La guerra del agua

El presidente tayiko Emomali Rachmon (derecha) con el presidente uzbeko Islam Karímov. Foto: Reuters / Vostock Photo.

El presidente tayiko Emomali Rachmon (derecha) con el presidente uzbeko Islam Karímov. Foto: Reuters / Vostock Photo.

La construcción de la presa de Rogún enfrenta a Tayikistán y Uzbekistán; las antiguas repúblicas soviéticas se debaten entre viejas tensiones y nuevos problemas, con el peligro de desestabilizar toda Asia central

La región no era de las más tranquilas. Tayikistán y Uzbekistán hacen frontera con Afganistán, país que sufre una inestabilidad crónica y que vive en guerra desde hace más de diez años. En realidad, esta es más o menos la situación de todas las repúblicas centroasiáticas limítrofes, que, a pesar de las apariencias, esconden un elevadísimo potencial de conflicto.

Aunque la presencia de regímenes autocráticos garantiza al menos una cierta solidez, el peligro de que un país se desmenuce no es pequeño. Se puede ver por ejemplo en el caso de Kirguistán, una especie de estado fallido que trata de ponerse en pie sin demasiado éxito tras un par de revoluciones que no llegaron a buen término.

Tayikistán, que fue escenario de una sangrienta guerra civil entre 1992 y 1997, y Uzbekistán, donde desde hace más de 20 años Islam Karímov mantiene el orden con mano de hierro (como se vio en la masacre de  Andiján en 2005) están enfrentados en la actualidad, en una situación que podría agravarse y desencadenar reacciones peligrosas.

El conflicto actual está motivado por la central hidroeléctrica de Rogún, en territorio tayiko, un proyecto iniciado en tiempos de la Unión Soviética y que aún no ha sido concluido. El dique para la presa del río Vajsh está destinado a convertirse en el más alto del mundo (335 metros), pero crearía problemas para Uzbekistán y sus plantaciones de algodón: hace un par de años, el presidente Karimov definió el proyecto como “una estupidez”, pero ahora, ante la voluntad de  Dusambé de seguir adelante, Taskent ha decidido pasar a la acción y ha bloqueado el flujo de gas uzbeko hacia Tayikistán.

Por una parte, nada de agua; por la otra, nada de gas: es inútil decir que la situación no puede continuar así. A esto se añaden los efectos colaterales, como por ejemplo los riesgos para la industria tayika del aluminio. El presidente Emomali Rahamon ha declarado que no quiere de ningún modo monopolizar los recursos hídricos de la región, pero que es preciso esforzarse para una utilización común y eficiente entre todos los países de la región.

Sin embargo, las tensiones, en vez de disminuir, parecen aumentar, acompañadas de las fricciones entre etnias que desde siempre han condicionado las relaciones entre tayikos y uzbekos. Tanto es así que, según algunos observadores, podrían desembocar en un conflicto.

Es difícil prever si se llegará realmente a las armas para resolver el desacuerdo, pero lo cierto es que incluso pequeños enfrentamientos y blitzkriege podrían contribuir a desestabilizar una arquitectura que es cualquier cosa menos granítica, con el peligro añadido de implicar en el conflicto a toda Asia central. Un escenario que no parece agradable ni para los directamente afectados (tanto el rico Uzbekistán como el más pobre Tayikistán) ni para los grandes actores con intereses en la región, desde Rusia a Estados Unidos o China.

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