El hombre de la lluvia y la melancolía

La cinta de Marlén Jutsíev Lluvia de julio (1966) nos presenta una crisis que tuvo lugar en los años sesenta, una crisis poética. Muestra una historia de amor no correspondido, con los ecos de la Segunda Guerra Mundial que resuenan de fondo.

He charlado sobre esta película de Marlén Jutsíev con gente ajena al ambiente cinematográfico, personas de edad madura, las cuales debían haber visto Lluvia de julio. Pero ni tan siquiera habían escuchado hablar de ella. Todo esto porque la cinta estuvo durante muchos años condenada a yacer en unas polvorientas estanterías del Filmofond. El 29 de agosto de 1967 en el periódico "La cultura soviética" salió una carta abierta a Jutsíev, en la cual se acusaba a su película Lluvia de julio de dramaturgia débil, dirección demasiado pretenciosa y esteticismo, además de poseer un carácter secundario en comparación al largometraje antecesor (“Tengo 20 años”). De acuerdo con el historiador de cine Mirón Chernenko, en esta carta se aprecia como “constantemente y de manera natural, sin premeditación, ni intriga, la crítica oficial de los años sesenta enderezaba el destino del cine nacional."

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La película se estrenó al final del "deshielo", casi al mismo tiempo que se dejaban sin mostrar las películas de varios directores de cine de autor, como Andréi Tarkovski, Andréi Konchalovski, Kira Murátova y Vladimir Naúmov. En Lluvia de julio el director refleja el estado de ánimo de la crisis de la época, aunque el film no esta hecho como si fuera un documental. Su título tampoco promete nada social, solo produce una impresión de una cinta más o menos romántica y sentimental. Pero los personajes son los mismos, aunque ya maduros, de su película anterior, “Tengo 20 años”, desposeídos de la más mínima expectativa romántica.

La película nos presenta el final de la época, pero ¿cómo comenzaba el “deshielo” en el ámbito de la cultura? En general, este período de la historia se percibe con sentimientos ambiguos. Por un lado, es un momento interesante en el cual tiene lugar el apogeo de la civilización soviética a nivel  técnico. Por otro, la cultura de los años 60 era algo frágil, ecléctica y restringida. La voz de esta época tenía rimas roncas y una verdad inexacta, por lo que logró sonar poco. Así pues, comenzó con una gran inspiración poética. Se leían poemas en voz alta en el gran escenario del Museo Politécnico. Cabe señalar que la crónica documental de estas declamaciones conforma una parte esencial de “Tengo 20 años” (de la que seguramente hablaré en uno de mis próximos artículos en este blog). De este modo, la lectura de poesía se volvió un género de “varieté”. La cultura salió de debajo de los escombros y de los armarios individuales para distribuirse por todo el país, aboliendo la ignorancia. Aunque también, al llegar a las masas, perdió cierta calidad. Por primera vez todo el mundo discutía sobre versos. Aún así, la gente se daba cuenta de que la poesía no resolvería los problemas del país, tal y como señalaba el poeta Borís Slutski, "el debate inacabado no terminará conmigo". Lo que había pasado y lo que nos muestra la película Lluvia de julio, fue que el debate no había terminado, sino que había desaparecido sin dejar ninguna huella de su existencia.

Al principio del film vemos unos planos de la calle bajo un sonido de fondo irregular. Es una crónica documental de las calles de la capital filmada con una cámara oculta. Da la impresión de que la vida se desarrolla con rapidez, ya que Moscú se está construyendo. Todo el mundo tiene prisa, todo parece ser muy alegre y animado. Pero la gente capturada por el “ojo metálico” del camarógrafo German Lavrov es una multitud que no está relacionada entre sí. Lo mismo sucede con los sonidos de la radio. Ruidos que quedan fuera de la antena de alguien, como si esa persona estuviera sintonizando el aparato para encontrar alguna señal interesante. Sin embargo, se empeñaría en buscarla con más insistencia... De repente, vuelve a sintonizar la impresionante obertura de la ópera Carmen de Bizet. Según la trama de la ópera, José está a punto de matar a Carmen. El espectador debería empezar a preocuparse: ¿estaremos ante una tragedia aquí también? Sí, habrá una, pero de un modo mucho más paciente y desapercebido. Carmen declara que “el amor es un pájaro silvestre al que nadie puede enjaular...” Aquí la heroína, Lena, también expone su filosofía del amor, la cual es más melancólica que pesimista.

El director dota al comienzo del film de mucho simbolismo. Entre los planos aparecen varios fragmentos de una reproducción de La Sagrada Familia de Andrea Mantegna. Es como si  el director nos propusiera mirar a la heroína como a un personaje épico que vivió hace casi dos mil años. Es decir, que la miráramos con un interés curioso. Es importante subrayar que a Marlén Jutsiév le interesan mucho las cuestiones épicas e históricas. Somos nosotros, la gente común y corriente, quienes sin darnos cuenta hacemos la historia. Así, por ejemplo, en el film Tengo 20 años, un chico pregunta en sueños a su padre muerto en la guerra cómo se debe vivir. En vez de contestarle con frases típicas, el padre le pregunta: “¿Cuantos años tienes?” El hijo contesta que 23. El padre lo interrumpe: “Yo tengo 21. ¿Qué te puedo aconsejar?” 

El estilo es, sin duda, demasiado moderno e innovador para la época o más bien para el lugar. Formalmente hace referencia a las películas de las “nuevas olas” del cine europeo occidental, como la “nouvelle vague” francesa. Así, la composición deformada, un fuerte pretexto documental, alude a los films de Godard. Así como también se siente la influencia de Michelangelo Antonioni. La heroína de la película es una mujer extraviada existencialmente, que siente una zozobra no manifestada. Hay una escena importante que se desarrolla en el bosque, cuando un grupo de amigos se reúne alrededor de una hoguera y la heroína siente muchas ganas de oponerse a la falsedad de esta reunión. Le pide al personaje de Yuri Vizbor (un cantante-bardo que no era famoso antes de participar en la película de Jutsíev) que no cante, porque está utilizando el mismo género “sagrado” de los bardos solamente para contestar a los caprichos de una u otra chica. Luego ella misma se esconde en uno de los coches, y no aparece cuando la llaman (muy parecido al pretexto de los giros de la trama de La aventura o Las amigas de Antonioni).

Los diálogos de la Lluvia de julio se construyen en base a la “escoria” literaria de los años 60, y  constan del uso irónico de las frases hechas de los burócratas hechas. Los planes largos cuentan con una gran magia cinematográfica, que, sin embargo, se pierde cada vez que los personajes abren la boca. Así pues, la mejor cara de esta historia de un amor fracasado es la que no tiene nada que ver con ella. Los largos pasajes por Moscú y la vida retratada por la cámara al azar son cosas que quedan sin ninguna explicación. Esto es lo que hace que el fondo de la historia se haga más relevante a medida que avanza la película. Los recuerdos de la guerra aparecen de refilón, aunque rompiéndose sólo por algunos momentos de la narración. Entonces, ¿por qué en el episodio final de esta “historia de amor” sólo vemos un personaje “secundario”, el de Vízbor, en un encuentro con los participantes de la guerra en una plaza de Moscú? ¡Vaya reglamento de ajedrez! Igual que Antonioni, Jutsíev concibe el mundo como un tablero de ajedrez en el que reyes y reinas, caballos y alfiles han sido sustituidos por peones cuyos movimientos se confunden desesperadamente. La lluvia de julio no se parece a una historia común, sino más bien a una serie de dibujos, bocetos o ensayos. No hay ningún vínculo, nada es necesario.

No hay duda de que Jutsíev es el director más cercano al modelo ideal de los años 60. En esta película se unen varios elementos: el tema (una joven heroína), el patetismo (la creencia romántica abatida por la ansiedad), el estilo (deslizamiento). La profundidad de la película Lluvia de julio se abre prácticamente desde su primer episodio y va penetrando poco a poco en una narrativa horizontal y fragmentaria. La profundidad se esconde en la forma en la que la heroína mira a la cámara oculta. Los chicos jóvenes de la película Tengo 20 años no miraban hacia atrás, estaban llenos de vida interior, recitaban a Pushkin sin darse cuenta de lo que pasaba detrás de ellos. Pero ella sí que mira hacia atrás, a la cámara oculta. Pero más bien parece temer esa mirada que la sigue y la ha escogido entre miles de personas.

Película completa con subtítulos en inglés

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