El arca rusa en ARCO

La presencia en ARCO de Rusia, país invitado en la anterior edición, se ha consolidado este año. Para algunas de las galerías -en su gran mayoría, jóvenes- aquélla fue su primera participación en una feria europea. De las ocho que representaron entonces el panorama ruso, cinco han repetido este año, y una, la Triumph Gallery de Moscú, se ha estrenado ahora en Madrid. Declaran que, además de intentar afianzarse en el mercado del viejo continente, se sienten embajadoras del arte contemporáneo ruso. Qué duda cabe: cuánto más se conozcan internacionalmente los artistas, mejor cotizarán. En todos los casos, las galerías han combinado la presentación de artistas reconocidos –AES+F, Alexánder Dashvskii, Olga Kisseleya o Marina Alexéeva- con la de jóvenes valores, a los que acompañan en sus primeros pasos.

ARCO es uno de esos lugares donde impera la lógica simple del dinero. «Si un coleccionista dice que le gusta una obra, acto seguido, saca la chequera y estampa tu nombre (o el de la galería) en ella», dice un artista. Pero la crisis también ha venido con acreditación a la feria y ha desacelerado el ritmo de ventas de años pasados. El comprador potencial se acerca, pregunta y se deja querer, pero ya no prima el impulso optimista de otros años. Por una parte, se meditan las adquisiciones mucho más y, por otra, las entidades y fundaciones han cerrado el grifo para ampliar las colecciones. Lejos quedan los dos millones de euros destinados a adquisiciones por parte del Museo Reina Sofía en 2007. En esta edición su presupuesto se ha visto reducido a los setecientos mil. Con 3.000 artistas representados y 215 galerías participantes, los marchantes tuvieron que ponerse el mono de trabajo y arremangarse la camisa.

La armada artística rusa, capitaneada por la galería más veterana -la Guelman Gallery de Moscú-, estuvo representada por otras dos galerías moscovitas (Triumph y Paperworks), dos petersburguesas (Anna Nova Art Gallery y Marina Gisich) y una de Vladivostok (Arka). Por lo general, han seguido una línea continuista respecto a la edición anterior en cuanto a los artistas presentados. Por eso el estand más refrescante fue el de la «novata» en ARCO, la Triumph Gallery, que apostó, en exclusiva, por la última entrega de la trilogía de AES+F. La proyección de «Allegoria Sacra» (2011), en la pared exterior de la galería, consiguió que se formara más de un corrillo ante la perfección técnica y la densidad semántica de esta pieza de videoarte, ambientada en un purgatorio con aspecto de aeropuerto de estética futurista. El visionado de la obra no fue el perfecto, pues distaba mucho del montaje multicanal presentado en la última Bienal de Moscú y, con todo, resultó un poderoso imán para atraer las miradas. En el interior, la galería vendía copias de fotografías fijas de «Allegoria Sacra», tanto en pequeño como en gran formato. En un segundo plano, la Britney Spears sovietizada de Dubossarski-Vinogradov miraba de soslayo a los multiétnicos pobladores del purgatorio de AES+F. La Guelman Gallery llevó la obra de Valeri Koshliakov. El artista prosigue su exploración de los iconos artísticos y arquitectónicos soviéticos, como en «High-rise on Raushskaya Embankment, 2006». A su lado, los bustos de Lenin se metamorfoseaban, por obra y gracia del artista Erbol Meldibekov .

 

 

La escena petersburguesa, donde no fluye tanto rublo oligárquico como en la capital, estuvo representada por exponentes destacados. Marina Alexéeva, de la galería Marina Gisich, continúa su serie «Live Box» con nuevas «cajas negras», en las que añade complejidad a su narrativa. Si en series anteriores recreaba escenarios culturales como si de escenografías se tratara –una cocina soviética, una vivienda musulmana-, las nuevas «Live Box» cuestionan la figura del observador y su capacidad para abrazar la totalidad de una historia. Desde cada lado de la caja seguimos una visión de la acción que se despliega de forma simultánea. Como compañero de galería, encontramos un óleo de grandes dimensiones, «La masacre de los inocentes» de Igor Pestov, composición barroca en la que el artista llena toda la tela de recién nacidos. Estos bebés vivos contrastan con las holografías de fetos muertos, en formol, de la Kunstkamera, que Vladímir Kustov sitúa al otro lado de un cuadrado mágico de Mercurio y flanquea con instrumental médico. Por su parte, la Anna Nova Art Gallery saludaba al visitante con una escultura de Stals Bags, a modo de memorial, con motivo de uno de los malogrados accidentes de submarinos rusos. Sus artistas estrella son Petr Shvetsov y Alexánder Dashevskii. En una pared se encontraba un lienzo del primero perteneciente a la serie «Twilight State» -una tenebrosa naturaleza muerta de animales con reminiscencias a las pinturas de Gerhard Richter- y, en otra, del segundo, un óleo que repite elementos recurrentes de su obra, detalles cotidianos con un total protagonismo del campo de color, como, por ejemplo, un fragmento de una piscina abandonada del sur de Rusia (Serie «Swimming Pook, 2011»).


Finalmente, la galería Arka, en la otra punta de la vía del Transiberiano, presentó a la artista conceptual Olga Kisseleva, presente el viernes en la feria. «Crossworld Conspire, 2008», una Marilyn oculta en un «bidi» de 2x2 metros, dialogaba con otros representantes de la escena de Vladivostok, entre cuyas obras cabe destacar el estudio de la textura pictórica de Alexánder Pirkov o la tecnología «povera» de Antón Bubnovksi. Este joven artista presentó una serie de frascos en cuyo interior habitaban pares de negativos fotográficos. Al mirar a través se produce un solapamiento lírico de las imágenes que crea una efímera sensación de tridimensionalidad.


Todas las galerías comentaron su deseo de repetir en la próxima edición. Madrid las acerca no sólo a los coleccionistas del sur, también supone para ellas una ventana al mercado latinoamericano. De momento las galerías constituyen los actuales referentes del arte contemporáneo ruso, a la espera de una red de centros mucho más horizontal, aún titubeante en Rusia, que no sólo tenga al mercado del arte como único faro.

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