La homofobia persiste

Fuente: Getty Images

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La homofobia todavía persiste en la sociedad rusa. El presidente de honor de la Coordinadora Gai-Lesbiana de Catalunya denuncia esta discriminación y recuerda que ha estado presente en la historia del país desde hace siglos. Además, recuerda que en Moscú no se celebra la marcha del Orgullo y que en San Petersburgo se ha aprobado una ley que sanciona “la propaganda gay a los menores”.

La homofobia persiste en Rusia desde hace siglos. Los zares castigaron la homosexualidad legalmente en 1832, para júbilo de los ortodoxos. El estudioso francés Jean Le Bitoux en “Les oubliés de la memoire”, denuncia que esta persecución tuvo continuidad en la persecución y consiguiente deportación a Siberia que miles de homosexuales sufrieron bajo el estalinismo durante 1933. También recuerda a Alexandra Kolontaï, que durante la revolución defendió “todas las formas de relación entre sexos”. Mi estimada escritora Teresa Pàmies, recientemente fallecida, me comentó que en la URSS  pronto desapareció todo atisbo de “revolución sexual”.


En 1980, el activista italiano de ILGA, Enzo Francone, se encadenó en la Plaza Roja. Pedía el fin de la represión en plenas olimpiadas. La policía le partió varios dientes y fue repatriado.


Cayó el Muro de Berlín, pero la homofobia pervive intacta en Rusia. A los homosexuales se les llama despectivamente “azulitos”. La legalización llegó por fin en 1993, con el apoyo de  Gorbachov, Yeltsin e ILGA. Los grupos  pioneros, liderados por  Evguenia Debrianskaya, se reunían en el  templado vestíbulo de la estación de metro que da al Teatro Bolshói. Sus jardines siempre fueron un punto de encuentro furtivo. Por entonces, mantuve en Barcelona una discreta entrevista con un concejal de San Petersburgo. Me contó que la gente odiaba a los homosexuales. Dudaban entre proteger con la policía la primera manifestación o prohibirla para evitar una batalla. Le sugerí otra solución. Debían apoyar a las incipientes asociaciones,  prevenir el VIH/Sida e informar  a la ciudadanía sobre los desmentidos científicos y de la OMS. Fue inútil, nada mejoró, aunque hoy existen locales de encuentro y crece el movimiento LGTB.
Llibert Ferri, corresponsal de TV3 en Moscú durante años, afirma que esa atávica homofobia persiste en la mayoría de la población. Solo una reducida sociedad ilustrada respeta la diferencia. La eterna era Putin, obsesionada por  aumentar la natalidad, inventa “culpables”. Ferri me comenta que ante cualquier acto reivindicativo, acude policía y feligresas ortodoxas, todas  con un pañuelo azul en la cabeza les... ¡lanzan sal para expulsar al demonio! Moscú, desoyendo a  los alcaldes de Berlín y París, ha seguido prohibiendo la manifestación del Orgullo, pese a intentos saldados a palos. Para colmo, a partir del 30 de marzo, rige una ambigua ley local en San Petersburgo que castiga la “propaganda” de gays, lesbianas y transexuales “entre menores”. La denuncia es unánime: un uso arbitrario de la ley.


Jordi Petit fue secretario general de la International Lesbian and Gay Association-ILGA (1995-1999). En el 2008 recibió la Creu de Sant Jordi, de manos del President de la Generalitat de Catalunya, José Montilla.

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