Vivir en una casa de adobe

Cada vez hay más personas en Rusia que se van a vivir a aldeas ecológicas. Las razones pueden ser diferentes: religiosas, ideológicas o personales. Pero a todos les une una misma idea: huir de la ciudad, de la “cárcel de asfalto”.

 

Fotografías de Grigori Kubatián

Varias personas de diferentes edades amasan barro con los pies en un hoyo rectangular. Posteriormente, añaden paja y lo amasan de nuevo. El trabajo es duro, pero la gente ríe y bromea e incluso intenta bailar. Pasado un tiempo, el barro se vuelve tan denso que los pies se quedan clavados. Las personas se inclinan y comienzan a hacer bolas del tamaño de la cabeza de un niño. Cuando están hechas, forman una fila y se las van pasando unos a otros.  El último presiona con fuerza contra una pared y ésta crece un poco más. Hacia finales de verano el trabajo quedará terminado: habrá una nueva casa de adobe. No es que sea el hogar más cómodo, pero resulta barato y ecológico. Y es que cuando el problema de la vivienda es algo tan serio, uno no está para caprichos.


La vida de la gente soviética tenía sus inconvenientes, pero también había una gran ventaja: las personas creían en un futuro feliz como resultado del progreso. En otras palabras, creían que la vida iba a  mejorar año tras año y que el progreso era algo bueno. Actualmente, cada vez surgen más dudas en la sociedad rusa: ¿es cierto que el mundo cambia para mejor?, ¿se puede sacar algo de provecho del  “progreso”?

No se trata simplemente de que las guerras, las enfermedades y el hambre no hayan desaparecido de la faz de la Tierra. Tampoco de los problemas económicos, de la desigualdad social o de la decadencia moral. Ahora se duda incluso de cosas que hasta hace muy poco parecían buenas de una manera incuestionable. Me refiero a la desconfianza hacia los inventos técnicos llamados a mejorar y a hacer más fácil la vida del ser humano. En la sociedad rusa de hoy en día muchos de estos inventos producen desconfianza e incluso horror. Basta mencionar algunos titulares de prensa: “Los teléfonos móviles provocan tumores cerebrales”, “Puede quedarse ciego si pasa mucho tiempo ante la pantalla del ordenador”, “Los objetos de plástico son perjudiciales para la salud”.  

La aparente abundancia de bienes de consumo es un fenómeno muy reciente en la vida de los rusos y ha traído consigo muchos problemas y peligros. Cada vez hay más personas que consideran la aspiradora, la televisión, el dentífrico o el champú como objetos peligrosos para la salud. ¿Revela esta actitud cierto oscurantismo medieval o se trata de un intento por protegerse ante las codiciosas marcas que constantemente bajan la calidad de sus productos para obtener un mayor beneficio?

 

Los pueblos y las aldeas ecológicas

Anteriormente, los rusos querían irse a vivir a la ciudad donde se consideraba que la vida era más fácil y cómoda. En cambio, ahora está surgiendo la tendencia opuesta: hay que salir de la agobiante ciudad y marcharse a vivir al campo. Según los partidarios del “retorno”, es imposible vivir en estos ghettos de asfalto donde falta espacio, hay ruido, contaminación, atascos, delincuencia, la vivienda es cara, la corrupción campa a sus anchas, el agua está sucia y los alimentos de los supermercados son incomestibles.


La Rusia tradicional siempre ha sido agrícola y rural. Sin embargo, con el desmoronamiento de la URSS gran cantidad de pueblos fueron destruidos y abandonados y hubo un fuerte declive en el número de habitantes debido al consumo de alcohol. ¿Dónde puede ir entonces un urbanita que ni tan siquiera sabe cómo ordeñar una vaca o plantar patatas? Estas personas que buscan un nuevo espacio se dedican a formar grupos y a crear aldeas ecológicas.

La diferencia entre una aldea ecológica y un pueblo se da en sus habitantes. En un pueblo la gente nace y vive de acuerdo con las tradiciones locales, mientras que los habitantes de las aldeas ecológicas vienen de la ciudad y están influidos por las diferentes ideas de lo “ecológico”. En muchas ocasiones se acercan al budismo: rechazan la carne, el alcohol y el tabaco, y repudian la violencia y el la libertad sexual. Para construir sólo admiten materiales ecológicos y su comida también es ecológica, exclusivamente. Dicen que el número de hijos depende de lo que “Dios conceda”.

Sobre el papel y en los foros de Internet todo suena muy idílico, parece un intento de recuperar el paraíso perdido. Pero, ¿cómo es en realidad?

En las aldeas ecológicas las viviendas son simples y baratas. Para levantar una casa tradicional de madera se necesitan conocimientos prácticos y bastante dinero. Resulta mucho más fácil construir una de adobe, es decir, de barro mezclado con paja, o incluso sólo de paja. Hay gente que recomienda construir “guaridas de zorros”, o sea, casas clavadas parcialmente bajo tierra. Dicen que es una manera de resolver el problema del frío. Puede que sea así, pero la gente del pueblo se ríe de los “aldeanos ecológicos”, diciendo que en las casas de barro sólo vivía la servidumbre en la época de los zares, y también los guerrilleros para esconderse de los nazis. Por su parte, los ecologistas responden que estas casas baratas pueden reconstruirse rápidamente si las autoridades las destruyen. La mayoría de estos nuevos colonos se fía tan poco de los organismos estatales que está dispuesto a vivir en una sociedad primitiva con tal de no tener nada que ver con el estado.

 

Huertas ecológicas

La alimentación es a un tema aparte. Para “sobrevivir al apocalipsis” y “garantizar la salud de los hijos” uno tiene que producir su propia comida. Variada, limpia y tan abundante como para resistir al invierno. Pocos habitantes de las aldeas ecológicas están acostumbrados al duro trabajo del campo, y ganan popularidad las ideas de la permacultura, cuyos difusores son el austríaco Sepp Holzer y el japonés Masanobu Fukuoka. La esencia de este método de agricultura consiste en que las plantas cultivadas cohabiten con las salvajes ayudándose unas a otras, como en la naturaleza. Es decir, no hay que arar ni echar abono o escardar y ni siquiera hay que luchar contra los insectos nocivos. Las plantas se las apañan perfectamente entre sí como con los insectos.

“Aquí tengo tomates. Y aquí, sandías. Simplemente he echado las pipas, y ¡mira cómo han crecido por sí solas!”, comenta el hare krishna Valera mientras enseña su parcela en la aldea ecológica de Sinegorie. Se pasea por una pendiente cubierta de helechos y, tras separarlos con las manos,  encuentra tomates y sandías. “Hay que organizar las cosas para ir solamente dos veces a la huerta. Una para plantar y, otra, para recoger la cosecha. ¡Lo mejor es cuando sólo se va a recoger la cosecha!”

La aldea de Sinegorie se encuentra en la región de Krasnodar, al sur de Rusia. Ha sido fundada por los “anastásiev”, una secta religiosa que aboga por la vida natural lejos de las ciudades. Sin embargo, en la aldea pueden vivir personas de cualquier religión: cristianos ortodoxos, hindús, paganos “rodnoveri” o incluso ateos, con tal de que la gente “sea cuerda y no beba alcohol”.

Valera ha venido a la próspera región de Krasnodar desde la zona fría de Primorie, donde las pipas de sandía crecen mucho peor. No bebe alcohol, no come carne, cocina comida india vegetariana, hornea pan sin levadura y, cuando se sienta a la mesa, siempre desea felicidad a todo el mundo cuatro veces seguidas.

 

Vivir sin ingresos

Al principio, los nuevos habitantes al instalarse viven de la “grasa acumulada” de sus ganancias anteriores. Posteriormente surgen los problemas económicos. No es fácil abastecerse sin ingresos estables. Como tampoco es fácil llevar a cabo trabajos físicos a diario. Valera se está construyendo ya una segunda casa, porque la primera, por desgracia, se le ha quemado. Sus vecinos, que  decidieron construir una casa de adobe hace seis años, sólo han erigido la estructura externa y mientras tanto viven con sus dos hijos pequeños en una instalación temporal cubierta de polietileno, en lo que parece un invernadero para flores. En el clima de la región de Krasnodar es posible. En el pueblo más cercano viven Nikolái y Galina, de Sochi. Compraron una pequeña parcela y hace tan sólo en un mes levantaron una casa hecha de ladrillos de paja. Embadurnaron las paredes de fuera con barro y las de dentro con paneles de cartón yeso, de modo que la casa promete ser caliente e incluso no demasiado húmeda. Uno de los principales problemas en esta zonas son las  plagas de ratones, pero los dueños declaran que “es mejor utilizar la paja de arroz, porque los  ratones no se la comen”.

Hoy en día está muy difundida la idea de que uno tiene que vivir en su propio trozo de tierra. La gente sueña con construir su propia casa y vivir en un lugar ecológico, “volver a las raíces”. La pregunta es, ¿a dónde nos llevan estas caóticas huidas “de las tecnológicas prisiones urbanas”? ¿Será feliz esta gente o, tras vender sus bienes en la ciudad, no llegarán a habituarse al campo y les esperará una decepción? Es probable que ocurra lo segundo, pero no podemos dejar de reconocer la valentía de esta gente capaz de cambiar el confort urbano por una vida en una casa de barro. Al menos, intentan cambiar algo en una vida que no les gusta. Al mismo tiempo, el estado debería preguntarse qué razones hay para que sus ciudadanos escapen al bosque.

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