Del grano al píxel, seis décadas de fotografía rusa inundan Texas

Si hacemos caso al fotógrafo moscovita Nikolái Kulebiakin cuando dice que el alma de Rusia se halla en su arte, entonces una buena parte de esa alma la encontraremos en el FotoFest, la bienal de fotografía con sede central en Houston. En su catorceava edición presenta un completo panorama de la producción rusa comprendida entre los años del Deshielo y la ‘Generación Internet´. Con más de cien espacios expositivos, subastas, documentales, visionados de porfolios, seminarios, las obras de 146 fotógrafos rusos y un lujoso catálogo de la editorial Schilt, el FotoFest se presenta como un punto de inflexión en nuestro conocimiento de la historia de la fotografía rusa.

La fotografía mantiene una relación especial con la Historia porque ambas se construyen a la vez. Cuando hablamos, por ejemplo, de la gran novela que explique un periódico histórico determinado, sus causas o sus imprevisibles consecuencias, –la caída del muro de Berlín, los atentados del 11-S, la crisis financiera actual- siempre asumimos que es necesaria la distancia para tener un cuadro más completo. Pero si la fotografía no es buena es porque no se está suficientemente cerca, decía Robert Capa. La misma luz que ha bañado las fechas clave del devenir de Rusia es la misma que han captado las películas y los sensores digitales. ‘Fotografía rusa contemporánea´, lema del FotoFest’12, perfila la historia de los últimos sesenta años de Rusia a la vez que celebra un hecho indiscutible: la manifestación de la conciencia individual y la energía creativa ha sobrevivido a las adversidades. Y toma mayor importancia en tanto en cuanto los últimos comicios han lanzado una pregunta a los ciudadanos: ¿qué es ser una voz independiente en Rusia?

Esta pregunta es especialmente apropiada para la fotografía. Si bien las vanguardias la abrazaron, junto al cine, como la disciplina de la modernidad, el estricto programa de Stalin segó todo atisbo de independencia como expresión artística, relegándola a ser mero material de soporte que un editor podía cortar, reencuadrar y manipular para ajustarlo a los mensajes oficiales. No fue hasta la década de 1980 cuando el público ruso pudo volver a ver las obras de aquel periodo. Sirva también de ejemplo la exposición paralela en el FotoFest ‘Los ganadores soviéticos del World Press Photo 1956-91´. Vasily Prudnikov, en el catálogo de la exposición ‘Album of Photographs by Russian and Soviet Winners of WPP´, detalla la enorme burocracia y estricta censura que soportaban los fotoperiodistas rusos para acceder al galardón, muchos de los cuales ni siquiera sabían que sus imágenes se habían presentado y mucho menos podían ir a recoger el premio. Herencia de todas estas circunstancias es el conocimiento sesgado que hay en el extranjero de la evolución de la fotografía rusa en el siglo XX y un pobre panorama en Rusia en lo que a estudios reglados se refiere.

No es la primera vez que el FotoFest pone a Rusia en su punto de mira. En 1992 expuso un cara a cara entre Houston Post y Fotokronika TASS, las ediciones de la mítica ‘La URSS en construcción´, y, en 2002, una retrospectiva del pictorialismo en Rusia que hacía justicia a las aportaciones de los artistas rusos a este género. Y en la presente edición las seis décadas que abarca se dividen en tres grandes bloques, según el criterio del equipo de comisarios: Evgeni Berezner, director del proyecto ‘En apoyo a la fotografía rusa´ de la Fundación Iris; Irina Chmireva, investigadora principal de la Academia de Bellas Artes rusa; Natalia Tarasova, escritora y asesora cultural de la Fundación Iris; y Wendy Watriss, comisaria y directora artística del FotoFest. Tres bloques que abarcan desde la muerte de Stalin y los primeros contactos artísticos con la fotografía extranjera –como la célebre exposición ‘The Family of a Man´ de Edward Steichen- hasta los veintidós fotógrafos jóvenes que nos hablan del camino a la madurez en la Rusia actual.

El primer bloque es Después de Stalin, el Deshielo. La recuperación de la voz personal, en la Williams Tower Gallery. De este periodo se destacan dos hechos: el Festival Internacional de Jóvenes y Estudiantes de 1957, que supuso una bocanada de aire fresco después del férreo hermetismo, y la consolidación de los fotoclubs como epicentros de facto de la fotografía. De alguna manera estos fueron pequeños oasis de independencia en los que los fotógrafos y la intelligentsia se reunían, debatían y hacían difusión de los trabajos. Cabe destacar, de entre todos ellos, Novator de Moscú, fundado por Borís Ignatovich, Alexánder Jlébnikov y Gerogi Soshalski. La generación que entró en la fotografía en estas décadas venían de un relato oficial de la historia que, como es de esperar, se dejaba muchas cosas en el tintero: la URSS quería borrar rápidamente las heridas de la guerra y, con ello, todas aquellas fotografías que se desviaran del relato de una nación unida guiada por un líder, responsable único de la victoria. La fotografía de guerra es muy difícil de controlar, porque la realidad es la que es, quien sufre no es una idea abstracta o nación, sino personas individuales. Y de esa primera censura se pasó a una fotografía que calcaba los preceptos de la pintura del realismo socialista, esto es, escenificada. Tras la muerte de Stalin se afianza una nueva generación de fotógrafos, editores y reporteros. Gracias a estas nueva dinámica se empieza a experimentar con nuevos lenguajes, como el metafórico de Victor Ahlomov, Max Alpert o Gennadi Koposov, que serán un preámbulo hacia lo puramente irónico y paródico, propio de la década de 1970. También se ha hecho hincapié en la gran importancia que tuvieron los países satélite de la URSS como membranas permeables a lo que estaba sucediendo, fotográficamente hablando, al otro lado del telón.


‘Perestroika. Liberación y experimentación´ en The Art Gallery del Houston Community College arranca en la década de 1980, cuando la energía del cambio empieza a flotar en el ambiente. Una energía que hizo que los fotógrafos cogieran la cámara con más ideales que técnica. Por las primeras grietas se fueron también muchos fotógrafos al extranjero, ya no tanto por una cuestión ideológica como económica. Pero este estado de ebullición coincide también con el interés de los países no comunistas por saber más cosas de quien hasta entonces había sido el "enemigo". En 1988, por ejemplo, se celebra la primera subasta en Sotheby’s de arte contemporáneo ruso y ven la luz trabajos que hasta entonces nadie había osado publicar, como el trabajo sobre de los Gulags de Dmitri Vishemirski. Además, a finales de los ochenta los fotógrafos rusos empiezan a trabajar como freelances para medios extranjeros y cubrir las zonas calientes de la URSS. La fotografía rusa pide su espacio.

Como en tantas otras disciplinas, también salieron de los archivos, almacenes y sótanos una ingente cantidad de material hasta entonces inédito o censurado. Es en la gran exposición ‘150 años de fotografía´, que se organizó en el Manezh con motivo de las celebraciones en muchos países del nacimiento de la fotografía, donde se da cuenta de la calidad de lo que había quedado en silencio. Hablamos de una retrospectiva de más de 2.500 obras que, por primera vez, no pasa por la censura. Por vez primera el público soviético tiene acceso a las fotografías del álbum familiar de los zares, la guerra de Crimea y la Primera Guerra Mundial, los fotogramas de El Lissitzki y el trabajo de los movimientos no oficiales de los fotoclubs. El comisario de la muestra fue Evgeny Berezner, que repite en esta edición del FotoFest. Gracias también al comisario del Museo Pushkin Viktor Miziano, la exposición ‘Say cheese! Nueva fotografía de la Unión Soviética´ fue otro gran foco de atención internacional y da cuenta de ello el hecho de que fuera de las primeras exposiciones con ayuda financiera extranjera. Sería una primera semilla para el nacimiento de las futuras fundaciones de la década de 2000. Gracias a esta fórmula mixta se puede hablar de una explosión creativa y de difusión, entre festivales propios –el más importante ahora sería la bienal de Moscú- e internacionales, la exposición de los fondos de los museos de la capital y las provincias, los medios de comunicación, la red –www.photographer.ru como primer proyecto online- y el interesado mercado del arte –la primera galería rusa nació en 1991-.

No podía faltar el cambio de paradigma con la fotografía digital y el uso que han hecho las nuevas generaciones. Tampoco lo que ha supuesto tantos años de independencia coartada. Por lo pronto, los comisarios rusos del FotoFest apuntan a una ausencia total de infraestructura que limita mucho el desarrollo de las carreras profesionales de los fotógrafos, con una obra tan sólida como la de Alexánder Gronski o Oleg Don. ‘La nueva generación, 2007-2012´ en Vine Street Studios, intenta ser un reflejo del estado de la cuestión. Nos referimos a los jóvenes que no tienen una experiencia directa con el comunismo y que viven ya en una sociedad globalizada. Los comisarios apuntan, como rasgos comunes, el interés por la realidad personal y la identidad, y no tanto el énfasis que sus predecesores pusieron en la Historia, incluso en un desconocimiento de la tradición. En FotoFest se muestran los trabajos de jóvenes que como Oleg Borodin, Daria Tuminas, Iván Mijailov o Fedor Telkov proceden indistintamente de Moscú, San Petersburgo o de las provincias.

Buena parte de esta nueva generación ha proseguido sus estudios o sus carreras en el extranjero. Por ejemplo hablamos con Daria Tuminas (San Petersburgo, 1984), que ha desarrollado buena parte de su carrera en Holanda. Estudió filología, con especial interés en el folklore, lo que la llevó a realizar mucho trabajo de campo. Esa misma exigencia de observación la empujó a la fotografía, realizando un máster de fotografía y cine en la Universidad de Leiden. Su primer gran trabajo, ‘Iván y la luna´ le ha aportado ya visibilidad internacional. ‘Sin duda tengo muy presente al espectador no sólo ruso. Si uno quiere crecer artísticamente es necesario saber lo que está pasando en otras partes. Antes vivía en Holanda y fue muy positivo formar parte de la comunidad fotográfica del país. Ahora estoy ocupada en un proyecto de largo recorrido que incluye investigación, fotografía, collage y texto. Visito las distintas ciudades entre Moscú y San Petersburgo y estudio las leyendas, el diálogo entre texto y realidad, mi doble condición de artista y folklorista´, explica a Rusia Hoy. Son fotógrafos con una visión global, que no se sienten portadores de una especificidad rusa y que lo que les interesa, al fin y al cabo, es explicar buenas historias.

Otro testimonio de esta nueva generación que ha llegado a la fotografía desde muy diversos campos, es Alexandra Demenkova, de Kingisepp, al noroeste de San Petersburgo. Estudió filología en Moscú, pero fue en San Petersburgo donde vio por primera vez una exposición fotográfica. Como en otros casos, la fotografía se le apareció como la herramienta más disponible para articular una voz personal. ‘Me definiría como una documentalista, porque me apasiona la vida cotidiana de las personas y las relaciones que se establecen entre ellas. También porque nunca hago posar a la gente, permito que siempre actúen con total libertad ante la cámara´, explica a Rusia Hoy, y cita al filósofo español Ortega y Gasset y su concepto de ‘realidad primera´, aquella sobre la que descansan el resto de realidades.  Durante un año fue artista residente de la Rijksakademie, su ventana al público internacional del que siempre ‘ha notado un interés por las historias que explica. La experiencia de la fotografía me ha hecho pensar en la fragilidad de este mundo de relativa estabilidad creada por nuestras familias, la delgada línea que divide la salud mental y física, y la enfermedad; la normalidad de nuestros actos cotidianos y la miseria. En estos momentos estoy acabando un proyecto sobre unas de las antiguas repúblicas soviéticas, un espacio totalmente nuevo para mí´. Una mirada fresca que retoma aquella otra misión de la fotografía, la recuperación de la dignidad personal.

© Oleg Videnin, gentileza del autor.

Finalmente cabe mencionar tres exposiciones de temática rusa. En el Bank of America Center, la serie ‘Guardians´ de Andy Freeberg, sobre las guardianas de las obras de arte en los museos rusos. ‘Los cazadores de las águilas doradas´ de Bonnie Folkins en el Lone Star College Kingwood Art Gallery, un fotoensayo sobre las minorías kazajas, realizada en nueve expediciones por Mongolia y Kazajastán. Y ‘Recordando a Brodsky´, un viaje por la Venecia de Brodsky de la mano de Ewa Monika Zebrowski, en la O’Kane Gallery, de la que dedicaremos un artículo aparte.
    
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