Apuntes de historia de la música rusa

La banda de rock Kino, liderada por Víktor Tsoi, fue más allá de la música.

Un coche recorre la carretera que sale de Riga, Letonia. Las manos sobre el volante son de un joven músico de 28 años, gafas de sol, cigarrillo en los labios. Destino: San Petersburgo, el estudio de grabación donde se terminará su nuevo álbum. Es la mañana del 15 de agosto de 1990. Pocos segundos y pocas curvas después, de aquel coche apenas quedarán restos. El choque contra el autobús fue tremendo. No se puede hacer nada por Víktor. Su cuerpo quedó allí, sin vida. Y una generación entera se queda en suspenso, sin la música y las letras de su grupo de rock por excelencia. Porque con Víctor Tsoi se lleva para siempre también la historia de Kino.

Leningrado, diez años antes. Víktor es alumno de la Academia de Bellas Artes. Suspende y es expulsado. Oficialmente, porque sus calificaciones son bajas. En realidad, no ayuda su pasión por el rock, por la rebelión convertida en notas, por la crítica a un sistema que oprime, que aplasta, que deja a los jóvenes sin aliento y sin esperanzas. Pero Víktor no se desanima. Empieza a escribir sus canciones. Empieza a narrar, a describir con una lucidez gélida qué significa ser joven y proletario en la Unión Soviética. Toca en todas partes. Su nombre va de boca en boca. Durante un concierto repara en él el líder de los Aquarium, grupo de culto de rock progresivo. Con cambiar dos palabras fue suficiente. Y la aventura de Kino da comienzo...

Los primeros años de la banda son años de lucha. Una batalla permanente contra una industria musical entregada por completo a consolidar una determinada imagen de la sociedad, absolutamente sometida a la propaganda. Nadie desbanca al pop de los primeros puestos de la lista de éxitos, un pop relamido y falso, que anestesia las contradicciones de la sociedad. A los Kino este discurso no les vale. No se sostiene. La suya es una música ácida, que no oculta las heridas, todo lo contrario. Las enseña, para que se puedan pensar, analizar. La desesperación de millones de jóvenes oprimidos por el yugo del régimen se muestra a las claras, se ilumina. Y las letras de Tsoi dan en el blanco, sacando a la luz el rock y la desesperación de una generación. Arrastrándolas al centro del debate público.

Gorbachov y la Perestroika. Cambia el clima. El debate se difunde. Y los Kino explotan. Encadenan éxito tras éxito. Хочу Перемен (“Quiero cambios”), se convierte en un himno. Y “cambio” se vuelve el santo y seña. Su éxito es imparable. Víktor viaja a Estados Unidos, rueda varias películas. Su rostro es el de una generación entera que busca el rescate, que quiere salir del agujero negro de una realidad con problemas atroces. Continúa la subida. En los primeros meses del 1990, el concierto en el estadio Luzhniki, 62.000 personas en éxtasis ante su “héroe”, el que era ya una leyenda viva. Después, el accidente. Y la muerte que hace atemporales las palabras de Víktor. Unas letras que aún hoy custodian los jóvenes rusos. Los que, en nombre del cambio, siguen escuchando Восьмиклассница (“Chica de 8º curso”), “Алюминиевые огурцы (“Pepinos de aluminio”), Пачка сигарет (“Un paquete de cigarrillos”).

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