La felicidad conyugal, con permiso de Tolstói

La felicidad conyugal de León Tolstói

La felicidad conyugal de León Tolstói

La felicidad conyugal es la primera obra de Tolstói que tiene como protagonista principal a una mujer. El conde escribió la novela tres años antes de su boda con Sofía Andreyevna y y al igual que ocurriera en la vida real del escritor, la pareja protagonista de la novela la forma un hombre maduro y una mujer casi niña que aún no se ha desprendido de la adolescencia.

Grandullón, robusto, introvertido, hipersensible, apasionado y con un físico poco agraciado según decía de sí mismo. En su interior coexistían dos personalidades aparentemente antagónicas: el místico desencantando con la humanidad, que huía en soledad hacia la naturaleza, y el hombre que necesitaba el contacto con el pueblo llano, al que se dedicó en cuerpo y alma durante muchos años. Una u otra pulsión dominaba de manera intermitente durante 82 años.

El conde Lev Tolstói, nació el 28 del 8 de 1828. Apenas conoció a sus padres. Su madre falleció cuando él tenía tres años y de ella no guardaba ningún recuerdo. "Pero fue probablemente de ella de quien heredó su perfecta sinceridad, su indiferencia por la opinión de los demás y su maravilloso don para contar historias que inventaba", según cuenta Romain Rolland en Vida de Tolstói (Acantilado). Sin embargo, no sucedió lo mismo con la figura paterna. "Era un hombre amable burlón, de ojos tristes, que llevaba en sus tierras una existencia independiente y desprovista de ambición." Su desaparición cuando Lev tenía nueve años, le dejó una profunda "amarga verdad y llenó su alma de desesperanza", según cuenta el propio escritor en Infancia. Él y sus tres hermanos quedaron al cuidado de dos tías muy queridas por los niños, la tía Tatiana y la tía Alexandra, trasuntos del personaje de Katia en La felicidad conyugal, y que al igual que pasara con Tolstói y sus hermanos, esta mujer se hace cargo de la adolescente Máshenka y su hermana Sonia.

León Tolstói


La felicidad conyugal (Acantilado) la escribió en 1859. Tolstói había regresado del Caúcaso. Allí, junto a su hermano Nikolái, combatió en la guerra de Crimea. Él mismo había pedido ingresar a filas. Durante su destino como suboficial en Sebastopol escribió Infancia y Adolescencia; y los relatos de Sebastopol. A su regreso de aquel infierno, en 1855, en el que durante un año conoció el rostro del dolor, se reencontró en San Petersburgo con su grupo de amigos escritores rodeados de un áurea artística. Entre ellos se encontraba Turguéniev, a quien Tolstói admiraba y a quien le había dedicado La tala del bosque escrita también en Sebastopol.

Me había convencido de que casi todos ellos (…) eran seres inferiores y en su mayoría malas personas, sin carácter –infinitamente inferiores aquellas personas que yo había conocido en mi vida licenciosa y militar-, pero estaban tan seguras y satisfechas de sí mismas, como lo pueden estar las personas santas (…) Me resultaban repugnantes", narra el escritor en Confesión.

Es en Sebastopol cuando Tolstói se desprende en su estilo de todo sentimentalismo y su carácter crítico no acepta a los "burgueses de salón" que lo adulan. Después de un breve periodo de tiempo en San Petersburgo, vuelve a la casa familiar en Yásnaia Poliana, al suroeste de la ciudad de Tula, a 165 Kilómetros al sur de Moscú. Más tarde viajará por Francia, Suiza y Alemania. Durante su viaje se interesa por algunos métodos pedagógicos que trata de poner en práctica a su regreso. Abre una escuela pero no sabe muy bien qué debe enseñar al campesinado.

El fallecimiento de su querido hermano Nikolái (el 20 de septiembre de 1860), lo sumió en la tristeza. Al año siguiente se estableció definitivamente en Yásnaia Poliana. Se casó con Sofía Bers, hija de un médico moscovita, con quien compartió toda su vida y tuvo trece hijos. La abnegación de Sofía y su sentido práctico fueron de gran ayuda para un hombre encerrado en sus propias fantasías. En la tranquilidad de la vida rural, Tolstói tuvo tiempo e inspiración para escribir.

Una mujer como protagonista


Hay varios aspectos interesantes en La felicidad conyugal que merecen la atención del lector. Una de ellas es que la novela fue escrita tres años antes de su boda con Sofia Andréyevna, y al igual que ocurriera en la vida real del escritor, la pareja protagonista de la novela la forma un hombre maduro y una mujer casi niña que aún no se ha desprendido de la adolescencia. Como he dicho Tolstói conoce a la que sería la condesa Tólstaia, tres años antes. Frecuentaba con naturalidad la casa de la señora Bers. Primero se enamoró de la madre, luego de la primogénita y más tarde de la mujer que convertiría en esposa. Durante los tres años que dura la relación de noviazgo, Tolstói escribe, anticipa en su imaginación cómo transcurrirá el enamoramiento, la primavera-verano de ese amor, y las posteriores dificultades que el matrimonio atravesaría también en la vida real. La historia de amor entre Serguéi Mijáilich y Máshenka es el texto donde la poderosa imaginación de Tolstói recrea su futura historia junto a Soíia. Este interesantísimo apunte que comenta Romain Rolland, pone de manifiesto la enfermiza obsesión del escritor por diseccionar la psicología humana y relatarla con un realismo implacable. Tolstói era una máquina de razonar, capaz de imaginar cada secuencia de su vida futura, llevarla a la ficción y convertirla después en realidad.

Es la primera vez que una mujer protagoniza una obra del maestro, y no sólo eso, sino que esta mujer casi niña es la narradora absoluta de los sentimientos que la embargan a medida que pasan los años. El sol radiante de los primeros instantes y el largo invierno en una relación donde se enfrentan dos caracteres y dos circunstancias vitales muy diferentes: la de un hombre mayor que viene regresando de los paisajes humanos que su joven esposa empieza a descubrir y anhelar la vida mundana, la de los salones afrancesados de San Petersburgo, que tanto detestaba el escritor. El castillo de cristal comienza a resquebrajarse. Su marido es su guardián, un impedimento en su crecimiento:

" ̶ ¡Vaya, vaya! Tú sacrificas ̶ puso un acento especial en esa palabra ̶ y yo sacrifico. ¿Acaso puede haber algo mejor? Una lucha de generosidades. ¿No es eso la felicidad conyugal?"

De sentirse amada, pasa a sentirse enemiga, hasta que los años la dejan vencida. Entonces, la reconciliación llega gracias a los hijos. "¡Sí, mujeres-madres, en vuestras manos está la salvación del mundo!". Moralinas desfasadas aparte, lo verdaderamente interesante es que por primera vez en la obra del autor, el amor irrumpe en el corazón de una mujer y es ella quien se encarga de contarlo en primera persona, unos sentimientos que hoy están igual de vivos que entonces:

"Lo peor para mí era que sentía cómo día tras día la rutina aherrojaba nuestra vida y le daba una forma determinada, cómo nuestro sentimiento perdía libertad al someterse al acompasado e impasible fluir del tiempo".

Tolstói expone el clima, no desvela la realidad, deja que el lector adivine el secreto que la protagonista femenina guarda en su corazón. El personaje de la mujer evoluciona. Y a partir de este momento, los personajes femeninos adquieren relevancia en la obra de Tolstói, teniendo incluso una vida más intensa que los personajes masculinos. Parece ser que en esto tuvo mucho que ver la influencia de la condesa Tólstaia, que fue su modelo para Natasha en Guerra y Paz y para Kitty, en Anna Karenina.

Otro aspecto interesante de esta obra, lo resume muy bien Nabokov en su Curso de literatura rusa:

“Lo que de verdad seduce al lector medio es ese don que tenía Tolstói para proveer a su ficción de unos valores temporales que coinciden exactamente con nuestro sentimiento del tiempo.” No es por tanto su pericia para representar la vida con realismo, sino que el tempo de la ficción coincide con el reloj interno del espectador. La prosa de Tolstói lleva el compás de nuestro pulso, los personajes parecen moverse con el mismo andar de la gente que pasa bajo nuestra ventana mientras estamos leyendo el libro”.

Conocer el pulso de nuestra historia de amor a través de los ojos de Tolstói, hace más que recomendable un viaje hacia La felicidad conyugal.

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