Ruso como lengua extranjera

Foto de Kommersant

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70.000 hijos de inmigrantes estudian en la capital, la mayoría de los cuales hablan muy poco ruso. Los inmigrantes trabajadores del distrito este de Moscú llevan a sus hijos al colegio nº 1076, donde se enseña ruso como lengua extranjera. Los profesores admiten que el nivel de la educación está bajando, pero ello no se debe a la presencia de extranjeros.

El distrito Goliánovo, en el noreste de Moscú, cuenta con uno de los mayores índices de población inmigrante. Camino al colegio, no veo ni una sola cara eslava. Detrás de los antiguos edificios de cinco plantas y garajes con graffitis, se divisan los muros desconchados del colegio nº1076. Dos chicas con hiyab pasan a través del detector de metales instalado en la puerta.

Se trata de un colegio como otro cualquiera, lo único es que lleva mucho tiempo sin ser renovado: el revestimiento de las puertas está roto y el linóleo tiene tantos arañazos que uno puede caerse fácilmente. Las copas deportivas expuestas en el vestíbulo las ha ganado un equipo compuesto casi en su totalidad por afganos. El colegio admite a cualquier niño extranjero, lo único que se necesita es un certificado médico y una partida de nacimiento.

Origen de los niños

En clase hay pequeñas mesas y sillas. Dieciséis cabecitas, todas del mismo color negro, se alzan por encima de las mesas. Estamos en clase de ruso para los niños inmigrantes más pequeños, los que no empezarán primaria hasta el año que viene.

“Vamos a hacer gimnasia para la lengua. Limpiamos con la puntita de la lengua los dientes de arriba”, dice una maestra joven y rubia. “¡Muy bien! Y ahora los de abajo. Y ahora alargamos los labios en forma de tubo: 'Uuuuu'”. No es fácil explicar cómo los niños entienden lo que les dice la maestra, porque hace tan sólo un mes no sabían ni una palabra de ruso.

“Ahora vamos a recitar los versos sobre el ratón. Repetid conmigo: 'Rápido, rápido corre el ratón; si el gato lo alcanza no tiene perdón', la maestra hace una pausa para oír a los alumnos. “Ayer robó queso y hoy un bombón. Rápido corre, corre el ratón”.

Estos niños tienen 38 horas de ruso a la semana. También se les enseña a cantar canciones rusas y a bailar. Es más o menos lo mismo que aprenden los otros niños en la guardería. Pero a estos nadie les ha dado clase hasta ahora. Han crecido en los mercados callejeros. Ahora cada uno de ellos también tiene clases individuales con un logopeda”.

“En tercero B tenemos un niño ruso, pero tiene apellido tártaro, Mujametdínov. Ya nos hemos acostumbrado a pronunciar nombres extranjeros. Antes nos parecía que se llamaban Permanganato o Permanente…”, se ríe la directora. Esta especialista en matemáticas e inglés es vivaracha y delgada, parece un topillo, y durante varios años trabajó en distintos países de África.

En el colegio predominan los niños procedentes de Kirguizia, Tayikistán, Afganistán y Azerbaiyán. También hay algunos procedentes de Georgia e incluso Ucrania.

“Me he despertado pronto por la mañana”, escribe con letras desiguales sobre la pizarra un niño de unos once años de ojos achinados. Ya sabe escribir y hace un mes todavía no podía decir ni “hola”.

Una nueva generación

¿Qué problemas suelen tener? Bueno, las chicas van detrás de ellos como locas, suspira Svetlana Fomichiova. “Pero a mí me preocupan mucho más los problemas que presentan los rusos. Es imposible llegar hasta la parada de autobús sin ver a un borracho ni oír palabrotas. Los tayikos, al menos, son trabajadores”.

Pasamos al lado de los vestuarios. Alguien ha volcado el cubo de la basura y hay restos flotando en el charco. Al lado pasa un grupo de chicas rusas que son alumnas del instituto. Van maquilladas, tienen piercings y caminan sobre altos tacones. Al ver mi modesto jersey me miran con desprecio. Veo la mirada que les lanza la directora y me doy cuenta de que las chicas procedentes de países orientales, vestidas discreta y limpiamente, representan para la administración del colegio una buena alternativa a las adolescentes rusas.

“Alto nivel de desarrollo intelectual, mucha motivación para estudiar, interés en obtener información, buena autoestima y capacidades creativas”, éste es el resultado de los tests psicológicos de los hijos de los inmigrantes que figuran en el informe sobre el trabajo del colegio del año pasado. Más abajo el psicólogo añade: “Sin embargo, una gran parte de los alumnos presenta síntomas de ansiedad en las relaciones con los demás, baja autoestima e inseguridad. Se observan casos de elevada agresividad producida por el miedo a la intolerancia por parte de otros niños”.

“En nuestro colegio no tenemos conflictos étnicos”, afirma le directora. “El problema del nacionalismo es para los adultos. Los niños no tienen ninguna culpa cuando se les incita a que  vayan unos contra otros. Hay gente que no quiere que sus hijos o nietos vayan a un colegio que “está lleno de negros”.

Entramos en una clase de ruso del sexto curso. En este colegio, un niño extranjero puede ser admitido en cualquier momento a cualquier clase.

“Una profesora de ruso admitió a cinco niños a mitad de curso. Dijo: “Van a aprobar”.  Les dio muchas clases individuales. ¡Y aprobaron!”, cuenta orgullosa la directora. Parece que concibe su misión social en educar a niños procedentes de los países colindantes. Aunque a veces, sustituye la admiración por extrañas quejas. Por ejemplo, comenta que los vietnamitas intentan engañarla muchas veces. Presentan papeles falsos sobre los estudios en su país de origen. Por otro lado, las partidas de nacimiento expedidas en los países de origen son una historia aparte. En algunos casos ha visto que aparece “nacido en verano, la noche del lunes”, o bien “mes de nacimiento: 17”.

Según los controles internos, el porcentaje de éxito escolar es el mismo entre eslavos y no eslavos. Entramos en el despacho de la vicedirectora para el trabajo educativo, Yevguénia Grigórieva, y me enseña los ejercicios de redacción de niños rusos y extranjeros: los eslavos analfabetos son igual de numerosos que los extranjeros. “El valor más importante de un pueblo es el idioma que habla”, escribe Omar Aliyán, de 9º. En todo el ejercicio de redacción no hay ni un solo error.

¿Por qué afirma que el nivel de educación no baja debido a los extranjeros? ¿No hay que repetirles más veces algo que un ruso comprendería rápidamente?

“Se les repiten las cosas después de las clases, en clases de ruso como lengua extranjera. Cuando están en clase, no se les presta más atención que a los otros niños, el nivel de exigencia también es el mismo. En la educación pública tenemos unos estándares, y cumplimos con ellos”.

Las profesoras me invitan a una tarta. Están cansadas. Se les están olvidando sus papeles. La directora, nerviosa, enciende un cigarrillo:

“Los colegios prestigiosos, los especializados, nos están desangrando. Los moscovitas intentan llevar a sus hijos allí porque es donde menos inmigrantes hay. ¡Pero eso no se puede hacer! Un niño bien preparado estudiará bien en cualquier colegio. Finalmente, nos quedamos sólo con los que necesitan apoyo. Pero si llegamos a sacar adelante al menos a tres de cada diez, podemos estar orgullosos”.

“¡Qué mentalidad tienen los chicos de Asia Central!”, comenta emocionada la vicedirectora, una señora entrada en carnes y con pelo canoso. “Voy con un par de libros y ya se me acercan corriendo: ¿Puedo ayudarla? ¿La acompaño?”  

Tengo la impresión de que este colegio apuesta por ellos. Pero nadie sabe si los medios invertidos van a dar frutos. Para algunos de los inmigrantes, Rusia no es más que una estación de paso. Hay alumnos que van al colegio durante un año y luego se marchan a Estados Unidos, dos de ellos ni siquiera han recogido sus títulos. Una chica afgana, al terminar el colegio, se fue a Alemania a reencontrarse con su novio afgano. Aunque según la directora, muchos de ellos van a la universidad y a las escuelas superiores. Los profesores también son de la opinión de que los hijos de los inmigrantes son más activos y están más motivados.

“Se entristecen cuando sacan un suficiente o incluso un notable. Y es que quieren quedarse aquí, en el país”, dice Tatiana Naguíyeva, maestra de una clase “mixta” de primaria.

 
Los que han crecido

A la salida me acompaña una alumna de sexto de pelo rubio.

“Tratamos bien a los extranjeros, aunque a veces también hay conflictos. Por ejemplo, tenemos un chico de Daguestán que se mete con todos y dice palabrotas. Luego dice que le maltratamos. ¡Pues que no se hubiera metido con la gente!”

Me encojo de hombros. En un campo miserable al lado del instituto, unos adolescentes de unos trece años juegan al fútbol con una botella de plástico. Al lado, discute un grupo de chicos morenos algo mayores.

Pregunto a dos muchachos de unos diecisiete años y de aspecto caucásico cómo se llega al metro. Uno de ellos se despide de una chica mucho más joven que él.

-¿Vais a este instituto?

-Sí, al último curso.

-¿Tenéis conflictos étnicos?

-Antes sí. Ahora no. Ahora estamos en undécimo.

 -¿Estáis pensando en los exámenes?

- No. Simplemente ahora somos nosotros los que controlamos este instituto. ¿Alguien tiene que mandar aquí, no?

- Y yo que pensaba que era la directora la que mandaba…

- ¡Si la vemos una vez al año en la apertura del curso! ¡La directora! ¿Qué importancia tiene la directora? Además, yo tengo una pistola.


La versión completa del artículo se puede encontrar en: http://rusrep.ru/article/2012/01/18/school/

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