Serguéi Kuriojin: un marciano, un parásito, el hombre que llamó a Lenin por su nombre

Fuente: PhotoXPress

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Aquel 17 de mayo de 1991 Serguéi Kuriojin protagonizó uno de los episodios más surrealistas de la reciente historia rusa. El programa Piatoe Koleso (La quinta rueda) se emitía desde el quinto canal de la televisión de Leningrado a toda la Unión Soviética, era dirigido por el joven periodista Serguéi Sholojov y tenía varios millones de espectadores.

En la presentación, Sholojov anunció que durante el programa desvelarían “el misterio central de la revolución bolchevique”, un misterio “que se ha mantenido a pesar de que todos conocíamos cómo aconteció el evento”. A continuación, el presentador dio paso a un supuesto científico recién llegado de Méjico, quien, en tono académico, rodeado de libros y mostrando imágenes de archivo, explicó cómo Lenin estaba bajo el efecto de setas cuando lideró la revolución bolchevique, concluyendo que también “Lenin era una seta” (Ленин - Гриб).

“Yo le preguntaba a todo el mundo: ¿Lo has escuchado? ¿Has visto el programa?”, reconoció Alla Pugacheva, quien en un principio lo tomó como algo serio. Durante la Perestroika, y para reforzar la política de Glasnost, se hicieron habituales los programas y discusiones que revisaban la versión oficial de eventos problemáticos, y se permitió la publicación de autores hasta entonces prohibidos. No obstante, nadie había llegado tan lejos como Serguéi Kuriojin, el supuesto científico llegado de México.


En realidad Kuriojin había nacido en Murmansk en 1954. De pequeño le gustaba la opereta, y cuando llegó a Leningrado en 1971 intentó estudiar música. Sin embargo, fue expulsado de los dos conservatorios de la ciudad, y comenzó a actuar con el grupo de jazz de Anatoli Vapirov y a tocar con una banda de rock versiones de clásicos americanos. “En uno de esos momentos clímax de las composiciones de Vapirov, lo que a mi me apetecía de verdad era ponerme una nariz de payaso”, confesó. Pianista, anti-pianista, acróbata, actor, compositor, payaso, merodeador, gitanillo honorario, tonto bendito, todo eso era Kuriojin.

El primer disco de Kuriojin se llamó “The Ways of Freedom” (1981) y fue publicado sólo en Occidente. En la portada del mismo aparecía escrito: “El autor no tiene ninguna responsabilidad por lo publicado en esta grabación”. Por aquel entonces Kuriojin ya deambulaba con su walkman por las calles de San Petersburgo y se movía por los márgenes de lo que las autoridades calificaban como “Parasitismo” (el no tener durante años un trabajo oficial).


También sobre esto bromeaba Kuriojin: “Yo hago algo diferente, mi música parasita a los arquetipos existentes. Eso es precisamente lo que hago, parasitar. Yo soy un parásito, y también un bastardo, y un cretino, y un mierda. De hecho, me gustaría introducir la palabra parásito como un nuevo término estético: un parásito es ambivalente. Ser un parásito en un sistema significa, por un lado, poseer una estructura que es completamente diferente a la del sistema, y por el otro, ser parte del sistema y alimentarse de él. De hecho, parasitar es mirar de forma profunda a las cosas, no negarlas, ni ridiculizarlas, o juzgarlas, sino hacer visible cuál es su criterio interno”.


En su corta vida Kuriojin cultivó su posición de parásito, infiltrándose en el sistema para introducir ruido en los canales oficiales. Su objetivo no era el de ridiculizar, tampoco el de hacer la revolución. En cualquier relación de simbiosis, el sistema acaba adaptándose para integrar al parásito, a no ser que el parásito sea expulsado.


“Algunos dicen que hago parodias de la música, pero ese no es el caso. Yo sólo intento poner la música en contextos inusuales, y esas extrañas combinaciones de músicas incompatibles producen efectos inusuales con un carácter completamente nuevo”, explicaba Kuriojin, quien respondía de esta forma a la pregunta de cómo escuchar sus discos: “Idealmente, tendrías que poner dos a la vez y entonces subir el volumen al máximo”.

El excéntrico Kuriojin vivió deprisa, tan deprisa que nadie podía seguirle. Sus constantes cambios de estilo despistaban incluso a sus músicos. Fue además pionero en organizar shows multimedia, y provocador en sus participaciones en televisión, en las bandas sonoras que compuso, en las películas en las que actuó, e incluso en la creación de un partido político nacional-bolchevique junto a Alexánder Dugin.


“Sí, soy un nacionalista y un chauvinista, ya sabes”, sentenciaba Kuriojin, “creo que la tradición influye a través de mecanismos escondidos en el subconsciente. Por eso podemos hablar de una tradición espiritual rusa”, añadía. A principios de los noventa la llamada “intelligentsia” era extremamente hostil a las ideas “euroasiáticas”, aun así, Kuriojin convenció a Dugin para que se presentara como candidato por San Petersburgo, a cambio de que el músico participara en los mítines y organizara una de sus “performances” “Pop-mejanica” con el título “Kuriojin por Dugin” (Курёхин для Дугина).


La reacción de intelectuales, periodistas y artistas fue inmediata, aunque variada: algunos lo criticaron, otros lo defendieron, y la mayoría se mostraron confusos. Kuriojin tampoco explicó nunca el por qué de sus decisiones. Según Vladímir Nepevni, director del documental “Kuriojin” (2003), “él nunca hablaba de forma abierta o directa, con su opinión personal, sino que siempre la escondía bajo esa ironía mortal que profesaba. Siempre había un personaje hablando en lugar de él, lo que permitía su eterna provocación. Por eso, nuestro intento de mostrar el Kuriojin real resultó arriesgado y complicado. Literalmente, tuve que ojear fragmentos microscópicos para buscar donde él se mostraba sin máscara alguna”.


Nepevni, quien no llegó a conocer a Kuriojin, asume que el personaje público y el real eran muy diferentes. Los amigos y colaboradores del músico lo describen como un “genio”, pero reconocen que es difícil explicar quién era o cómo era: “Cualquier descripción de Kuriojin como músico, compositor, arreglista, creador de ‘Pop-Mejanica’ será insuficiente. Cuanto te encuentras con Kuriojin instantáneamente afrontas el problema de definirlo?”, aseguró Vladímir Chernov.


“Quizás fue un compositor genial, quizás un provocador lleno de ideas, quizás un artista loco. Todas estas hipótesis siguen estando lejos de la verdad”, concluyeron Andréi Pirogov y Tekle Gillman. “Es que él no era ni músico, ni actor, ni pensador. Él era Kuriojin”, explicó Serguéi Devizhev, con quien hizo varias películas. Otro director de cine, Serguéi Ovcharov asegura que Kuriojin “era un enigma, y aquellos que dicen haberle conocido de verdad se equivocan”.
 

“Kuriojin aparecía como un ser divino, como un dios jovencito que acababa de bajar a la tierra, y nosotros tuvimos la suerte de dar con él”, reconoció Sholojov, director del programa “Piatoe Koleso”.


“Si reconocemos que los extraterrestres pueden haber vivido entre nosotros, entonces no tendré duda de que Kuriojin era uno de ellos. Extraterrestre es la mejor explicación de la naturaleza de su encanto, cuando él entraba en la habitación todo el mundo se daba cuenta de que en ese momento comenzaba la vida. Cuando te llamaba por teléfono parecía que llamaba desde otro planeta”, comparte el artista Viktor Tijomirov.


“Estaba más allá de sistemas y definiciones. Él venía del espacio y se mostraba curioso por todas las manifestaciones de vida en la tierra. Le interesaba la física, la filosofía religiosa rusa, la semiótica, el psicoanálisis, la estética avant-garde, la música de Mozart y la de Cage”, describió el filósofo Viktor Mazin, para quien ese curisosidad de Kuriojin fue lo que le llevó a la política: “Su actitud hacia los nacional-bolcheviques era la misma que hacia los llamados demócratas: interés, curiosidad y distancia. Él era un extraterrestre que vino para entender y aprender”.


Kuriojin corría y corría. Inventaba y se inventaba constantemente. Él no guardaba la distanciación postmoderna de John Zorn, sino que se esforzaba por mantener la cultura soviética en un permanente estado de carnaval. La idea de “seriedad” era ajena a él, y la equiparaba con aburrimiento. Gran erudito musical, Kuriojin citaba a Scriabin en su deseo de una “acción en total armonía”, “porque todas las áreas del arte son iguales”.


Murió de forma inesperada en julio de 1996, con apenas 42 años. También su enfermedad fue rara: sarcoma cardíaco, una especie de cáncer de corazón. Cuando la prensa anunció su fallecimiento la gente pensó que era otra broma del tal Kuriojin.

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