«¿Usted ha dibujado esto de memoria?»

Esta fue la pregunta que el profesor Franz Roubaud lanzó al aspirante Lébedev cuando el último le enseñó sus dibujos. Quería asistir a su taller de pintura de batallas, que impartía en la Academia de Bellas Artes. Conocido por sus panoramas bélicos, como el dedicado a la batalla de Borodinó en Kutuzovski prospekt de Moscú, Roubaud le mandó dibujar un ataque militar. Al cabo de media hora ya estaba admitido. Conversamos sobre Lébedev y la profesión de ilustrador con Iban Barrenetxea, cuya obra «Bombástica Naturalis», premio Euskadi 2011 de ilustración, publicará la editorial rusa Polyandria.

«Para comprender mi trabajo artístico, hay que saber y tener presente que soy un artista de los años 20». Con esta afirmación, Vladímir Lébedev (1891-1967) daba la clave para acercarse a una de las producciones artísticas más poliédricas de aquella intensa década. Maestro del cartel, colaboró en las mejores revistas satíricas e impulsó la ilustración infantil a unas cotas que le convertirían en padre del género. El círculo artístico que creó al frente de la sección de literatura infantil de la Editora Estatal en Leningrado desarrolló un estilo autóctono, choque de la tradición de los «lubkí» [la variante del siglo XVI más popular de la creación artística rusa, mezcla de cartel, icono y cómic] y las vanguardias de la época. La Fundación March trae la primera exposición monográfica en España de Lébedev, compuesta por más de cien obras procedentes de las colecciones del estadounidense Merril C. Berman y la Bibliothèque l’Heure Joyeuse de París.

"A la salvaguardia de Octubre" o "El ejército y la flota rusas defienden las fronteras de Rusia. Originalmente diseñado como cartel "ROSTA", 1920. Colección Merril C. Berman.

Entrevistamos al ilustrador  Iban Barrenetxea de una forma diferente, a través de la figura de Vladímir Lébedev, como en un juego de espejos. Su peculiar álbum de botánica del eminente Dr. Bombastus Dulcimer se podrá leer en ruso gracias a la editorial Polyandria. Nos avisa también que otros ilustradores españoles hablan ya la lengua de Pushkin, como es el caso de Riki Blanco y su «Como pez en el agua». Amante de Shostakóvich y Schnittke, no lo duda mucho para definir la obra de Lébedev: rusa, rusa, rusa.

Ferran Mateo.- Teniendo en cuenta que la ilustración, la mayoría de las veces, dialoga con otras artes, ¿cuál sería para ti una definición de tu disciplina?

Iban Barrenetxea.- En una ocasión leí a alguien que, tratando de emplear un símil musical, comparaba la labor del ilustrador con la de un orquestador que armoniza y colorea las melodías que le propone el escritor. Personalmente, y empleando el mismo símil, veo nuestra labor más cercana a la del compositor que crea la música a partir de un libreto, que fusiona palabra y música (en nuestro caso palabra e imagen) para crear una “ópera”; una forma que ya no es ni palabra ni música, sino algo completamente nuevo que surge de la interacción de ambos elementos. Además de la capacidad narrativa de las imágenes, un libro ilustrado se convierte en un objeto único capaz modificar la percepción del lector, y por consiguiente también la propia experiencia de la lectura.

"Doská sorevnovániya" (Tablón de méritos), 1931. 1ª Edición. Texto de S. Marshák. Ville de Paris-Bibliothèque l'Heure Joyeuse.

FM.- Lébedev nació en el seno de una familia obrera, su padre fue un sencillo mecánico. De Lébedev se dice que «heredó el amor y respeto por unos materiales y unos utensilios de calidad». ¿Cómo describes esa relación entre el material y el resultado? Me hace pensar en la fotografía digital y la analógica. Algunos fotógrafos dicen que la digital es otra cosa, aunque lleve el mismo nombre, por el hecho de no tener un mismo proceso artesanal. ¿Sucede algo parecido con la ilustración?

IB.- Creo que ese contacto inigualable con los materiales “artesanales” influye, pero también estoy convencido de que el ilustrador no debe permitir que la técnica, ni él mismo, se conviertan en los protagonistas de la obra. Veo la ilustración como un proceso interior, la materialización de esas imágenes mediante la técnica que sea no es más que la parte final del proceso. Y el ilustrador debería escoger la técnica que considere más adecuada para transmitir lo que desea, aunque ello suponga sacrificar su propio disfrute durante la ejecución. De todas formas, estoy convencido de que esos materiales que hoy en día consideramos “artesanales” serían considerados alta tecnología para un maestro flamenco del s. XVI que no tenía otro remedio que fabricar sus propios pigmentos. A estas alturas pienso que ya es hora de que vayamos cambiando nuestra percepción de lo digital.

Litografía de una ilustración del libro de Samuil Marshak, "El circo", 1928. Colección Merrill c. Berman

FM.- Uno de sus discípulos cuenta que Lébedev «respetaba la maestría profesional de la labor del artista y comparaba nuestro trabajo con el de un obrero, desmitificando ese concepto de “sumo sacerdocio artístico”». Este es un tema un poco recurrente en el mundo del arte y, en la época soviética, precisamente, se quiso poner al artista en el mismo plano que, efectivamente, a un mecánico. ¿La concepción del artista está aún muy impregnada de romanticismo?


IB.- Creo que el ilustrador tiene algo de “antihéroe”. Incluso dentro de los propios álbumes ilustrados, donde la ilustración juega un papel fundamental, se sigue reservando la denominación de “autor” para el escritor. En muchos aspectos somos herederos de aquellos monjes que iluminaban manuscritos a la luz de las velas, para quienes su labor era una forma de rezar. Me gusta mantener esa concepción romántica del antihéroe creando en la soledad de su estudio. Pero por otro lado rechazo totalmente el culto al autor y lo sustituiría por el culto a la propia obra. Aunque hoy en día resulte inevitable y casi imprescindible (y el hecho de que estoy escribiendo esto es una prueba de ello), como autor de libros ilustrados me gustaría ser tan “invisible” como aquellos monjes, y que lo que llegue a los lectores no sea más que la propia obra.

Retrato de Vladímir Lébedev (1891-1967). Gentileza Fundación March

FM.- Todos tenemos nuestras obsesiones. En el caso del artista aún son más evidentes porque precisamente trabaja con ellas. Lébedev tenía una pasión especial por los caballos y el circo. A una edad muy temprana ya demostró su buen hacer en el dibujo. De niño, desarrolló sus dotes de observación y su memoria visual pasándose horas y horas en el hipódromo para luego, al volver a casa, dibujar de memoria. ¿Cómo andamos de obsesiones?

IB.- Por mucho que uno trate de guardar distancias con la obra y abordarla desde un punto objetivo, es inevitable que todas esas obsesiones encuentren salidas hacia nuestro trabajo, aunque sea de forma inconsciente. Al crear una imagen un ilustrador ejerce de arquitecto, decorador, director de escena, de casting, etc. El motivo por el cual dibuja a ese personaje de una forma y no de otra, o que aborda un texto desde una perspectiva y no de otra está totalmente contaminada por todo lo que uno lleva a sus espaldas. Lo que ha leído, lo que ha pensado, lo que ha vivido. Eso es lo que hace que la obra de cada ilustrador sea única, y lo que hace que seamos autores, y no meros “orquestadores de melodías”. Pero lo importante, incidiendo en lo que he dicho antes, es utilizar todo ese bagaje y esas vivencias para enriquecer la obra y para comunicar lo que deseamos,  que esas obsesiones sirvan como otra herramienta, jamás para crear un discurso confesional donde lo primordial es representarnos a nosotros mismos.

"Pareja". Probablemente de la serie "El amor de los gamberros", 1926. Colección Merrill C. Berman

FM.- Existe una paradoja en la vida de Lébedev y es que fue un artista que creó escuela, aunque nunca recibió una formación, como se suele entender la palabra. Fue un «académico sin academia”. Se dice que los dos maestros que tuvo en su vida «acertaron de pleno cuando le concedieron una total libertad, sin impedirle nunca la posibilidad de estudiar por su cuenta». De hecho podemos encontrar casos para todos los gustos, desde los “outsiders” y autodidactas que revolucionan una disciplina a los que siguen el camino ortodoxo y llegan igual de lejos.


IB.- Aunque suene a tópico, en esta profesión uno jamás deja de ser un estudiante. Al menos debería ser así. En mi caso, soy prácticamente autodidacta, que es una forma de decir que intento aprender de todo y de todos.

Desnudo (mujer de espaldas, sentada), 1926. Colección Merriill C. Berman

FM.- En 1912, Lébedev ingresa en la Academia de las Bellas Artes, pero su centro de aprendizaje es la surtida biblioteca de la Academia. Con el tiempo, su biblioteca personal se convirtió en una de las mejores de Leningrado. A fin de cuentas, la gran escuela ¿es lo que ya está hecho? ¿El divagar en una biblioteca? ¿El azar de una estantería?


IB.- No tengo ninguna duda de que un gran ilustrador debe ser un gran lector. Lo que diferencia a un ilustrador de otro no es la marca de acuarelas que utiliza o si su técnica es digital o “artesanal”, sino lo que lee y cómo lo lee. Desconfío de las “rupturas” con la tradición, porque pienso que a veces lo que esconden son la incapacidad de poder dejarlas más allá de donde las encontramos, o incluso el no ser capaces de llegar a igualarlas. Prefiero pensar que somos continuadores de una tradición, una tradición increíblemente rica, y conocer esa tradición lo único que puede hacer es enriquecernos. Y esto debe ser así incluso (o mejor dicho, especialmente) para quien sienta la necesidad de romper con ella.

"Campesino si no quieres alimentar al terrateniente, alimenta al frente que defiende tu tierra y tu libertad". Cartel ROSTA, 1920. Colección Merrill C. Berman

FM.- Un hecho importante en la formación de Lébedev fue la exposición «Cien años de pintura francesa (1812-1912)», integrada por cerca de mil cuadros. Se pasó días enteros visitándola y, desde aquel momento, mantuvo un rico diálogo con la pintura occidental, en especial la francesa. ¿Cuál ha sido el gran descubrimiento que ha marcado en tu obra un antes y un después?


IB.- En mi caso creo que fue durante una visita al monasterio de San Marcos en Florencia. En realidad nunca me habían interesado demasiado los frescos del primer renacimiento, pero estar frente a los frescos de Fra Angelico en esas pequeñas celdas me hizo pensar en muchas cosas.

"Sloniónok" (El elefantito), texto de Rudyard Kipling. Petrogrado: Epoja, 1922. 1ª Edición. Ville de Paris-Bibliothèque l'Heure Joyeuse

FM.- ¿Qué obra literaria te gustaría ilustrar en el futuro? ¿Qué supone ilustrar el texto de otra persona con respecto a ilustrar una obra propia, que parte de cero?


IB.- Hay muchísimas obras que me gustaría ilustrar... Pienso que también sería interesantísimo volver a ilustrar un mismo texto varias veces a lo largo de los años. En mi caso he ilustrado tanto clásicos, como obras de autores vivos, como textos propios. Cada una de ellas requiere un planteamiento diferente. Ilustrar un texto propio permite llevar al extremo esos juegos de interacción entre texto e imagen, además de la posibilidad de representar con mayor libertad el propio imaginario. Pero prefiero no renunciar a ninguna de esas tres formas de ilustración literaria, ya que todas ellas resultan interesantes a su manera.

FM.- Lébedev también dejó escrito cuál era su opinión sobre la literatura “pensada” para los niños. Decía que cada vez que trabajaba en un dibujo para los niños trataba de recordar su estado de conciencia infantil y con ello enriquecer la representación que el niño hace de la realidad. Chukovksi quería que la literatura infantil fuera literatura sin adjetivos. Además ponía a los niños en el grupo de los poetas, porque toman en serio lo que para una sociedad normalidad no lo es.


IB.- Aunque yo me muevo dentro de la literatura infantil, la considero más una "forma" que un condicionante desde el punto de vista de la edad del posible lector. Los libros no tienen edades, sino lectores, así que creo que lo idóneo es crear libros que podrán comunicar algo a un lector en diferentes etapas de su vida. Libros que crezcan con los lectores.

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«Vladímir Lébedev (1891-1967)»

Museo Fundación Juan March, Palma de Mallorca

Del 22 de febrero al 26 de mayo de 2012.

Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca.

Del 15 de junio al 9 de septiembre de 2012

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