a través. Al final del campo vi un coche. Me refugié debajo de él. Tumbada, sentía como el bombardeo finalizaba. Me di la vuelta y vi que la trinchera había desaparecido.

Otra historia totalmente diferente fue cuando nos dieron a nosotras, a las enfermeras, impermeables americanos. Muy finos, de buena tela y pensamos: ¿cómo vamos a trabajar con esto? No sé a quién se le ocurrió hacer de las batas vestidos. Nuestros amigos fotógrafos, a los que les gustaba sacar fotos no sólo a los soldados de primera linea, sino también a las chicas, nos dijeron: “Pedid permiso e id al cuartel general. Allí hay un taller donde cosen y arreglan los uniformes de los oficiales. Así lo hicimos y fuimos. Todos los sastres eran hombres. Dejamos nuestros impermeables y preguntamos si era posible convertirlos en vestidos. El sastre al principio se rió, pero después dijo: está bien.  


En resumen, que salimos del taller con vestidos. Llegamos al pueblo y allí nos quedamos. Por la tarde, ataviadas con aquellos vestidos, nos atamos pañuelos de formas diferentes. Continuamente se nos acercaban chicos jóvenes. Tan pronto venían como se iban, nos miraban y no entendían nada. Al rato nos decían: “Chicas, ¡qué guapas estáis!”.
 
 

Vladímir Nikolaevich Kislitsyn, soldado raso, ametrallador.


Al principio fue terrible. Una vez vi cómo mi compañero yacía a mi lado. Estaba muerto. ¡Fue horrible! Pero después dejó de ser horrible. Como si jugases con juguetes. ¿De pequeños jugabais? Pues lo mismo. El corazón se vuelve de piedra. Pero te salvas de la bala, del proyectil. Corres, excavas con la pala, escondes la cabeza... El primer arma de un soldado es la pala. Hay silencio, hay tiempo... ¡Atrinchérate! En ocasiones cavas tanto que podrías ocultar tu cuerpo entero y otras veces sólo cabes a cuatro patas. Volaban balas, proyectiles y tú te atrincherabas. El equipo girta: “¡Adelante!”, lo dejas todo y empiezas a actuar. Pero la pala y el arma no las sueltas. Y la ametralladora la tienes bien a mano, es tu escudo. Es cierto que si cae un proyectil tu escudo no va a ayudarte.  Si un alemán te encuentra, tiene que eliminarte. Dispara el mortero. La primera vez no llega, a la segunda vuela y a la tercera llega al lugar exacto en el que estás. Una vez tuve que salir corriendo. Dio conmigo un francotirador. Estaba justo al lado. Me hirió y me llevaron al hospital.
 
 

Ekaterina Vasilevna Judórozhkova, cabo, exploradora.


Una vez estaba en una caseta cerca del puesto de mando. Cuando el enemigo nos sobrevolaba debíamos decir: “¡Aire!”. Así hice y se lo dije a mi jefe. Él me preguntó: “¿de dónde?”. Yo le contesté: “de tal dirección vuela un avión cargado (es decir, con bombas). Él contestó: “Informan de que los que vuelan son los nuestros”. Y yo digo: “¡No! Es el enemigo. Conozco sus señales e insisto: ¡es el enemigo! Acabamos con él”.


Después me quedé paralizada. Pensé: ¡He podido equivocarme! Habíamos estudiado el sonido del motor y eso se había quedado grabado en mi memoria. La exploración es un arma inteligente. Y después de algún tiempo vino el jefe de regimiento de personal y preguntó: “¿Dónde está vuestro explorador? Justamente yo estaba en la caseta. Él dijo: “Buen trabajo, he venido a daros las gracias”. Las chicas del servicio de inteligencia se quedaron sorprendidas: ¿cómo puede ser que teniendo el avión tan cerca no pudiésemos darnos cuenta de que era el de los fascistas?
 
 

Alexánder Nikolaevich Rafalski, mecánico y conductor de tanques de la brigada 55.


Llegamos a Nizhni Taguil, repostamos y salimos en dirección a Cracovia. Teníamos que tomar una de las ciudades que había de camino con un grupo de asalto de noche, cruzarla y reforzarnos en el otro extremo. Pero junto a una casa, desde un túnel, un alemán dio con un lanzagranadas directamente en un costado del tanque. El tanque se incendió. Lo que significaba que todo había terminado, había que correr. El comandante del tanque saltó fuera y el francotirador lo mató. Entonces, el comandante del cañón le sigue, y sucede lo mismo. Yo sigo en el tanque. Hace mucho calor, comienza a fluir gasolina y a inflamarse. Abro un poco la puerta para tomar aire fresco, miro y el alemán ya no está, quizás ha pensado que había matado a todos. Abro del todo la puerta: nadie dispara. Salto rápidamente del tanque y me meto en el túnel. Voy casi desarmado, llevo apenas una pistola alemana, disparo a 25 metros. Estoy tumbado en el túnel y oigo unos pasos. Me quedo callado. Espero con la pistola en la mano. El tanque arde, ilumina la esquina del túnel delante de mí. Veo una sombra. Hay un alemán. Cuando llega a mi altura, disparo. Le arranco su rifle de asalto y dos cornetines, esperando que todo haya acabado, ahora soy un héroe. Me voy por mi lado a alcanzar a los tanques.


En el año 2000, en conmemoración de la 60ª victoria, una delegación de veteranos fue a Alemania. Yo estaba entre ellos. Estuvimos en todas partes, incluso en los cementerios. ¡Cuidan muy bien las tumbas de nuestros soldados! Hay muchos monumentos vigilados por el gobierno y no noté ningún tipo de hostilidad por parte de los alemanes. Tampoco yo tuve ese sentimiento.
 
 

Nikolái Alexándrovich Cherepánov, mecánico de aviación IL-2.


¿Qué día fue el más feliz para mí? El 27 de enero. El día en el que acabamos con la toma de Leningrado. Yo era mecánico de aviones IL-2 de 999, regimientos de asalto. El día 27 de enero tiraron fuegos artificiales para celebrar que la toma de Leningrado había llegado a su fin. El día más triste fue el 14 de diciembre. Este día nos atacaron. Alcanzaron la bujía, empezó a gotear aceite y yo volé hacia el tirador, ni siquiera llevaba el paracaídas. Noté que algo goteaba sobre mí. Estaba herido, perdía sangre y la cabeza me daba vueltas. No sé cómo pudimos llegar a montarnos en el avión. El piloto nos llevó, en seguida me enviaron a la enfermería, me dieron varias inyecciones. No me hicieron transfusiones de sangre, aunque habría sido necesario. Estuve tres días en la enfermería y eso es todo.


Usted me pregunta que de dónde sacábamos las fuerzas. Amamos a nuestra patria. La defendemos. Mi padre murió en Stalingrado, a mi tío lo mataron. ¿Por qué después de la guerra me puse a trabajar de profesor de historia? Para hablar sobre la victoria, sobre el heroísmo, el honor y la dignidad. Les explico a los niños: “Nuestro legado no se queda en casa, en la casa de campo o en el dinero. Nuestro legado lo dejamos a nuestros hijos, a los que hemos criado y enseñado”. Pronto abandonaremos esta vida y todo se habrá acabado, por eso les repito a los niños: “Pronto este viejo no estará, el último soldado de este planeta. Miradlo antes de que sea tarde”.

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