Contrabando de diesel

Foto de RIA Novosti / Dmitri Donskoi

Foto de RIA Novosti / Dmitri Donskoi

En la ciudad froteriza de Donetsk, en la frontera rusa con Ucrania, hay oleoductos improvisados. Los agentes de seguridad luchan contra esta práctica en la que está involucrada una parte importante de la ciudad.

¿Cómo vencer al contrabando si una ciudad entera está contra ti? El corresponsal de la revista Russki Reporter ha hecho guardia en la frontera estatal junto a los guardas fronterizos, pero sólo llegó a aguantar un par de turnos de noche: resulta muy difícil defender la patria, no frente a los extranjeros, sino frente a los compatriotas.

Cuando se desmoronó la URSS, la frontera entre Rusia y Ucrania se estableció en el límite de una ciudad de cincuenta mil habitantes, Donetsk, en la Región de Rostov. Muchas de las minas que entonces garantizaban el empleo a la población local se cerraron. Entonces, la población local comenzó a vivir del contrabando. Bajo la tierra se extendieron kilómetros de oleoductos improvisados a través de los cuales los ciudadanos rusos empezaron a pasar diesel barato a los ciudadanos de Ucrania.

Trabajo nocturno

Tras la ventana, todo está oscuro. Estoy en la pequeña habitación del único hotel de Donetsk y, como si de una película de espías se tratara, no aparto los ojos del teléfono móvil: espero que me llamen y que una voz monótona me comunique mi próxima misión. Por fin suena y pasados unos segundos estoy en la calle buscando con la mirada el coche que necesito. Dentro hay dos personas. Debido a la oscuridad es imposible verles las caras, ni distinguir sus cargos militares.

Donetsk se diferencia poco del resto de las ciudades de provincias. Y el Donetsk nocturno, menos todavía. Pasamos por calles totalmente desiertas. Parece que la vida se ha parado. Pero sólo en apariencia.

De vez en cuando pasan todoterrenos baratos de fabricación rusa llenos de barro, como si hubieran participado en un rally. Los guardas fronterizos los miran de una forma inusual, luego cruzan sus miradas en silencio y giran bruscamente para entrar en el patio más cercano…

-¿Ocurre algo? —  pregunto, notando la tensión en el ambiente.

- Casi todos los todoterrenos de la ciudad pertenecen a los contrabandistas, mejor dicho, a los que transportan el contrabando. ¿Has visto qué sucios están? El barro es reciente. Van a través del campo. Puede que estén de prospección y puede que quieran pasar la carga.

- ¿Cómo sabéis que son contrabandistas? A lo mejor simplemente llevan mucho tiempo sin lavar el coche.

- No llevan rueda de repuesto en la parte de atrás. Se la quitan. A veces tienen que andar por unos barrancos increíbles, cargados hasta arriba y a toda pastilla. La rueda de repuesto no aguanta, se cae junto con la fijación. Ahora vamos a comprobar varios sitios, si allí hay “fichas” haciendo guardia, seguro que ocurrirá algo esta noche.

“Fichas” es el apodo que reciben los habitantes locales que trabajan para los contrabandistas. Les pasan información sobre los movimientos de los guardas fronterizos por la ciudad. La posibilidad de encontrar este tipo de informadores en las calles de Donetsk aumenta a medida que avanza la noche, sobre todo en las zonas donde los contrabandistas pretenden pasar su carga a través de la frontera. En este momento, casi en cada cruce hay un coche con uno o dos pasajeros. Si un guarda fronterizo pasa por la carretera en un coche de servicio o incluso en uno particular, los trabajadores de los “talleres ilegales” se enteran inmediatamente.

Lostopos

La forma en la que pasan combustible y lubricantes de contrabando en Donetsk es bastante simple: colocan un tubo bajo tierra, conectan una bomba portátil y ya tienen abierto un canal ilícito para el transvase a Ucrania. La diferencia de precio, algo menos de ocho rublos por litro, es capaz de aportar en más de un millón de rublos (unos 24.000 euros) en 24 horas. En este sentido, Donetsk es un lugar único, parece que en ninguna otra localidad fronteriza el contrabando se hace colocando tubos bajo tierra. Al menos, eso es lo que afirman en el servicio de prensa de la Dirección de Guardas Fronterizos de Rostov.

Para que un sistema así funcione con éxito y aporte un beneficio aceptable, se necesitan dos componentes. El primero de ellos se llama “topo”, una máquina especial para tuberías con la que el operador indica la profundidad y la dirección de la perforación horizontal, corrigiendo de vez en cuando su trabajo a través de un GPS. El resto del trabajo lo hará la propia máquina. Las paredes del túnel se fijan con una mezcla de hormigón de secado rápido, así que transcurridas unas pocas horas, las tuberías están listas para transportar el combustible. El segundo componente es el canal de suministro y venta. Es muy complicado pillar a los organizadores y a los que protegen estos canales, ya que todo el trabajo in situ lo realizan los “fichas”, los transportistas y el resto de trabajadores a sueldo, que en muchas ocasiones ni siquiera saben para quién trabajan ni quién les está pagando.

El transporte subterráneo del combustible es un fenómeno relativamente reciente en Donetsk. Antes, los contrabandistas actuaban con más atrevimiento: llevaban el combustible en camiones cisterna. Esta desfachatez se explicaba por la protección que recibían por parte de la policía local, así como por los guardas fronterizos. Pero desde el momento en el que estos guardas pasaron a formar parte del Servicio Federal de Seguridad (FSB), los contrabandistas tuvieron que esconder sus canales para el transporte de combustible bajo tierra.

Hoy en día, quedan cada vez menos canalizaciones clandestinas entre Rusia y Ucrania, pero hace sólo unos años eran una plaga que se extendía por toda la región.

- Casi no nos daba tiempo ni a desmontarlas. Llenas una tubería de una mezcla especial, y al lado aparecen otras nuevas. Parecía una hidra: uno corta una cabeza, y en su lugar aparecen dos iguales—, recuerda el jefe del departamento.

Pero los guardas fronterizos siguen teniéndolo difícil. La primera razón es que hay muchísimo trabajo en ese tramo de la frontera, mientras que los efectivos son escasos. Los que dimiten, normalmente lo hacen normalmente la misma razón: se desmoralizan.

Trabaja la información

Una noche más con la patrulla secreta. A la entrada de Donetsk nos espera el primer “ficha”: un coche Niva lleno de barro hasta el techo arranca en cuanto pasamos a su lado. El conductor no enciende los focos para no llamar la atención. Es tarde. Los guardas lo notan en seguida, así que antes de salir “a la caza” tendremos que quitarnos de encima a este perseguidor, y además a otros “fichas” a los que el conductor del todoterreno ya habrá dicho que el grupo de guardas fronterizos está ahí. Es difícil trabajar cuando tienes que enfrentarte prácticamente a toda una ciudad.

Llegamos a separarnos del todoterreno sorprendentemente rápido. Pasados unos minutos dejamos el coche en un callejón desierto y oscuro. Ahora hay que ir a pie, como la otra vez, sólo que tendremos que caminar mucho más: los guardas han sido informados de que en uno de los terrenos privados habrá hoy un bombeo de diesel hacia Ucrania a través de tuberías improvisadas. Por eso tenemos que estar completamente seguros de que nadie nos sigue y de que vamos a llegar a la zona pasando desapercibidos. Pero no sabemos por dónde va a pasar exactamente el material de contrabando.

Pasadas tres horas, salimos hacia la zona indicada. Es un área de casas de una planta con vallas bajas, pequeños jardincitos y huertas. A pesar de la hora, en el camino de tierra, estropeado por el agua, aparecen muchos transeúntes solitarios. Inexplicablemente, todos entran en el patio de una vieja casa que parece abandonada. Tiene una puerta de hierro, torcida, un cartel que dice “Se recogen metales no ferrosos” y un montón de chatarra enfrente.

— Es una tapadera. Una cuento chino. Así se evitan las sospechas—, pronuncia casi imperceptiblemente uno de los guardas fronterizos.

El objetivo está identificado. Damos la vuelta al edificio sigilosamente, por la parte que no está iluminada por las farolas de la calle, por donde será más difícil vernos, y tomamos posiciones. Ahora sólo tenemos que esperar a que aparezca el transportista.

Pasados unos cuarenta minutos, las puertas de hierro finalmente se abren: en el patio entra un coche, por el sonido del motor tiene que ser un “Gazel”. En el silencio que sigue discernimos una sola frase:

— Todo va bien, conecta.

Esta palabras han funcionado como una señal de disparo. Los guardas fronterizos, con la ligereza de los maestros del parkour, saltan por encima de la valla y en un segundo se colocan junto al coche que lleva el contrabando.

— ¡División de guardas fronterizos! ¡Que nadie se mueva!

Todos los presentes en el patio salen corriendo en todas las direcciones, pero los guardas tampoco necesitan a todo el mundo. La mayoría de los que se alejan por las calles nocturnas de Donetsk son los mismos “fichas”, que no se han dado cuenta de que estaba la patrulla. El objetivo de esta redada es el conductor del coche y el técnico que realiza el bombeo del combustible. Éstos no han tenido ni tiempo para darse cuenta de lo que estaba pasando cuando ya tenían las manos detrás, apretadas por las esposas de metal. El trabajo ha terminado.

Ahora trabajan los colegas

Los guardas fronterizos han hecho lo que tenían que hacer. Ahora, en el lugar del delito, trabajan los empleados del Ministerio del Interior y del Servicio Federal de Aduanas: la policía y los aduaneros levantan atestados, interrogan a los detenidos, comprueban la carga que no llegó a pasar al otro lado de la frontera, y traen y llevan a los testigos.

Hay un gran barril soldado al suelo del coche que contiene casi tres toneladas de diesel. Es poco para que los criminales vayan a la cárcel, ya que el valor total de la carga no supera el límite establecido por la legislación. Aquello que nos ha hecho jugar al escondite durante media noche, está a un metro de profundidad y se dirige hacia la vecina Ucrania. Lo único que se ve es una parte de un tubo con un grifo de hierro oxidado cubierto de hojas junto a los cimientos de las casa. En la casa vemos que hay una parte del suelo levantado y un hoyo donde los contrabandistas han instalado una bomba que impulsa el combustible. Teóricamente, son los empleados de la sección local del Ministerio de Situaciones de Emergencia los que se tienen que dedicar a desmontarlas, pero a estas horas tan intempestivas es difícil que vengan, por eso somos nosotros los que arrancamos la bomba y se la entregamos a los aduaneros. Los del Ministerio se ocuparán mañana del tubo. El combustible diesel confiscado también será entregado a la aduana.

Esta noche el jefe de la división ha vuelto al trabajo.

— ¿Pasáis algún tiempo en casa?

— Bueno, pasaré ahora, dentro de un momento. Desayuno, saludo a mi mujer y vuelvo. Aquí uno o trabaja o…

El oficial y yo nos alejamos en coche del edificio de la Subdivisión. Vamos callados. Después de esta noche, ambos estamos cansados tanto física como moralmente. Después, al lado del hotel, el jefe del departamento me dice:

— Sólo te pido que no escribas nada malo sobre nosotros.

Nos despedimos. El oficial se va a casa, y yo, con el uniforme puesto, entro en el hotel. No tengo fuerzas para cambiarme.

— ¿Han pillado a alguien?— pregunta una mujer somnolienta desde detrás del mostrador de recepción.

Asiento con la cabeza sin decir nada.

— ¡Ah, pobrecitos!

No llegué a entender bien de quién se compadecía exactamente… 

(Los nombres y los cargos de los guardas fronterizos no se indican para garantizar su seguridad).

Versión completa del artículo en: http://rusrep.ru/article/2012/02/06/granitsa

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