La ONU rechaza la propuesta contra Siria

Foto de East news

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Rusia y China vetaron la resolución propuesta por EE UU, otros países occidentales y las monarquías del Golfo Pérsico. La acción coordinada de los dos primeros demuestra que la asociación estratégica declarada hace diez años tiene una plasmación concreta.

El pasado sábado, Rusia y China bloquearon el proyecto de resolución sobre Siria propuesto por EE UU, Reino Unido, Francia y las monarquías del Golfo Pérsico. Tanto Moscú como Pekín advirtieron en varias ocasiones que no iban a permitir fórmulas que permitieran inmiscuirse en los asuntos internos de Siria. Sin embargo, a pesar del fracaso de las consultas previas, el documento se llevó a  votación. La respuesta fue el doble veto de Rusia y de la República Popular China, por segunda vez desde noviembre del año pasado. Parece que esta situación demuestra la presencia de una nueva distribución de las fuerzas en la política internacional, en la que Rusia y China están formando un potente polo conjunto.

Está claro que tanto Moscú como Pekín siguen impactados por la astucia con la que los países occidentales utilizaron la resolución de Naciones Unidas para Libia, supuestamente llamada a defender a la población civil, para derrocar al régimen de Gadafi. En aquel momento, Rusia y China se abstuvieron en la votación, un hecho del que, según parece, llegaron a arrepentirse más tarde.

En enero, Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores, volvió a declarar públicamente: "Consideramos completamente inadmisibles los intentos de propagar el llamado 'precedente libio' a otros conflictos”. Clinton, secretaria de Estado de EEUU, intentó disipar estas reticencias: "Parece que algunos países miembros del Consejo de Seguridad están preocupados porque esta resolución podría conducir a otra Libia. Es una falsa analogía”. Sin embargo, Serguéi Lavrov  explicó detalladamente cuáles eran las cláusulas que Rusia no admitía en la resolución sobre Siria. A pesar de ello, la situación vuelve a repetirse.

"Hay dos tipos de problemas”, señaló el ministro, según la agencia TASS. “El primer tipo se refiere a lo que se le puede exigir al régimen. Voy a poner un ejemplo: en la amplia lista de exigencias al gobierno sirio, se dice que éste tiene que sacar sus tropas y fuerzas de seguridad de todas las ciudades y pueblos, y retirarlas a los cuarteles. Pero eso significa, o bien que el Consejo de Seguridad adopte una resolución poco realista, porque ¿qué líder con uso de razón va a abandonar ciudades enteras al libre albedrío de grupos armados ilegales, siendo, por cierto, una autoridad legítima? O bien, si no es un error de los coautores del documento, significa una sola cosa, que el Consejo de Seguridad propone entrar en la guerra civil apoyando a uno de los bandos”.

"El segundo tipo de problemas se refiere a las reglas para la construcción del diálogo nacional”, continuó Lavrov. “En la resolución del proyecto marroquí se señala que hay que iniciar el diálogo, pero sin establecer los resultados de antemano. Sin embargo, en el párrafo siguiente, donde se trata de la decisión de la Liga Árabe del 22 de enero, se dice que el diálogo tiene que responder punto por punto al calendario previsto en esta decisión. Ya se sabe cuál es el calendario: Assad se va, etc.”, señaló el ministro de Asuntos Exteriores ruso, destacando que eran los sirios lo que tenían que decidir la suerte política de Assad.

El hecho de que EE UU y los países occidentales están intentando utilizar la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para eliminar el régimen de Assad, es decir, para entrometerse en los asuntos internos de Siria, es evidente. No es ninguna novedad. Aunque hay otras cosas que también llaman la atención.

Pocas horas antes de empezar la votación, Lavrov se reunió con Hillary Clinton y con Guido Westerwell, ministro de Asuntos Exteriores alemán, “paralelamente” a la conferencia de Munich sobre seguridad. “Nuestros colegas cogieron nuestras enmiendas a la resolución y prometieron que las volverían a revisar”, señaló el ministro. “Vamos a esperar a que se despierten en Nueva York y volveremos al trabajo”.

Sin embargo, en vez de seguir con las consultas, los “colegas” decidieron llevar a cabo un ataque psicológico contra Moscú. En la reunión del Consejo de Seguridad sacaron el documento sin haberlo acordado previamente. Muy oportunamente, como fondo de estas maniobras diplomáticas, apareció la información acerca de un nuevo ataque del ejército sirio contra las fuerzas de la oposición que supuestamente causó cientos de víctimas civiles. Los sirios se precipitaron a desmentir dicha noticia, aunque está claro que iba contra alguien más.

La segunda ola de presión psicológica llegó tras la votación, aunque todos sabían que la resolución iba a ser rechazada. Los diplomáticos chinos y rusos de alto rango avisaron en varias ocasiones de que si sus enmiendas no se tenían en cuenta, el veto estaría garantizado.

Sin embargo, la crispada reacción de los países de la OTAN no anula la necesidad de buscar soluciones a la crisis siria. El 7 de febrero, Serguéi Lavrov y el director del Servicio de Inteligencia Exterior, Mijaíl Fradkov, viajarán a Damasco para llevar a cabo negociaciones con el presidente Bashar Assad.

Sin embargo, la consecuencia más importante del conflicto que se vive en estos momentos en la ONU no es esta.

La reacción coordinada entre Moscú y Pekín ante la situación siria y también, implícitamente, ante la iraní, vuelve a demostrar que la asociación estratégica declarada entre los dos estados hace diez años, ha llegado a tener una proyección  concreta en la política internacional. Nunca antes durante este siglo Rusia y China habían actuado de una manera tan coordinada. Además, no se trata de “ser amigos contra EEUU”. Para ambos países es muy importante que Naciones Unidas siga siendo el árbitro principal en los asuntos internacionales. Mientras tanto, la política de Nixon – Kissinger de los años 70, destinada a destruir la unión de la URSS con China, parece haberse dado la vuelta gracias al esfuerzo de la administración actual.

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