Marina Lassen Brodtkorb: la tejedora de historias

"El cuerpo no calla" es la primera obra de Marina Lassen Brodtkorb. Se trata de un libro con tono autobiográfico de una escritora a la que le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson y comenzó a indagar en sus orígenes rusos.

Marina Lassen Brodtkorb narra parte de su vida en un libro que comenzó siendo un diario de viaje durante su visita a Moscú y San Petersburgo. Su apellido nórdico insinúa sus raíces. Algunos de sus antepasados son de origen ruso, y otros, sin ser nativos, se vieron altamente influenciados por la cultura rusa en general. Todos ellos tienen un merecido espacio en esta novela, pero indudablemente fue su abuela materna, Nadezhda Ivanovna Mateev, quien le produjo el interés por indagar, de quien recuerda la dulzura del idioma ruso y con quien compartió momentos inolvidables, incluida una promesa muy particular.


Su abuelo materno, Nikolái Nikoláyevich Miszkowski, era arquitecto/ingeniero civil de origen polaco. Su diploma era del Palacio de Ingenieros de San Petersburgo y ha trabajado en proyectos destacados en Argentina, como por ejemplo, en los planos del Hotel Llao Llao junto al reconocido arquitecto Bustillo. “Era un auténtico caballero. Leía cuentos de Chéjov todas las noches. Vivía todo con intensidad única y decía que la verdadera nobleza era la del espíritu”, recuerda Marina.


Muchos años más tarde en Buenos Aires, su nieta también obtendría el título de arquitecta, sin saber que luego se reencontraría con su primer amor: la escritura. “De chica me gustaba mucho escribir composiciones en la escuela y solía escribir largas cartas”, asegura. Durante su viaje, la mirada de Marina contrastó bastante con todas aquellas increíbles historias teñidas de nostalgia que había oído durante su niñez. No obstante, reconoce con sorpresa las similitudes que existen entre un país extenso y sufrido como Rusia y su joven patria latinoamericana.


El cuerpo no calla es  su primera obra y en ella se destaca el tono autobiográfico como eje central de narración. La delicadeza innata de su persona se ve plasmada en cada palabra escrita dedicada a alimentar el paralelismo entre temas diversos. A los 35 años a Marina le diagnostican Parkinson y a través de las preguntas precisas que le hizo su médico sobre sus orígenes,  renovó  la necesidad de investigar su historia.  La naturalidad con que es capaz de describir un recuerdo o comentar un estado de ánimo, crece de un capítulo a otro, alejándose rotundamente de la agresividad del zapping al cual estamos tan acostumbrados. Existe un cauce personal y lógico. Tanto las reflexiones como las anécdotas ponen en evidencia matices propios de la condición humana. Este realismo carente de todo drama es el que nos obliga a identificarnos con la vida de la autora, tengamos Parkinson, diabetes, ansiedad o cualquier otra patología o problema que nos aqueje.


 Se refiere a sí misma como tímida, sumisa, cerrada y asegura que no tenía noción alguna de lo que quería, hasta ahora. La escritura le ayudó a reencontrarse y sostiene que lo que más moviliza a un lector es lo que sale de las tripas del escritor. Esto puede llegar a ser un camino doloroso, pero hoy por hoy está claro que esta escritora no se lo cuestiona. Escribir para ella parece ser tan necesario como el aire mismo.


Rusia


La promesa de una casi adolescente Marina a su abuela, quien tuvo que abandonar su casa cuando era sólo una niña es digna de una escena cinematográfica. Demuestra la conexión particular gestada entre esta abuela y su nieta, y el peso que encierran las experiencias extremas que oímos durante nuestras infancias y que nos marcan hasta el cuerpo.


 “El departamento de San Petersburgo quedó con la puerta cerrada y el corazón abierto”, escribe Marina.


  “Yo te prometo, Babita, que cuando sea grande y pueda, voy a ir. Decime, la dirección del departamento, te la acordás?    

– Marinochka. Gracias. No sé si podrás, pero en ese caso, claro que me acuerdo de la dirección. Shpaliérnaya ulitsa, Nro. 32, Apt.5 ”


Y de ese modo comenzó a planificarse un viaje que se hizo realidad en 2006. Primero Moscú Después San Petersburgo. “No entendía por qué no me sentía yo, llegando a la estación. En mi espíritu venía Nadezhda, que estaba como una niña feliz de volver a casa y recordé lo que decía acerca de lo grande que era la ciudad, refiriéndose a la grandeza. Es un calificativo que es difícil de traducir del ruso en una sola palabra. Es parte del alma del país, tal vez grandioso se aproxime más o magnificente, la palabra que resume a la ciudad. Abarca su importancia y elegancia, no sólo el tamaño y la monumentalidad ”.

Fragmento del libro

Estaba sentada a la mesa, en un banco largo, bajo un techo abovedado de piedras medievales. Olía para tratar de reconocer algún aroma. Saboreaba la comida para probar si era como la que preparaba mi abuela. Absorbía cada detalle, rasgo o dato… cuando de pronto escuché, bajito, esa típica melodía oriental, con una voz simple, casi salvaje. Me quedé inmóvil, para abrir mejor mis oídos. Tiesa, porque quería asegurarme de que no fuese mi recuerdo sonante. Esperé hasta que la voz dijo: “y mi madre no me permite besar”. Salté del banco y corrí a preguntar qué era esa música, antes de que dejara de sonar. Una sonrisa redonda y divertida me dio el nombre de la cantante. Era todo lo que sabía.


El interés excesivo de Marina por conocer sus raíces y su cuasi obsesión por acercarse a la cultura rusa se aquietó una vez que el viaje se hizo realidad. En determinados casos se sintió sola en una barca desafiando vientos y mareas, pero hoy se la nota satisfecha. Sin duda ha heredado ese amor por la cultura rusa que sintió su abuelo paterno Lavrenti Alekséevich al abandonar Noruega para mudarse a Rusia e inclusive convertirse a la religión Ortodoxa, costumbre que trajo a la Argentina y que compartió con su mujer, quien cantaba en el coro de una diminuta iglesia en Buenos Aires.


Marina anhela volver a Rusia con sus hijos y hasta pensó en enseñarles algo del idioma ruso que ella dice “tocar sólo de oído”. Observa que son “muy argentinos” pero reconoce que a veces preguntan y demuestran tener cierto interés por los antepasados de su madre.


Su próxima obra


El título aún no está definido, pero se sabe que se trata de la segunda parte de “El cuerpo no calla”. El tono seguirá siendo autobiográfico pero con algunas observaciones nuevas acerca de elementos típicos de la sociedad actual. La ansiedad, el consumo y el trabajo excesivo entran en escena a través de la mirada aguda de quien se anima esta vez a la ironía y el humor.  Se vislumbra una vuelta de página y un probable cambio en la forma, pero lo que no cambia es quien escribe: una mujer que conoce tanto sus virtudes como sus debilidades. Alguien con capacidad de contar muchas historias a través de la propia. Una profesional con proyectos que está dispuesta a narrar todo lo que viene, suceda como suceda, porque según dice, cuando intentamos frenar algo irremediable hacemos el mismo esfuerzo sobrehumano que cuando tratamos de forzar a que suceda algo imposible. Vivir controlando todo nos produce una tensión devastadora. Y hay tanto de lo que ocurre que no depende de nosotros en el universo.

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