De Vallecas a Moscú

23 de enero de 2012 Maria Fadeeva, Rusia Hoy
Una exposición fotográfica presentada en el Instituto Cervantes de Moscú arrojó luz sobre los detalles de la biografía y la creación artística de Alberto Sánchez Pérez, un “Picasso de la escultura”, así como también un maravilloso artista de teatro, desgraciadamente desconocido para muchos tanto en Rusia como en España. La investigadora Olga Alexéieva de San Petersburgo señaló el desinterés, si no el olvido, del público hacia la obra de Alberto o al hecho de que su vida personal es, al fin y al cabo, una gran aventura cruzada, que refleja los acontecimientos más importantes de la historia moderna de las relaciones ruso-españolas.
Autorretrato. 1950-1952. Óleo sobre lienzo. 116 x 93,5 cm. Colección privada
Autorretrato. 1950-1952. Óleo sobre lienzo. 116 x 93,5 cm. Colección privada

Alberto llegó a Rusia en barco en el 1938, y se quedó 24 años. Sus restos están guardados en el cementerio Viedénskoye de la capital rusa. Mientras tanto, en su país de acogida hubo tan sólo una muestra de su obra, una exposición póstuma en la sala del Museo Pushkin de Moscú. En España el escultor fue olvidado y en Rusia nunca fue realmente conocido. Sin embargo, esta circunstancia se debe únicamente a los reveses de la fortuna y no al “tamaño” de su talento. Tatiana Pigariova, jefa del Departamento de Actividades Culturales del Instituto Cervantes, cuenta que una vez organizó una encuesta espontánea en las calles de Madrid, donde hay una reproducción de la escultura más conocida de Alberto:  “El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella”. Se encuentra enfrente del Museo de Arte Reina Sofía. De las 62 personas entrevistadas, sólo cuatro sabían que era un trabajo de Alberto, mientras que ninguno de ellos supo que el escultor vivía en Rusia.

  Alberto nació en Toledo en 1895, en el barrio de las Covachuelas; era hijo de un panadero. En 1907 su familia se trasladó a Madrid. Entre 1917 y 1919 cumple su servicio militar en Melilla. De vuelta en Madrid se deja deslumbrar por el uruguayo Rafael Pérez Barradas, de ahí que las obras de esa primera etapa, década de 1920 sean cubistas. A partir de 1927 impulsa, junto con Benjamín Palencia, la llamada Escuela de Vallecas. Además, tiene una relación de amistad con Federico García Lorca.

Alberto diseña parte de los decorados de la compañía teatral La Barraca. En aquellos años previos a la Guerra Civil maduraría su lenguaje escultórico, su peculiar estilización, fundiendo elementos de inspiración popular con otros de las vanguardias europeas, especialmente el surrealismo. En 1938, el Gobierno republicano lo envió a Moscú como profesor de dibujo de los niños españoles exiliados. Desde entonces ya no regresaría a España. Una de sus realizaciones más importantes en el exilio fue la colaboración con el director ruso Grigori Kózintsev en los decorados de la película “Don Quijote” (1957), con una recreación espléndida de los pueblos de La Mancha en plena Ucrania. Falleció en Moscú en el año 1962.

Al llegar a Moscú, junto con su esposa, doña Clara, se alojaron, así como muchos de los niños españoles enviados a la capital rusa, en una habitación del hotel “Lux” (Lujo) en la céntrica calle Tverskaya. En realidad esta vivienda no tenía ni una sombra del “lujo”,  que proclamaba su nombre. El cuarto del artista no tenía ventana, entonces decidió cortar el papel pintado y creó una, también colocó debajo una flor hecha del mismo papel. Así pasaron muchos años hasta que le dieron su propio estudio en la zona todavía muy reciente de Moscú -Сheriomushki. La sensación al ver esa flor en la ventana de papel se parece a la que produce una escena de la película “Solaris” de Tarkovski. En el largometraje, envían a un cosmonauta a investigar los efectos que producía el planeta llamado Solaris sobre los habitantes de la Tierra. Para olvidarse de todos los vaivenes que le acompañan durante su periodo en la estación cósmica, dormía poniendo alrededor del ventilador una tira de papel ligeramente cortado para que con los ojos cerrados pereciera que escuchaba el sonido de las hojas sobre el viento.

El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella de Alberto Sánchez (1937) Museo Reina Sofía. Dimensiones: 184,5 x 32 x 33 cm. Técnica y materiales: Yeso negro pintado


Sin lugar a dudas, Alberto se sentía en Moscú como un extraterrestre. Durante aquellos años estaba prácticamente mudo, ya que no podía esculpir (fue imposible desarrollar un lenguaje vanguardista en un país donde el arte oficial era por entonces el realismo soviético), es decir reflejar sus ideas en su lenguaje artístico, ni tampoco aprendió la lengua. Además, estaba demasiado lejos de los inmensos campos de Castilla, de la montaña llamada por los participantes de la Escuela de Vallecas (Alberto, Benjamín Palencia, Pancho Lasso) Cerro Testigo, de los paseos "iniciáticos" por el extrarradio de Madrid y Toledo.


Maternidad, 1930. Museo Reina Sofía. Características: 90,5 cm. Altura. Material: Piedra

Sin embargo, al final aceptó el valle ruso, o más bien el ucraniano, creando en su base unas preciosas decoraciones para el film “Don Quijote” (1957) de Grigori Kózintsev. El paisaje elemental y descarnado sigue siendo el objetivo único y el ojo surrealista, el punto común de enfoque. De esta manera, es significativo el recuerdo de Kózintsev, según el cual, para darle la oportunidad de ganar un poco más, le encargó a Alberto una viñeta para su película. “Apareció entonces un gran cartón, sobre el cual Kózintsev, cinco minutos antes de empezar el “consejo artístico”, vio una composición cúbica, mezclada de partes de cuerpos humanos, rodillas, de los fragmentos de un molino”, cuenta Tatiana Pigariova. Cuando empezó el consejo, según escribe Kózintsev, “si no fuera gracias a mi autoridad, también me habría enredado, junto con Alberto”. “ Evidentemente, esta viñeta no había sido incluida al film”, comenta Pigariova. En esta época la existencia de Alberto, como artista y como persona, está cargada de contradicciones y contrasentidos, en el entorno de la realidad soviética es por sí mismo un sujeto excepcional.

Toros ibéricos (1958–1960). Escultura de bronce de Alberto Sánchez Pérez (1895–1962). Dimensiones: 195 x 80 x 80 cm. Se encuentra en el Museo de Escultura al Aire Libre del Paseo de la Castellana de Madrid (España).


Muchos de sus amigos, más famosos que él, escribieron acerca de su obra. Entre otros, Pablo Neruda lo visitó varias veces en Moscú y elogió al “fenómeno” de Alberto: “Los esfuerzos poderosos que cuesta a la tierra para crear una nueva montaña, alta y majestuosa, aunque adornada con un sin número de salientes, de protuberancias y pliegues. Un esfuerzo similar representa para la humanidad y para el pueblo el fenómeno de la misteriosa y gigantesca personalidad del escultor Alberto”.

A la velada dedicada al escultor en el Instituto Cervantes asistió Natalia Malinóvskaya,  hispanista y traductora, su esposo, Anatoli Gueleskul, y muchos de los amigos que conocían a Alberto. “Acabamos de ver una fotografía en la que aparecen Lorca, Alberto y Dalí. Para nuestro país son las tres figuras clave que transmiten el eco cultural de la Guerra Civil española. Tres ecos de distintas distancias, el primero sonó más alto que los demás y fue cuando mataron a Lorca.  Desde entonces, Lorca y España se convirtieron en sinónimos. Luego, el ídolo de España llegó a ser Dalí, por el que todo el mundo en Rusia estaba dispuesto a comprar cualquier libro sólo porque ahí iban a encontrar alguna de sus pinturas ilustradas en una pésima calidad. Alberto, el tercero, era “de facto” una figura clave del eco español en nuestro país, gracias al hecho de que a través de él entraba al escenario ruso la obra de Lorca”, señala Natalia Malinóvskaya. Así, Alberto hizo decoraciones para las piezas “La zapatera prodigiosa” y “Bodas de sangre” de Lorca estrenadas en el Teatro Gitano Romen en Moscú.

Para terminar, lo haré con una historia contada por Natalia Malinóvskaya, que parece un cuento didáctico, pero es real: “Un día, un poeta fue a visitar a Alberto. Evidentemente, unos miembros de la KGB pararon al poeta en el aeropuerto. Entonces éste les pregunto si Alberto esculpía en Moscú. Estos “críticos de arte”, vestidos de paisano, asintieron: “Sí, cómo no”, y le enseñaron algo que supuestamente Alberto había esculpido. Después el poeta, durante una charla con su amigo, le comentó: “No me han gustado nada tus esculturas”. “¿Dónde?”, se sorprendió Alberto. “En el metro, en la estación Plaza de la Revolución”. Alberto se encogió de hombros y  decidió no revelar la mentira de esos “críticos de arte”. La fuerza de voluntad del escultor es llamativa, porque si no dijo nada no fue por el miedo que le inspiraban los órganos de seguridad, sino más bien porque no quería que pensara que esta forma de actuar era típica del pueblo ruso, ya que había sobrevivido con él a la guerra y se sentía íntimamente unido a Rusia. Esto es muy digno”.

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