¿Quién rompió la nariz a Stalin?

Sasha Zaichik es un niño de diez años que lleva tiempo soñando con la llegada de una fecha muy especial: el día de su ingreso al movimiento de los pioneros. Su vida transcurre feliz en una «kommunalka» de Leningrado junto con su padre, un agente de los servicios secretos. Pero todo se tuerce la víspera de ese día crucial. Sin querer rompe un busto de Stalin en la entrada del colegio y todo va de mal en peor. ¿Qué ocurre para que Sasha, sólo un día más tarde, ya no quiera formar parte de los pioneros? Conversamos con el pintor, ilustrador y escritor Eugene Yelchin (Leningrado, 1956) sobre su novela «Breaking Stalin’s Nose» [Rompiendo la nariz de Stalin].

 

MR.- ¿Cómo definiría «Breaking Stalin’s Nose»?

 

EY.- Es una obra personal inspirada en mis experiencias como niño y adolescente en la antigua Unión Soviética. Al igual que el protagonista de la novela, yo quería ser un joven pionero soviético. Mi familia también vivía en un apartamento comunal atestado de gente, y mi padre, asimismo, era un devoto comunista. Como mi personaje, tuve que tomar una decisión que cambió mi vida. En mi caso, escoger entre quedarme en mi país o abandonarlo. La gestación de esta novela ha sido muy larga. Aunque toda la acción transcurre en menos de cuarenta y ocho horas, los sentimientos, emociones y experiencias plasmados en ella se acumularon a lo largo de todo el tiempo que viví en la extinta Unión Soviética.

 

MR.- ¿Qué tipo de lector tenía en mente cuando escribía la novela?

 

EY.- «Breaking Stalin’s Nose» tiene varios niveles de lectura y está destinada a un público diverso. Para los más pequeños, el libro va sobre cómo hacer una elección difícil, que consideras correcta, a pesar de la presión que ejercen en ti quienes te rodean. Para los jóvenes, trata de cómo buscar tu sitio en el mundo, tu propia voz y confiar en tus sentimientos en el momento en que te estás convirtiendo en un individuo, en adulto. El lector de mayor edad, por su parte, disfrutará con el libro por otras razones. Es una ficción histórica que se lee fácilmente y que contiene elementos de «thriller». Los amantes de los clásicos rusos también gozarán con las referencias a Gógol y a la tradición satírica en general. Y, por supuesto, los interesados en la historia encontrarán muchos aspectos de la vida política y social en tiempos de Stalin, la descripción de la vida cotidiana durante el Gran Terror.

 

MR.- Aflora en el libro una de las características de la vida cotidiana de aquel tiempo: las delaciones. Delaciones que, además, podían provenir de cualquier persona, un familiar, un profesor, un compañero de escuela… ¿Cree que uno de los peores aspectos del estalinismo fue que gente común acabara convirtiéndose en espía?

 

EY.- De niño, en la Unión Soviética –a finales de los años 60 y a principios de los 70-, poca gente de mi generación era consciente de lo ocurrido bajo el mandato de Stalin. En aquellos años los crímenes quedaron sepultados bajo un silencio absoluto. Las personas desaparecían, sin más, de sus apartamentos, de sus puestos de trabajo, así como de los libros de historia y de las enciclopedias. Todas las pruebas se clasificaban en expedientes estrictamente confidenciales o bien se destruían. Después de un breve y muy calculado período de permisividad con Nikita Jruschov, el secretismo continuó. Los mayores, bien por miedo, bien por estar involucrados en algún crimen, guardaron silencio. Pero Stalin no podía desaparecer así como así. Su legado perduró en el pueblo ruso, que había vivido demasiado tiempo atenazado por el miedo, y ese miedo se convirtió en parte consustancial del pueblo mismo. El miedo pasó de generación en generación, también a mí. El libro es mi manera de exponer ese miedo, aún latente en mí, y enfrentarme a él.

 

MR.- El escritor Vasili Grosman dijo que una de las cosas que los rusos no habían conocido durante siglos es la libertad. ¿Cómo le parece que afronta Rusia la libertad ahora que las nuevas generaciones han crecido en un nuevo sistema?

 

EY.- Creo que la libertad está muy relacionada con la calidad de vida. ¿Son libres los pobres y los hambrientos? Si a uno le falta la comida en la mesa, antes de pensar en el concepto de libertad, pensará en su estómago rugiendo. Con la división entre los que tienen y los que no haciéndose cada vez más profunda, ha peligrado la idea de libertad no sólo en Rusia, sino también en muchas otras partes del mundo. La libertad empieza con la sensación de seguridad, de autoestima y de confianza en el futuro. El fin último de la libertad, en mi opinión, es un sentido creciente de responsabilidad hacia el bienestar de los demás.

 

MR.- ¿Considera que el arte es uno de los mejores cauces para sacar a flote este tipo de historias?

 

EY.- Suelo sentirme atraído por el arte humanista, por las obras que analizan lo que conlleva l  ser humano. Obviamente, hay momentos en la historia en los que se exige una enorme valentía para seguir siéndolo. Por lo que respecta a construir una historia de ficción, estos episodios de la humanidad son especialmente dramáticos y colocan a los personajes en una situación límite, pues conservar su humanidad se vuelve todo un reto. Sus voces se convierten en nuestra voz, sus sentimientos en los nuestros. El protagonista de mi libro tiene que tomar una decisión y el lector también ha de posicionarse. Por tanto, la elección se vuelve personal para el lector. Paradójicamente, la ficción narrativa es más tangible para el lector que un fidedigno ensayo de historia. Por supuesto, es lo que está pasando en el arte y los medios audiovisuales: la ficción se escribe como no ficción, y viceversa. Se están borrando todas las barreras.

 

MR.- En el libro aparece un personaje judío al que discriminan abiertamente. ¿Qué querías hacer ver con este personaje?

 

EY.- Mucho de lo que aparece en el libro forma parte de mi experiencia y este episodio también lo es. Me resulta muy familiar el conflicto entre el individuo y el grupo, también el hecho de sentirse diferente. La historia se narra desde el punto de vista de un niño ruso muy concienzudo, idealista, que cree en el luminoso futuro del comunismo y la igualdad entre todos los hombres. Pero incluso él acepta, o no protesta, por la actitud antisemita hacia uno de sus amigos, el único niño judío de la clase. De ello, el lector deducirá que el antisemitismo era algo muy normal, muy cotidiano.

 

MR.- ¿Qué recuerdos conserva de la kommunalka en la que vivió?

 

EY.- Hasta los diez años mi familia ocupó una pequeña habitación en un viejo y decrépito apartamento de Leningrado compartido junto con otras cuatro familias. Todos utilizábamos el mismo lavabo pequeño y un fregadero con agua fría de la cocina comunitaria. Desde luego era mucho más molesto para mis padres no tener intimidad que para nosotros, los pequeños, que al vivir así siempre teníamos a mano compañeros de juego. Todos mis amigos vivían en las mismas condiciones, así que no me sentía especial. Los niños sólo conocen el lugar donde nacen o lo que le explican los adultos, y era eso lo que quería mostrar con el protagonista de «Breaking Stalin’s nose». Él cree que está muy bien vivir en una kommunalka: «Aquí vivimos como una gran familia feliz, todos somos iguales, no tenemos secretos». Muy pronto descubrirá que no es del todo así.

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